El poder de Jesucristo para la vida, Lucas 8:46-48.

Por: Héctor E. Contreras.

La palabra poder tiene varios significados, entre ellos se destacan algunos sustantivos como: Autoridad, Dominio, Imperio, Potestad y Reino. El poder de Jesucristo va mucho más allá de estos, porque el poder que Él emanaba no era de humano, más bien era de su amor hacia la humanidad. Aunque tenía el poder y la autoridad para formar un gran ejército y éste no de hombres, sino de ángeles, arcángeles y querubines. ¿Por qué razón? Sería una pregunta de lugar, porque Él no vino al mundo en busca del poder humano, como esperaban la mayoría de los israelitas. Su gran poder estaba fundamentado en el amor; amor éste que fue más allá de la muerte y muerte de cruz. El poder de su amor es el que nos conduce a hallar en Él la salvación de nuestras almas, la sanidad de nuestros corazones y cuerpos y también, la eternidad.

 

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es poder de Dios”, I-Corintios 1:18 y “Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; más para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”, I-Corintios 1:22-25. Existe un mutuo antagonismo entre la sabiduría de este mundo y la sabiduría de Dios, y el conflicto se manifiesta de manera suprema en la muerte de Cristo en la cruz. Dios obra más sabiamente y de manera más poderosa por vías directamente opuestas a las expectativas humanas. Aún Cuando velan a Jesús en la cruz, los judíos pedían alguna señal de su poder, Mateo 27:40-43. Los griegos hicieron de la búsqueda de la sabiduría un fin carente de significados en sí mismo, como descubrió Pablo en Atenas, Hechos 17:21. No es que busquemos ser sabios, escudriñando cuanto podamos encontrar, sino que debemos enfocarnos en alcanzar el poder transformador de Dios por medio de Cristo Jesús. El poder de Jesucristo nos conduce a ser hombres y mujeres conforme al corazón de Dios. ¡Alabado sea el Señor!

 

El verso 20, de esta misma carta, es decir, I-Corintios 1, el apóstol Pablo hace estas preguntas: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” El profundo abismo entre los caminos humanos y divinos, se evidencia a lo largo de la historia de la humanidad, como se pone de manifiesto en la cita del verso 19 tomada de Isaías 29:14 y las cuatro preguntas del verso 20. Las políticas a favor de Egipto que manifestaba Israel en los días de Isaías, parecían ser el único recurso razonable, pero eran completamente opuestas al plan divino de la salvación, según el verso de Isaías citado anteriormente que dice: “Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos”. El poder de Dios está plasmado en el Evangelio de Jesucristo, que es la revelación de la verdad, pero en última instancia es la obra del poder de Dios con su victoria sobre el pecado a través de la muerte de su Hijo, Jesucristo en la Cruz del Calvario. Es ahí donde se inicia todo en cuanto al poder de Jesucristo. Primero su amor y luego su entrega incondicional para la restauración rota en el Jardín del Edén.

 

Debo citar los siguientes versos, para más edificación sobre el poder de Jesucristo en nuestro favor, son los siguientes: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor”, I-Corintios 1:26-31. Una evaluación de los convertidos en Corinto, demuestra la oposición entre la sabiduría humana y la divina. Sólo unos pocos procedían del mundo de la cultura y las esferas sociales más sofisticadas. La esencia de la verdadera sabiduría reside en el conocimiento de los caminos y los propósitos de Dios, y vivir en armonía con las realidades últimas creadas por el Señor.

La sabiduría humana a la que Pablo se opone, no es la del intelecto o la educación, sino que es la falsa independencia humana con respecto a Dios y la tendencia hacia la autosuficiencia. Dios rechaza la sabiduría humana a causa de su orgullo y la autoglorificación del hombre.

 

En el verso 30 aparecen las palabras: Sabiduría, Justificación, Santificación y Redención; todas estas vienen de Cristo Jesús y las recibimos como regalo de parte de Dios. Justificación es un término jurídico; representa la determinación divina de convertir todo mal en bien, su dádiva al culpable para remover toda condena y justificarlo, incluyendo el retiro completo de los cargos en su contra. La santificación, es un símbolo tomado del templo y revela la necesidad de purificación. Supone ser renovado por el poder del Espíritu Santo, el cual hace posible una vida aceptable ante Dios, y conduce nuestro perfeccionamiento final en su presencia. Redención, mencionada en un contexto de esclavitud y endeudamiento, habla de la libertad completa de todos los espectros del pecado, incluyendo la resurrección del cuerpo. Todo esto nos lleva a concluir lo citado en el verso 31: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. Sólo así podremos lograr que el poder de Cristo reviva todo nuestro ser, que no es más que, nuestro espíritu, alma y cuerpo.

 

“Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he reconocido que ha salido poder de mí. Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vé en paz”, Lucas 8:46-48. El verso 43 de este mismo capítulo dice: “Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada”. Mucha gente rodeaba a Jesús cuando iba de camino a la casa de Jairo. Era imposible lograr pasar entre la gente, pero esta mujer, desesperada por la enfermedad que padecía, halló la forma de hacerlo a fin de tocar a Jesús. En cuanto lo hizo, sanó. ¡Qué diferencia entre la multitud que rodeaba a Jesús y los pocos que se acercaron para tocarle! Muchas personas poseen una débil familiaridad con Él y no hay ningún tipo de cambio, ni mejora en sus vidas, a este conocimiento superficial. Solo el toque de la fe es lo que libera el poder sanador de Dios por medio de Cristo Jesús. ¡Alabado sea el nombre de Dios!

Bendiciones de lo alto, amados del Señor.

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