Por: Héctor E. Contreras.
Génesis 33:7-11.
“Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Ahora, pues, no entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros”, Génesis 45:4-5. En el capítulo 37, verso 28 de este mismo libro, Génesis, vemos cuando los hermanos de José, siendo él un adolescente, lo vendieron a unos ismaelitas que pasaban por aquel lugar. Años más tarde, cuando José se dio a conocer a sus hermanos, llorando grandemente junto a ellos, proclama estas palabras: “porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros”. A través de la reconciliación con nuestros hermanos, familia, amigos; es cuando podemos ver el rostro de Dios. La reconciliación es sinónimo de perdón, y ésta a la vez nos convierte en preservadores de vida. Si aprendemos a perdonar, veremos siempre el rostro de Dios y nuestras vidas, por medio de la reconciliación, serán transformadas por su Poder.
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”, Mateo 5:23-24. Jesús predicaba, enseñaba y sanaba. Estos fueron los tres aspectos más sobresalientes de su ministerio. Al enseñar mostraba su interés de que entendieran; al predicar mostraba su interés en la entrega, y al sanar mostraba su interés en la persona total. Sus milagros de sanidad autentificaban sus enseñanzas. Tu ofrenda, tu diezmo, forman parte de tí como creyente en Cristo. La reconciliación con tu hermano, con tu amigo, a quien has olvidado por algo sin valor e insignificante, espera por tí. La reconciliación es algo simple; es atreverse a olvidar, primeramente y en segundo lugar, es dar el paso que te lleva a entender que te has equivocado; no importando quien haya sido el que faltó en aquel entonces. En este tiempo, tiempo de una comunicación abierta a todo lo largo y ancho del mundo, con una simple llamadita encuentras la paz y así podrás ver el rostro de Dios y así poder ofrendar sin temor.
Tus ojos se iluminarán con la luz que emana del Altar de Dios por medio de Jesucristo. ¡Vuélvete a Dios! ¡Llámale ahora!
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación”, Romanos 5:10-11. El amor que motivó a Cristo a morir es el mismo que envió al Espíritu Santo a vivir en nosotros y a guiarnos cada día. El poder que levantó a Cristo de la muerte, es el mismo que nos salva y está a nuestro alcance en la vida diaria. Puedes tener la seguridad de que, habiendo empezado una vida con Cristo, tienes una reserva de poder y amor que puedes usar todos los días al enfrentar cada desafío o problema. Acércate a Dios por medio de Cristo Jesús.
Cuando estábamos en el mundo sin Dios, éramos enemigos de Él, porque andábamos en desobediencia delante de su presencia. Los versos citados nos enseñan que por medio de la muerte de Cristo, podemos encontrar la reconciliación con Dios y no sólo la reconciliación, sino también la salvación, llevándonos ésta a gloriarnos en Dios por medio de Cristo Jesús. La reconciliación con Dios por medio de Jesucristo, es también la que nos lleva a entender que debemos volver a aquel que hemos mantenido alejado de nuestra vida, de nuestro vivir. La reconciliación con Dios debe ser el motivo para acercarnos, con un corazón y espíritu de humildad al amigo, al compañero de estudios o de labor. Es un tiempo corto, rápido el que vivimos y se hace necesario resolver todo cuánto nos impide vivir una relación llena del amor de Dios con los demás. Dios nos llama, te llama a ceder, a dar el segundo paso de fe y acercarte decididamente al que, por alguna razón hoy está lejos de tí. Debes recordar siempre que, Dios es amor y donde está el amor de Dios, hay paz y esta paz te lleva a ver su rostro y al verlo podrás notar y vivir el esplendor de su luz en tu rostro, en tu corazón.
“Y vino Lea con sus niños, y se inclinaron, y después llegó José y Raquel, y también se inclinaron. Y Esaú dijo: ¿Qué te propones con todos estos grupos que he encontrado? Y Jacob respondió:
El hallar gracia en los ojos de mi señor. Y dijo Esaú: Suficiente tengo yo, hermano; sea para tí lo que es tuyo. Y dijo Jacob: No, yo te ruego; si he hallado ahora gracia en tus ojos, acepta mi presente, porque he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios, pues que con tanto favor me has recibido. Acepta, te ruego, mi presente que te he traído, porque Dios me ha hecho merced, y todo lo que hay aquí es mío. E insistió con él, y Esau lo tomó.”, Génesis 33:7-11. Para Jacob, al encontrarse por primera vez con su hermano Esaú en ese momento, fue algo alentador al ver el cambio en el corazón de Esaú, a quién Jacob le había quitado su primogenitura y la bendición de ésta, el ser el primogénito de la familia, Génesis 25:29-34. En este encuentro notamos a Esaú siendo un hombre alegre, sincero con su hermano. El mismo Jacob exclamó que era maravilloso ver a su hermano sonreír amistosamente, verso 10. La vida nos puede proporcionar algunas situaciones desagradables, Nos podemos sentir engañados, como se sintió Esaú, pero no debemos permanecer amargados, cargados de odio y rencor; todo esto enferma nuestros corazones. Podemos desarraigar de nosotros la amargura, el odio o rencor, perdonando a los que nos han hecho daño y contentarnos con lo que tenemos. En su encuentro, los hermanos, ya avanzados en edad, cada uno tenía sus propias posesiones y bienes, además de una hermosa familia. ¡Alabado sea Dios por siempre!
El verso 3 de este mismo capítulo, nos muestra que la familia de Jacob se inclinó siete veces delante de Esaú, siendo esta una señal de respeto a un rey. Con esta ceremonia, Jacob estaba tomando todas la precauciones para encontrarse con Esaú, esperando con esto disipar cualquier idea de venganza.
Fue todo lo contrario, Dios había cambiado los pensamientos, los recuerdos amargos que abrigó durante su juventud de Esaú y al llegar frente a su hermano, en su interior solamente existía la intención de reencontrarse con él, a quien hacía mucho tiempo no veía. La reconciliación con Dios, con tu hermano, te conduce a ver el rostro iluminado y sonriente de Dios.
¿Por qué razón Jacob envió regalos a Esaú? En los tiempos bíblicos, se daban regalos por varias razones, veamos: 1-) Como soborno. Aún hoy día se dan regalos para ganar a alguien o comprar su apoyo.
Quizás Esaú rechazó al principio los regalos de Jacob, verso 9, porque no quería o no necesitaba aceptar su soborno. Ya él había perdonado a Jacob, y también era muy rico. 2-) Como una expresión de afecto y 3-) Quizás era costumbre hacerlo antes de una reunión entre dos personas. Por lo general, los regalos se acomodaban a la ocupación de la persona. Esto explica por qué razón Jacob envió a Esaú, que era ganadero, ovejas, cabras y otras piezas de ganado.
El perdón y la reconciliación nos llevan a la restauración espiritual y humana; es la forma que Dios ha establecido, para con nosotros a través de Jesucristo su Hijo, con el propósito de que nos volvamos a Él y a la familia, hermano, amigo o compañero.
Dios bendiga abundantemente a cada uno de ustedes, mis amados y que este mensaje les lleve a buscar la reconciliación con cada persona y con Él mismo por medio de Cristo Jesús. ¡Sean bendecidos del Señor! Ahora y siempre.




