EE UU redistribuye el mando en la OTAN y exige mayor protagonismo europeo en defensa

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) afronta una transformación significativa en su estructura de mando tras el acuerdo para transferir a aliados europeos el control de dos centros estratégicos que hasta ahora estaban bajo liderazgo estadounidense.

Esta reorganización responde a la insistente demanda de Washington para que Europa asuma un papel más activo en su propia defensa, al tiempo que Estados Unidos mantiene el control de capacidades militares clave y redirige su atención hacia nuevos escenarios geopolíticos, especialmente el Indo-Pacífico y el Ártico.

El nuevo reparto establece que Reino Unido asumirá el Centro del Mando Conjunto de la Fuerza (JFC) de Norfolk, en Estados Unidos, mientras que Italia liderará el JFC de Nápoles. A su vez, Alemania y Polonia compartirán el mando del centro de Brunssum, en Países Bajos. Estos tres centros son fundamentales porque planifican operaciones militares en situaciones de crisis y conflicto, lo que otorga a Europa una mayor responsabilidad operativa dentro de la alianza militar más importante del mundo.

Sin embargo, el traspaso de estos mandos no implica una retirada del liderazgo estadounidense. Washington mantendrá el control de tres pilares estratégicos esenciales: el Comando Terrestre Aliado (LANDCOM), el Comando Aéreo Aliado (AIRCOM) y, además, asumirá el Comando Marítimo Aliado (MARCOM), que anteriormente estaba dirigido por Reino Unido.

Este movimiento permite a Estados Unidos conservar el control sobre los dominios militares más determinantes para cualquier operación a gran escala, garantizando que su influencia dentro de la OTAN siga siendo predominante.

La reorganización forma parte de un proceso de revisión iniciado hace dos años que busca redistribuir cargas dentro de la alianza. Desde la Administración estadounidense se ha insistido en que Europa debe incrementar su implicación militar, tanto en términos operativos como financieros. La estrategia de seguridad nacional estadounidense subraya que “los días de Estados Unidos sujetando el orden mundial como Atlas han terminado”, una declaración que resume el cambio de enfoque hacia un modelo de seguridad compartida entre aliados.

Este nuevo esquema también refleja el contexto geopolítico actual. Estados Unidos intenta liberar recursos militares para reforzar su presencia en el Indo-Pacífico frente al ascenso estratégico de China. Al mismo tiempo, exige que Europa fortalezca su capacidad defensiva convencional y aumente su gasto militar, una demanda que se ha concretado en la presión para que los miembros de la OTAN eleven sus presupuestos de defensa hasta el 5% del PIB, un objetivo que todavía genera debate dentro del bloque europeo.

Otro elemento clave de esta reestructuración es el creciente protagonismo del Ártico en la agenda estratégica de la OTAN. Washington considera esta región prioritaria debido al retroceso del hielo, que está abriendo nuevas rutas comerciales y facilitando el acceso a recursos naturales estratégicos.

Según el embajador estadounidense ante la OTAN, Matthew Whitaker, “a medida que el hielo retrocede y se abren las rutas comerciales, se observa una mayor actividad y una mayor necesidad de conciencia y vigilancia del dominio”. Esta visión refleja la preocupación estadounidense por la creciente presencia de Rusia y China en la región.

La implicación de la OTAN en el Ártico también está vinculada a intereses económicos y de seguridad. Estados Unidos busca garantizar el control de recursos minerales estratégicos y reforzar la vigilancia en los accesos marítimos hacia América del Norte y Europa. La posible independencia de Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía de Dinamarca, añade un elemento adicional de incertidumbre, ya que podría alterar el equilibrio estratégico en la región si quedara fuera del paraguas de la OTAN.

A pesar de la transferencia de responsabilidades, la estructura jerárquica de la alianza permanece intacta. El puesto de Comandante Supremo Aliado en Europa (SACEUR), considerado la máxima autoridad militar operativa de la OTAN, continúa en manos estadounidenses. Esta posición simboliza la continuidad del liderazgo de Washington y actúa como garantía de su compromiso con la defensa euroatlántica, lo que disipa los temores sobre un posible repliegue estratégico.

Para Europa, el nuevo reparto supone tanto una oportunidad como un desafío. Asumir el liderazgo de los centros de mando implica incrementar capacidades militares, recursos financieros y coordinación estratégica entre países con intereses y prioridades distintas. Al mismo tiempo, fortalece la autonomía operativa europea dentro de la OTAN, un objetivo que varios Estados miembros llevan años promoviendo. @mundiario