Por : El Pastor Héctor Contreras
Para El Gran Santo Domingo.com
Salmo 51:1-3.
Después de más de seis años sin tener comunicación entre un padre y su hija única, alejados de su relación por diferencias en sus creencias religiosas y habiendo el padre escrito una carta con letras rojas, donde decía que no quería ver más a la hija y que nunca más la consideraría su “hija”.
Al pasar el tiempo sin ningún tipo de comunicación entre padre/hija, una noche, ella recibe una llamada y del otro lado escucha las palabras: “A bé”, “mi hija”, que es el significado en su lengua natal, “Somalí”.
Ella dice, yo lloraba. Fue uno de los días más hermosos de mi vida. El me volvió a aceptar como hija. “Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, Que son perpetuas.
De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, Oh Jehová”, Salmo 25:6-7.
El padre de la joven de la historia, recordó a su hija, olvidando todo lo que ella había sido en su juventud, su rebeldía, desvelos tal vez, su orgullo y arrogancia. Todo lo dejó a un lado y llegó a él la misericordia. “A bé”, ¡mi hija! Son palabras que retumban en cualquier padre o madre cuando uno de sus hijos está lejos de ell
s. Cada padre/madre, siempre está en la disposición de perdonar al hijo, no importa cuál haya sido la situación que vivieron alguna vez, ocasionando así la pérdida de su relación de padres e hijos.
Los padres también, porque tenemos en ocasiones el corazón de Dios. Esto es hermoso, mis amados del Señor. “Yo lloraba.
Fue uno de los días más hermosos de mi vida”, dijo ella. ¿Cómo está tu relación con tus hijos hoy? Entiendo que es el tiempo ideal para que llegue a tu corazón el deseo ardiente de perdonar.
No importa lo que haya hecho el hijo o lo que es lo mismo, la hija, hoy y ahora es el tiempo de olvidar ese pasado y volverte a tu vástago, el cual es una bendición de Dios, no solo para tí, sino para toda la familia.
“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad. Y en cuyo espíritu no hay engaño”, Salmo 32:1-2.
El apóstol Pablo utilizó estos versículos para describir la felicidad del ser humano, cuyos pecados son perdonados por la gracia y la misericordia de Dios.
No por sus propios esfuerzos por cumplir con las obras de la ley el hombre alcanza el perdón, es por su gracia. Transgresión significa rebelión, pecado es errar el blanco; iniquidad es depravación moral; y también es engaño.
El pecado es perdonado, cubierto y no imputado al individuo, de manera que el espíritu del hombre o de la mujer aparezcan como totalmente justificados ante los ojos de Dios.
Llega la total libertad a la vida de los que han sido perdonados y limpiados por el poder de la sangre de Cristo Jesús. No existe otro medio, mis amados.
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiamede mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí”, Salmo 51:1-3. Se hace necesario que en el corazón de la gente nazca la humildad.
El orgullo y la arrogancia no agradan a Dios. Debemos humillarnos, reconociendo nuestras fallas, es decir, nuestros pecados delante de la presencia de Dios, solo así se produce la limpieza de nuestros corazones.
El espíritu de humildad abre las avenidas del gozo en tu corazón. Ten piedad, lávame más y más de mi maldad, límpiame de mi pecado.
Solo un corazón humillado puede pronunciar estas palabras y lo más importante de todo esto es, que Dios está presto para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Solamente así llega a tu vida la libertad y el perdón, convirtiéndose entonces en “la libertad del perdón”.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”, Romanos 8:1-2. Debido al hecho de la salvación por la fe, solamente teniendo en cuenta las grandes líneas de la obra redentora de Cristo, somos liberados del juicio.
La ley no se refiere aquí a los mandamientos morales de Dios escritos en el AT. Romanos 7:12, sino a la forma como opera el Espíritu de vida, el Espíritu Santo en nuestras vidas, quebrando el dominio de la antigua ley del pecado y de la muerte.
“Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. Aquí encontramos lo que es la verdadera “Libertad del perdón”, Romanos 8:2.
Gracias a la presencia del Espíritu Santo en nosotros, la verdadera vida de Cristo se manifiesta en nuestros cuerpos mortales. En la medida que nos entregamos al Señor, el mismo Jesús se convierte, en nosotros y a través de nosotros, en el cabal cumplimiento de la Ley de la Palabra de Dios.
“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”, Romanos 8:15-16. Es el Espíritu Santo que nos concede la seguridad subjetiva de que somos hijos de Dios. Abba es la palabra aramea para Padre.
Cuando el Espíritu Santo de Dios da testimonio de lo que somos, debe darnos a entender la magnitud de nuestra relación con el Padre de gloria, convirtiéndonos en herederos de Dios y coherederos con Cristo, según el verso 17 de Romanos 8. “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”, Gálatas 4:4-6. El cumplimiento del tiempo, alude al momento señalado por Dios para la venida de Cristo, cuando las condiciones mundiales favorezcan su aparición. Pablo hace énfasis en la deidad de Jesus, “como Hijo de Dios”, en su humanidad, “nacido de mujer” y en su sujeción a la ley.
El propósito de Dios al enviar a su Hijo, Jesucristo el Señor, era rescatarnos de la esclavitud del pecado, “redimir”, en otras palabras, pagar por nuestros pecados con la muerte de Cristo Jesús en la cruz.
Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.
Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro”, Romanos 5:19-21.
Un resumen del plan de Dios a la luz de figuras representativas de la raza humana. Adán pecó (una vez), y todos los que Adán representaba fueron encontrados culpables. Cristo obedeció a través de su vida y todos a los que Cristo representa serán constituidos justos. Ahora puedes ser justificado.
Mucha gente objeta la idea de las figuras representativas de la raza humana, pero si no creemos justo, que nos consideren culpables por el pecado de Adán, tampoco deberíamos pensar que es justo que nos declaren inocentes por la obediencia de Cristo, al venir a este mundo en rescate de toda la humanidad.
No existe una mejor cita bíblica que la que plasmaré a continuación para vivir la verdadera libertad del perdón. “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os horá libres”, San Juan 8:31-32. Jesús mismo es la verdad que nos lleva a la libertad. Es la fuente de la verdad, la norma perfecta de todo lo que encierra bondad, misericordia y amor.
Nos conduce a la libertad de las consecuencias del pecado, del autoengaño y del engaño de Satanás. Nos muestra claramente una total libertad. La verdadera libertad del perdón se inicia al conocer la verdad y esta Verdad es Cristo Jesús en cada corazón. ¡Bendito sea su nombre!
“Yo lloraba. Fue uno de los días más hermosos de mi vida”. Estas fueron las palabras de aquella hija que había perdido toda esperanza de volver a saber de su progenitor.
En este momento, al tener frente a tí estas líneas, te invito a que, hasta que dejes de leer y te detengas por unos minutos y hagas lo que hizo aquel padre con su hija que antes había desahuciado.
Busca, llama a tu padre o madre, a tu hermano o hermana, al amigo o compañero con el cual tuviste algún desacuerdo pasado y vuelve a cultivar el amor del perdón en tu corazón.
No importa cuál haya sido la situación, sea que tengas o no razón; lo importante, lo hermoso, es volver a lo que fuiste con la persona que tanto amaste y que aún amas, porque forma parte de tí mismo. ¡Dios es Bueno! Busca su bondad y serás verdaderamente libre.
Que la sobreabundante gracia de Dios lleve a cada corazón, a cada vida alcanzar la “Libertad del perdón” mediante Jesucristo su Hijo.
¡Bendecidos sean ahora y siempre! Amados de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo el Señor. A Dios sea la gloria por siempre, porque su perdón te puede alcanzar ahora mismo.