Trump exige ampliar los Acuerdos de Abraham como condición antes de llegar a un acuerdo con Irán

La estrategia de Donald Trump hacia Irán ha dado un giro que va mucho más allá del programa nuclear o de la reapertura del estrecho de Ormuz. El presidente de EE UU quiere que cualquier eventual acuerdo con Teherán quede acompañado por una expansión masiva de los llamados Acuerdos de Abraham, los pactos impulsados durante su primer mandato para normalizar relaciones entre Israel y varios países de la región.

La exigencia no es menor. Trump ha planteado públicamente que países como Arabia Saudí, Qatar, Pakistán o Turquía se sumen formalmente a esa arquitectura diplomática como parte del nuevo escenario regional que Washington intenta construir. La propuesta convierte unas negociaciones ya extremadamente delicadas en una operación geopolítica mucho más ambiciosa: transformar un acuerdo táctico con Irán en una victoria estratégica capaz de redibujar el mapa político de Oriente Medio.

El movimiento también tiene una fuerte carga política interna en Estados Unidos. Trump no quiere repetir lo que considera uno de los grandes errores de la presidencia de Barack Obama: alcanzar un acuerdo nuclear con Irán que, desde la óptica republicana, fortaleció económicamente a Teherán sin modificar realmente el equilibrio regional ni contener su influencia.

La actual negociación no puede entenderse sin retroceder a 2015, cuando la administración Obama impulsó el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el histórico acuerdo nuclear firmado entre Irán y varias potencias internacionales. Aquel pacto levantaba las sanciones económicas a cambio de límites temporales al programa nuclear iraní. Para Obama, la apuesta consistía en integrar parcialmente a Irán en el sistema internacional y reducir la tensión regional mediante la diplomacia multilateral.

Trump siempre consideró aquel acuerdo como una cesión estratégica. Durante años lo definió como “el peor acuerdo de la historia” y, ya en su primer mandato, retiró unilateralmente a Estados Unidos del pacto, restaurando las sanciones masivas contra Teherán.

Su alternativa llegó en 2020 con los Acuerdos de Abraham, firmados inicialmente por Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, y posteriormente por Marruecos y Sudán. Aquellos acuerdos rompieron una barrera histórica: varios países árabes reconocían oficialmente a Israel sin esperar antes una solución definitiva para Palestina.

Ahora, Trump intenta ir un paso más allá. Su planteamiento consiste en utilizar las actuales conversaciones con Irán para consolidar un gran bloque regional alineado con Washington e Israel.

La nueva condición de Trump: más países deben reconocer a Israel

El presidente estadounidense dejó clara su posición al afirmar que cualquier acuerdo debería incluir la incorporación de más países a los Acuerdos de Abraham. Según explicó, las negociaciones “progresan adecuadamente” y deberían desembocar en una coalición regional mucho más amplia.

Trump escribió que “después de todo el trabajo realizado por los Estados Unidos para intentar armar este rompecabezas tan complejo, debería ser obligatorio que todos estos países, como mínimo y de forma simultánea, se sumen a los Acuerdos de Abraham”.

La declaración introduce un elemento altamente sensible en las conversaciones. Países como Arabia Saudí mantienen desde hace años una posición muy concreta: no habrá normalización plena con Israel sin una hoja de ruta clara hacia un Estado palestino.

Ese punto convierte la exigencia estadounidense en un obstáculo potencial. La guerra en Gaza ha endurecido aún más las posturas dentro del mundo árabe y musulmán, haciendo políticamente mucho más costoso para algunos gobiernos avanzar hacia una relación abierta con Israel.

Pakistán representa otro caso especialmente delicado. Islamabad nunca ha reconocido diplomáticamente a Israel y parte importante de su política exterior está condicionada por la cuestión palestina y por la sensibilidad interna de su población.

El estrecho de Ormuz se convierte en la pieza central de la negociación

Mientras Trump amplía las exigencias políticas, las negociaciones técnicas siguen girando alrededor del estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del planeta.

Desde el inicio de la escalada militar, el cierre o bloqueo parcial del estrecho ha amenazado directamente el suministro mundial de petróleo y gas. Por allí circula una parte crítica del comercio energético global.

Las conversaciones actuales buscan precisamente garantizar su reapertura y estabilidad. Según distintas filtraciones diplomáticas, el esquema negociado incluiría un alto el fuego, la retirada progresiva de minas marítimas y un calendario de conversaciones nucleares más amplio.

Sin embargo, Teherán insiste en que aún quedan numerosos asuntos sin resolver. El portavoz iraní Esmail Baghaei advirtió de que “afirmar que esto significa que la firma de un acuerdo es inminente… nadie puede asegurar tal cosa”. Irán también exige discutir cuestiones adicionales como el levantamiento de bloqueos portuarios, activos congelados y garantías de cumplimiento estadounidense, elementos que históricamente han complicado cualquier entendimiento bilateral.

La insistencia de Trump en vincular Irán con los Acuerdos de Abraham responde a tres objetivos simultáneos. El primero es estratégico: consolidar una alianza regional antiiraní que combine el poder militar israelí con las capacidades económicas y energéticas de las monarquías del Golfo.

El segundo es político. Ante el aumento de las críticas internas por la inestabilidad de los mercados energéticos, Trump necesita presentar cualquier entendimiento con Irán como una victoria que justifique la guerra y limite el programa nuclear iraní sin seguir la vía de Obama. La expansión de los Acuerdos de Abraham le permitiría vender el pacto como una demostración de fuerza, un logro mucho mayor que el de su antecesor.

Y el tercero es simbólico. Cada nuevo país que normalice relaciones con Israel se convierte para Trump en una prueba tangible de que su doctrina de “paz a través de la fuerza” funciona mejor que el enfoque multilateral de la administración demócrata.

Ese factor explica por qué muchos analistas consideran que Trump está intentando acelerar simultáneamente varios procesos extremadamente complejos: contener a Irán, estabilizar el comercio energético, ampliar el eje árabe-israelí y, además, convertir todo ello en un triunfo político doméstico antes de que las negociaciones se estanquen.

La situación actual refleja una paradoja constante en la política exterior de Trump. Por un lado, insiste en que las conversaciones avanzan positivamente; por otro, endurece públicamente las condiciones y amenaza con abandonar el proceso si el resultado no cumple sus expectativas. @mundiario