Trump llega a las midterms de 2026 en desventaja: los sondeos anticipan una dura prueba

Donald Trump ha llegado a las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre de 2026 con un escenario menos favorable del que esperaba al comienzo de su segundo mandato. Los republicanos conservan una ventaja económica y organizativa en numerosos distritos, pero afrontan una combinación de factores adversos: la caída de la popularidad presidencial, el malestar por el coste de la vida, las consecuencias de la guerra con Irán y una tendencia histórica que suele castigar al partido que ocupa la Casa Blanca. Las encuestas y los pronósticos electorales sitúan a los demócratas en una posición competitiva, especialmente en la Cámara de Representantes.

En su último gran discurso antes de la votación, pronunciado el lunes junto al estanque del monumento a Lincoln, Trump reconoció una realidad que ha marcado buena parte de la política estadounidense: «normalmente, quienquiera que sea el presidente en ejercicio, republicano o demócrata, bueno o malo, no gana las elecciones de medio mandato«. Aun así, defendió que su partido había hecho un esfuerzo considerable y pidió a sus seguidores que acudieran a votar como si él mismo figurase en las papeletas.

El mensaje reveló la principal dificultad republicana: convertir la movilización personal de Trump en votos para candidatos que, en muchos casos, han intentado distanciarse de las controversias de la Casa Blanca. Esto se hace evidente en las elecciones midterms, las cuales se celebran dos años después de las presidenciales para renovar los 435 escaños de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado. De este modo, aunque el nombre del presidente no aparezca en las papeletas, el resultado funciona habitualmente como una evaluación de su gestión y como una oportunidad para que los ciudadanos equilibren el poder político.

Los datos históricos explican por qué los republicanos llegan bajo presión. Según el recuento de las veinte elecciones de medio mandato celebradas entre 1946 y 2022, el partido del presidente perdió escaños en la Cámara de Representantes en 18 ocasiones. La pérdida media se situó alrededor de los 26 escaños, aunque el promedio varía ligeramente según el periodo y la serie estadística utilizada.

Históricamente, el partido del presidente en funciones sufre pérdidas en el Congreso durante las elecciones de medio mandato. No obstante, este patrón se rompió de forma excepcional en dos ocasiones consecutivas: en 1998, bajo el mandato del demócrata Bill Clinton, y en 2002, con el republicano George W. Bush.

Las derrotas más contundentes también ofrecen una referencia. En 2010, Barack Obama perdió 64 escaños en la Cámara de Representantes y los republicanos recuperaron el control. En 1994, los demócratas de Clinton cedieron 54 representantes. Harry Truman perdió 56 en 1946. Entre los republicanos, Dwight Eisenhower sufrió una caída de 50 escaños en 1958, mientras que Donald Trump perdió 42 en 2018, durante su primer mandato.

La tendencia no significa que todos los presidentes sufran el mismo castigo ni que la oposición consiga automáticamente el control del Congreso. El voto de medio mandato depende también de la participación, la distribución geográfica de los escaños, la calidad de los candidatos y los asuntos que dominan la campaña. Pero el precedente establece una desventaja de partida para el partido gobernante.

Las encuestas anticipan dificultades para Trump

Uno de los indicadores más desfavorables para la Casa Blanca es la aprobación presidencial. Según los datos de Silver Bulletin recogidos en el material de campaña, Trump comenzó su segundo mandato con una valoración ligeramente superior al 50%, pero descendió rápidamente hacia los cuarenta puntos. Su aprobación se situaba alrededor del 38% al llegar a estas elecciones.

La comparación con sus predecesores resulta significativa. En el mismo momento de su primer mandato, Trump tenía una aprobación cercana al 43%; Joe Biden registraba aproximadamente un 40% antes de las elecciones de medio mandato de 2022. Ambos terminaron perdiendo la Cámara de Representantes, aunque conservaron el Senado. La valoración actual del presidente republicano, por tanto, apunta a un escenario complicado, pero no permite anticipar por sí sola el resultado de cada contienda.

La guerra con Irán ha contribuido al desgaste. Los ataques iniciados junto a Israel el 28 de febrero y las restricciones al tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz han afectado a los mercados energéticos y al precio de los combustibles. La gasolina y el diésel se han encarecido, trasladando el conflicto internacional a la economía doméstica. Para una parte del electorado, la prioridad no es únicamente la política exterior, sino el impacto de esa política en el presupuesto familiar.

Trump ha intentado defender los resultados económicos de su Administración. En su discurso del lunes aseguró que los ingresos personales estaban en máximos históricos y que la pobreza había alcanzado un mínimo. Sin embargo, esos argumentos compiten con la percepción cotidiana de los precios y con la preocupación por la estabilidad económica. El presidente también ha atribuido parte de los problemas a los demócratas, pero esa explicación no parece suficiente para neutralizar el descontento.

