Paula Badosa no está perdiendo partidos: está perdiendo semanas, ritmo y confianza en el cuerpo. En Dubái, en segunda ronda del WTA 1000, volvió a sacar la bandera blanca ante Elina Svitolina tras ceder el primer set. Y lo más cruel es que, durante un tramo, parecía que el partido era suyo: dominaba 4-1, mandaba en los intercambios y se intuía una victoria que necesitaba como el aire.
Pero el tenis, cuando el físico tiembla, es un deporte despiadado. Svitolina encadenó cinco juegos seguidos, se llevó el set por 6-4 y, tras una pausa en la silla y un diálogo silencioso consigo misma, Badosa se levantó y se fue directa al vestuario. La juez de silla decretó el triunfo de la ucraniana ante la sorpresa de la grada, que no vio un abandono teatral, sino una rendición inevitable.
El dato, por sí solo, es devastador: ya van 38 retiradas en la carrera de la catalana, un récord negativo que pesa como una losa. A sus 28 años, Badosa vive atrapada en un carrusel de molestias que cambian de nombre pero mantienen el mismo patrón: la espalda ayer, la cadera hoy, la incertidumbre siempre. La semana pasada ya se había borrado del WTA 1000 de Doha, y ahora Dubái confirma que el problema no es puntual, sino estructural.
El golpe también es deportivo y numérico. Badosa no ha podido defender los octavos del año pasado y caerá más en el ranking: del puesto 70 al 84, de momento. No es solo una cifra, es un aviso. En el circuito, bajar implica entrar en cuadros más duros, tener menos margen y jugar más para sostener la clasificación. Y con un cuerpo frágil, esa rueda se convierte en un castigo.
El calendario, sin embargo, no espera a nadie. La exnúmero dos mundial está apuntada en Mérida (23 de febrero al 1 de marzo) y, sobre todo, mira a Indian Wells (4 al 15 de marzo), el WTA 1000 obligatorio donde fue campeona en 2021. Ese torneo, por historia y sensaciones, es una oportunidad emocional. Pero también es un riesgo: volver sin estar al cien por cien puede alargar el problema, y el circuito no perdona la precipitación.
La gran tragedia de Badosa es que su ambición sigue intacta. Ella misma lo dijo en el Open de Australia: su sueño de ganar un Grand Slam solo lo podían frenar las lesiones. Y ahí está el drama, porque el talento está, el carácter también, pero el cuerpo se ha convertido en el rival más constante. En Dubái, una vez más, no perdió ante Svitolina: perdió contra ese enemigo invisible que le roba continuidad y le obliga a empezar de cero cada mes. @mundiario
