Venezuela: una sociedad dividida entre el miedo y el alivio

La escena habría sido impensable apenas meses atrás: un alto mando militar estadounidense recorriendo Caracas con agenda oficial y reuniones abiertas con autoridades locales. La visita del general Francis L. Donovan, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, no solo tiene implicancias estratégicas. Funciona, sobre todo, como un espejo emocional que revela las dos Venezuelas que conviven tras la caída de Nicolás Maduro.

Para una parte del país, la presencia norteamericana simboliza el fin de una larga etapa de escasez, represión y éxodo masivo. La captura del exmandatario en una operación que Washington presenta como necesaria para la “estabilización” se interpreta como el cierre de un ciclo histórico que parecía inamovible. La intervención no se vive como invasión, sino como rescate.

Para otra parte, en cambio, el episodio se percibe como una herida nacional. No importa el desgaste del régimen ni el deterioro económico: ver tropas extranjeras influyendo en el futuro del país activa una memoria latinoamericana marcada por intervenciones externas. La humillación pesa tanto como el alivio ajeno.

Según información difundida tras la visita, Estados Unidos plantea una transición en tres fases: estabilización de la seguridad, recuperación económica y reorganización política. El propio Donovan ha mantenido reuniones con autoridades interinas y actores locales para coordinar ese proceso.

Pero los planes institucionales no alcanzan a contener la dimensión íntima del fenómeno. La sociedad venezolana atraviesa una experiencia ambivalente: el fin del miedo cotidiano convive con la incertidumbre sobre quién detenta ahora el poder real.

En barrios opositores, la presencia militar extranjera se interpreta como garantía de que el pasado no regresará. En sectores vinculados al chavismo, en cambio, alimenta un relato de ocupación y resistencia. La misma imagen un general extranjero en Caracas produce emociones opuestas.

El resultado es una transición marcada no solo por la reconstrucción del Estado, sino por la reconstrucción del relato nacional. ¿Fue liberación o derrota? ¿Inicio de democracia o tutela externa? La respuesta depende menos de los hechos que de la memoria política de cada ciudadano.

En ese sentido, la Venezuela posterior a Maduro no enfrenta únicamente el desafío de rehacer su economía o sus instituciones. Debe recomponer algo más difícil: una identidad colectiva capaz de convivir con dos interpretaciones irreconciliables de lo ocurrido.

Porque, después del poder, llega el miedo. Y también la esperanza. Ambas emociones igual de intensas y contradictorias están hoy sentadas a la misma mesa del futuro venezolano. @mundiario