Jacques Delors decía que no todos los alemanes creen en Dios, pero sí en el Bundesbank. Habría que añadir a este consenso popular al Tribunal Constitucional, responsable en el plano jurídico de la enorme historia de éxito de la República Federal Alemana. Pero desde la ratificación del Tratado de Lisboa en 2009, el alto tribunal se ha empeñado en poner palos en las ruedas de la integración europea sin una argumentación del todo comprensible.
Lejos quedan los tiempos en los que los admirados jueces de Karslruhe ayudaban a construir la doctrina comunitaria de protección de derechos fundamentales o advertía con acierto sobre la necesidad democratizar las instituciones europeas y encontrar límites materiales a los poderes de Bruselas. El 26 de marzo… Ver Más

