¡Que ardan nuestros corazones!

Por: Héctor E. Contreras

Lucas 24:25-32.

¿Qué es el corazón? Cuando Dios habla en la Biblia del corazón, no se refiere en la mayoría de los casos al músculo hueco y piramidal situado en la cavidad torácica que bombea la sangre a todo el cuerpo. Por lo general usa esta palabra para comunicar y enviar un mensaje con detalle especial a su criatura más preciada: el ser “humano”.  El corazón para Dios, es el asiento de las actitudes, emociones y de la diligencia. Se refiere a la mente, los pensamientos, los sentimientos y al intelecto en general. Con ello espera encaminar a sus hijos, para que tengan una comunión con Él de manera permanente. Es el mismo Dios que nos dice lo siguiente acerca del corazón, de nuestro corazón: “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo se a ellos por Dios”, Ezequiel 11:19-20. Hoy es el tiempo ideal para que tu corazón de piedra sea transformado por el poder del Espíritu Santo en un corazón de carne, sensible y así pueda arder con el fuego del poder de Dios. Es el cambio que todo ser necesita para que su corazón de piedra, sea convertido en uno de carne. 

¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzó desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”, Lucas 24:25-27. ¿Por qué llamó Jesús insensatos a estos hombres? A pesar de que conocían muy bien las profecías bíblicas, fallaron en entender que el Cristo sufriente era la senda a la gloria. No podían entender por qué Dios no intervino para salvar a Jesús de la cruz. Estaban tan atados a la idea de la admiración de un mundo de poder político y militar, que no estaban preparados para los valores antagónicos del Reino de Dios, donde el último será primero y donde la vida emana de la muerte. El mundo no ha cambiado sus valores: el concepto de un siervo sufriente es tan impopular hoy, como lo fue hace dos mil años atrás. 

Pero es bueno destacar que, no tenemos solamente el testimonio del Antiguo Testamento que los profetas dieron, tenemos además el de los apóstoles en el Nuevo Testamento y el de la historia de la Iglesia cristiana por medio de Cristo.

Después que los discípulos dijeron a Jesús que estaban tristes y confundidos, Él les contestó abriendo las Escrituras y las aplicó a su ministerio. Cuando estamos confundidos con preguntas o problemas, podemos también recurrir a las Sagradas Escrituras y hallar la ayuda oportuna. Si como estos dos discípulos no entendemos lo que la Biblia dice, podemos buscar a otros creyentes que la conocen y tienen la sabiduría para aplicarla a nuestra situación. Para ésto, es necesario tener un corazón de carne, sensible a la voz del Espíritu Santo.

En todos los libros de la Biblia hallamos escritos referentes a Cristo; no se puede ir muy lejos en la lectura de la Palabra de Dios , sin topar con quien es la Palabra personal del Padre, por ejemplo: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, Juan 1:1 y “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y verdad”, Juan 1:14. Alguna profecía, o promesa, oración o tipo; un hilo de oro en la gracia del Evangelio, enhebra toda la trama del Antiguo Testamento. También debemos aprender que, se nos enseña aquí lo referente a Cristo, deben ser explicadas con claridad para llevarnos a entender la verdad de su Palabra. El Verbo fue hecho carne por amor a nosotros,y este Verbo es Cristo.

Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos”, Lucas 24:28-29. “Él hizo como que iba más lejos”. Es bueno notar que Jesús no dijo que fuera más lejos, sino que aparentó como que iba a pasar de largo, y de largo habría pasado, si no lo hubieran invitado a quedarse. Quienes deseen hospedar a Cristo, han de invitarle e importunar a que se quede con ellos, pues con esto mostramos cuánto nos agrada y nos conviene su presencia. “Quédate con nosotros, porque atardece, y el día ya ha declinado”, verso 29. Los que han experimentado el gozo y provecho de la comunión íntima con el Señor, no pueden menos que codiciar más su compañía. 

Rogarle insistentemente que se quede con ellos, no sólo durante el día, sino especialmente al atardecer de la vida, cuando se alargan las sombras y la cercanía de la noche, de la muerte, según el siguiente verso: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar”, Juan 9:4. Este último verso nos avisa que debemos prepararnos para venir al encuentro de nuestro Dios. 

Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; más él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras. Cuando la Biblia declaró anteriormente, que Cristo aceptó la invitación: “Entró, pues, a quedarse con ellos”, verso 29-b, se cumplió lo escrito por Juan en el siguiente verso, que era una promesa del mismo Señor: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”, Apocalipsis 3:20. Desde que hizo su entrada a ese hogar, se manifestó a ellos. Podemos suponer que allí continuó la plática que había tenido durante el camino, mientras se preparaba la cena, lo cual se haría pronto para una mesa seguramente frugal. Sin embargo, aún no le conocían, hasta que se dio a conocer a ellos mediante un gesto inconfundible: “Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa tomó el pan y lo bendijo; y partiéndolo, les dio”, verso 30

Los discípulos del camino a Emaús, no habían asistido a lo que fue la institución de la Cena del Señor en el Aposento Alto, por tanto no podían interpretar en este sentido el partimiento del pan en las manos del Salvador. Fue sin dudas, su manera peculiar de hacer la bendición del pan lo que abrió los ojos de estos discípulos. La compañía de Jesús les duró así solamente lo que duró el partimiento del pan, pero con eso aprendemos que, cuando queramos nos sentamos a comer el pan, hemos de creer que el Señor es nuestro divino Huésped y que se halla a la cabecera de nuestra mesa; hemos de tomar los alimentos como bendecidos por sus manos. 

No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras”, Verso 32. Con esto vemos que no estaban revisando notas del sermón, sino recordando el fuego que ardía en el corazón de ellos cuando les explicaba las Escrituras. 

Hallaron poder en el mensaje, aun antes de reconocer al predicador. ¡Qué ejemplo para todo predicador del Evangelio!  Ahora entendían que nadie, sino Jesús mismo, pudo ser el que les estuvo hablando durante todo el viaje. La Palabra viva produce ese fuego ardiente en nuestros corazones y nos lleva a encontrarnos con la Luz verdadera, que es Cristo Jesús.  

Les bendigo en el nombre de Jesucristo el Señor, y que tal como los discípulos del camino a Emaús, cada persona pueda sentir el ardor del fuego del Espíritu Santo en sus corazones. ¡Bendito sea Dios para siempre!

 

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