La carrera para elegir al próximo secretario general de Naciones Unidas ha dado un giro de guion. La sexta votación informal celebrada por el Consejo de Seguridad ha dejado una conclusión que pesa más que cualquier ventaja con la que partían las favoritas, y es que ninguno de los siete candidatos oficiales convence a los cinco miembros permanentes, Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido, que disponen del poder de veto que puede determinar el desenlace.
La costarricense Rebeca Grynspan vuelve a aparecer como la candidata mejor situada. Obtuvo nueve votos de apoyo y dos posiciones negativas entre los cinco permanentes, pero su ventaja no basta para despejar el principal obstáculo del proceso. El Consejo de Seguridad debe recomendar a un candidato con al menos nueve votos favorables y sin ningún veto de los miembros permanentes. La Asamblea General, integrada por los 193 Estados miembros, es quien realiza formalmente el nombramiento.
La novedad de esta ronda es que, por primera vez, el llamado sistema de color ha permitido distinguir el peso político de los votos. Los quince miembros del Consejo participaron en la consulta, pero los cinco permanentes utilizaron tarjetas rojas y los diez rotatorios, tarjetas blancas. El voto siguió siendo secreto, aunque el procedimiento permitió conocer cuántas objeciones procedían del denominado P5.
El resultado dibuja un escenario de fragmentación. Grynspan consiguió nueve apoyos, tres de ellos procedentes de miembros permanentes, pero recibió dos votos negativos de las grandes potencias. Tras ella quedaron prácticamente empatados Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana, y Rafael Mariano Grossi, argentino y director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, ambos con ocho apoyos y dos votos negativos del P5.
Para los otros cuatro aspirantes, la distancia respecto a los primeros puestos se amplía. Pero incluso la ventaja de Grynspan tiene un límite, ya que mientras alguno de los cinco miembros permanentes mantenga una objeción, su candidatura no puede convertirse en la recomendación formal del Consejo.
Las potencias amagan con saltar el turno de América Latina
Ese es precisamente el elemento que puede alterar ahora la competición. La ausencia de un consenso entre Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido abre la puerta a nuevos nombres capaces de negociar simultáneamente con las cinco capitales. En los círculos diplomáticos ya circulan posibilidades como la emiratí Lana Nusseibeh o el turco Feridun Sinirlioglu, aunque por ahora no existe confirmación de que ninguno haya entrado formalmente en la carrera.
Washington, de hecho, no parece considerar cerrada la lista. El embajador estadounidense ante Naciones Unidas, Mike Waltz, defendió tras la votación que los Estados tienen derecho a presentar nuevos candidatos y dejó claro que Estados Unidos no quiere quedar condicionado por las reglas informales que tradicionalmente han acompañado la selección del secretario general.
Entre esas convenciones está la rotación geográfica, que situaría ahora a América Latina y el Caribe como región con especial expectativa, y la posibilidad de que, por primera vez en la historia de Naciones Unidas, una mujer ocupe la Secretaría General. Waltz afirmó que una mujer sería recibida favorablemente, pero insistió en que Washington priorizará, según sus palabras, a la persona que considere más adecuada para el puesto.
La posición estadounidense añade otra capa de incertidumbre a una elección que ya estaba marcada por las diferencias entre las grandes potencias. Washington está impulsando además una revisión del funcionamiento de Naciones Unidas y reclama una organización más concentrada en sus funciones esenciales, especialmente en materia de paz y seguridad. El mensaje de Waltz apunta a que la elección del próximo secretario general también puede convertirse en una discusión sobre qué ONU quieren los cinco miembros permanentes.
Grynspan, la favorita
Grynspan, por su parte, ha situado precisamente la reforma institucional entre sus prioridades. La candidata costarricense ha defendido reducir puestos, eliminar duplicidades entre agencias y modificar una organización que, a su juicio, necesita recuperar capacidad de actuación. En los últimos meses también ha reivindicado el papel de Naciones Unidas como mediadora y ha utilizado su experiencia al frente de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo para defender una reforma que combine eficiencia y capacidad política.
El problema es que la elección del secretario general no se resuelve mediante una competición convencional. No gana necesariamente quien acumula más apoyos, sino quien logra superar el filtro de los cinco miembros permanentes. La Asamblea General no puede elegir libremente entre todos los aspirantes si el Consejo de Seguridad no le recomienda antes un nombre.
Por eso la sexta votación modifica el equilibrio de la carrera. Grynspan sigue en cabeza, pero la falta de consenso del P5 reduce el valor de esa ventaja. Rodrigues-Birkett y Grossi permanecen en la disputa y, al mismo tiempo, los candidatos que hasta ahora han quedado rezagados tienen cada vez más difícil remontar.
El calendario tampoco ofrece demasiadas certezas. El mandato de António Guterres termina el 31 de diciembre de 2026 y el nuevo secretario general debería asumir el cargo el 1 de enero de 2027. Sin embargo, no existe un plazo definitivo para cerrar la presentación de candidaturas ni un calendario rígido de votaciones que obligue a las potencias a alcanzar un acuerdo en una fecha concreta. @mundiario
