Trump y la ONU chocan por la financiación mientras Guterres marca una línea roja

La relación entre Estados Unidos y la ONU vuelve a entrar en zona de turbulencias. No es un choque nuevo, pero sí uno especialmente simbólico, porque afecta al corazón del sistema internacional: quién paga, quién manda y qué precio se exige por mantener vivo el multilateralismo.

Antonio Guterres, secretario general de Naciones Unidas, ha sido claro ante los periodistas tras conocerse que Washington habría condicionado el pago de miles de millones de dólares a la aplicación inmediata de varias reformas internas. Su respuesta ha sido tan breve como demoledora: las contribuciones obligatorias “son innegociables”. Es decir, no son una donación voluntaria ni un favor político, sino un compromiso legal y moral que los Estados miembros aceptan al formar parte del organismo.

Qué significa realmente la deuda de Estados Unidos

La ONU funciona con un sistema de cuotas calculadas según la capacidad económica de cada país. Se tiene en cuenta el ingreso nacional bruto y se aplican ajustes por población o deuda externa. Para evitar que una potencia compre influencia a golpe de talonario, existe un techo del 22% del presupuesto total, cifra que corresponde precisamente a Estados Unidos.

Sin embargo, la situación se ha vuelto crítica. Naciones Unidas advirtió en enero que podía enfrentarse a un colapso financiero por los impagos acumulados. En febrero se confirmó que Washington solo había abonado unos 160 millones de los más de 4.000 millones que adeuda. Cuando el mayor contribuyente se atrasa, el sistema entero tiembla como un edificio al que le quitan columnas.

Reformas legítimas y condiciones interesadas

Según información publicada por Devex, Estados Unidos habría exigido nueve reformas “de impacto rápido” a cambio de liberar fondos. Entre ellas figuran recortes en altos cargos, cambios en el sistema de pensiones, restricciones a viajes en clase ejecutiva y una reducción del 10% en misiones de paz, consideradas largas e ineficaces.

Algunas de estas propuestas pueden sonar razonables si se presentan como austeridad y eficiencia. El problema aparece cuando se convierten en moneda de cambio. Reformar una institución global es necesario, pero imponerlo como ultimátum financiero no es una reforma, es una forma de control.

Más delicada aún es la exigencia de frenar la influencia china dentro de la ONU, impidiendo que Pekín canalice fondos hacia partidas discrecionales. Aquí el debate ya no es presupuestario, sino geopolítico. La ONU, en teoría, no debería ser un tablero donde dos potencias juegan al ajedrez con el resto del mundo como peones.

La ONU no es perfecta pero es imprescindible

La ONU tiene fallos evidentes, burocracia pesada y misiones discutibles. Pero también es el último paraguas cuando el mundo se queda sin techo. Retirarle financiación o condicionarla es como apagar el faro porque su luz no gusta, olvidando que sigue guiando a barcos en mitad de la tormenta.

La cuestión de fondo no es si la ONU debe mejorar, sino si puede sobrevivir cuando los grandes actores la tratan como una herramienta a su servicio. Si Estados Unidos quiere reformas, debe impulsarlas en los órganos correspondientes y pagar lo que debe sin convertir la deuda en chantaje.

Porque cuando se debilita la ONU, no pierde Guterres. Pierden los refugiados, las misiones humanitarias, las mediaciones de paz y, en última instancia, la idea misma de cooperación internacional. Y ese precio lo acaba pagando el mundo entero. @mundiario