La Cámara Baja es el principal objetivo de la oposición, especialmente considerando que los republicanos cuentan con una mayoría muy estrecha de 218 representantes, frente a una bancada demócrata de 213 y un independiente que suele votar con el bloque republicano. Ante este escenario, los demócratas solo necesitan una ganancia neta de tres escaños para hacerse con el control. Al respecto, el análisis del Cook Political Report identifica 18 distritos especialmente competidos, de los cuales 14 están actualmente en manos republicanas y cuatro corresponden a los demócratas. Esta distribución coloca al oficialismo en una situación delicada, ya que se ven obligados a defender más territorios vulnerables que sus adversarios.

El pronóstico no significa que los demócratas vayan a ganar automáticamente todos esos distritos. La participación puede alterar las expectativas, y los republicanos mantienen una ventaja financiera considerable. Además, la redistribución de distritos impulsada en varios estados pretendía mejorar sus posibilidades. Sin embargo, los nuevos mapas electorales no garantizan resultados: los distritos considerados seguros pueden mostrar una competencia mayor de la prevista.

El Senado es una batalla mucho más difícil

La Cámara alta presenta un panorama distinto. Los republicanos cuentan con 53 escaños, frente a 45 demócratas y dos independientes alineados con estos últimos. En las elecciones se disputan 35 de los cien puestos, pero solo seis aparecen clasificados como verdaderamente competitivos por el Cook Political Report, todos actualmente ocupados por republicanos.

Los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro escaños para alcanzar una mayoría de 51. La tarea es considerablemente más complicada que en la Cámara baja, porque casi todas las contiendas decisivas se desarrollan en estados que Trump ganó por amplios márgenes en 2024. Maine constituye una excepción importante: Kamala Harris venció allí y los demócratas intentan derrotar a la republicana Susan Collins, senadora desde 1997.

Texas también concentra atención. El demócrata James Talarico aspira a derrotar al fiscal general republicano Ken Paxton, en una contienda que podría alterar el mapa político del estado, fielmente republicano. La decisión de Trump de respaldar a Paxton frente al senador saliente John Cornyn ha contribuido a una primaria y una campaña especialmente costosas. Una victoria demócrata sería histórica, aunque las encuestas favorables no bastan para darla por segura.

Si bien los demócratas pueden recuperar la Cámara de Representantes con una ganancia relativamente pequeña, el Senado exige victorias en territorios donde el electorado republicano conserva una posición sólida; por eso, una derrota de Trump en una de las cámaras no implica necesariamente que pierda ambas. En cualquier caso, el control legislativo determinará la capacidad del presidente para desarrollar su agenda durante los dos últimos años de mandato. Si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump mantendrá un Congreso dispuesto a respaldar buena parte de sus iniciativas; por el contrario, si los demócratas recuperan al menos una de ellas, la relación entre la Casa Blanca y el Capitolio cambiará de manera sustancial.

Una mayoría demócrata en la Cámara baja permitiría abrir investigaciones sobre las decisiones del Gobierno, exigir comparecencias y controlar buena parte de la agenda legislativa. Entre los posibles focos de escrutinio mencionados durante la campaña figuran el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y la relación de la Administración con Elon Musk. También podría abrirse la posibilidad de iniciar procedimientos de impeachment, aunque una destitución requiere el respaldo de dos tercios del Senado y, por tanto, una mayoría opositora en la Cámara baja no sería suficiente.

En el Senado, una mayoría demócrata tendría capacidad para bloquear o condicionar nombramientos presidenciales y judiciales, además de dificultar la aprobación de leyes. La oposición también podría utilizar su control para someter a un escrutinio más intenso la política exterior, las decisiones económicas y la actuación de los departamentos federales.

¿Será diferente esta vez?

El precedente histórico favorece a los demócratas, pero 2026 presenta particularidades. Trump conserva una capacidad de movilización considerable, ha recorrido 19 estados durante los últimos 25 días de campaña y ha participado en una ofensiva de 28 mítines. Más de 57 millones de estadounidenses habían votado anticipadamente, según los datos disponibles el lunes, una cifra que refleja la intensidad de la participación, aunque no permite conocer por sí sola a qué partido beneficiará.

El presidente también ha insistido en denuncias de fraude electoral y en acusaciones contra candidatos demócratas, algunas de ellas sin pruebas. Sus declaraciones sobre supuestos votantes no ciudadanos y las investigaciones impulsadas por su Administración han añadido tensión al debate sobre la integridad del proceso. En Alaska, la controversia por un candidato con el mismo nombre que el senador Dan Sullivan también ha sido utilizada por Trump para cuestionar la legitimidad de la contienda, pese a que Mary Peltola ha negado conocer la supuesta maniobra denunciada por The New York Times.

La pregunta central no es si Trump puede escapar por completo de la penalización histórica, sino cuánto de ese castigo se traducirá en escaños y en pérdida de poder institucional. La Cámara de Representantes parece el terreno más favorable para los demócratas; el Senado, el más difícil. La participación de los votantes republicanos menos habituales, la movilización demócrata y el comportamiento de los distritos indecisos decidirán el alcance de la derrota o de la resistencia republicana. @mundiario