La puesta de largo de la Junta de Paz diseñada por Donald Trump nació con el objetivo formal de supervisar el alto el fuego y la transición en Gaza. Sin embargo, el acto celebrado en Washington terminó convirtiéndose en una escenificación del liderazgo personal del presidente republicano, con referencias tangenciales a la Franja y un protagonismo absoluto de su figura.
Durante más de 40 minutos de intervención, Trump habló de alianzas, elogió a su equipo y reivindicó su papel como pacificador global. Gaza apareció tarde y de forma genérica. No hubo detalles sobre víctimas, necesidades humanitarias inmediatas ni un calendario concreto de reconstrucción.
La estructura del acto concebido, según explicó su yerno Jared Kushner, como una junta de accionistas, reforzó la idea de que el nuevo organismo pretende funcionar con lógicas empresariales. Es decir, pasar de la diplomacia tradicional a hablar en clave económica, con asuntos sobre la mesa como financiación asegurada, liderazgo centralizado y objetivos estratégicos definidos desde Washington.
Por su parte, el secretario de Estado, Marco Rubio, defendió que no existe “plan B” para Gaza y que la Junta es el único marco viable para evitar el retorno a la guerra, porque esta “ha sido una crisis muy singular que las instituciones internacionales existentes no pudieron resolver ni descifrar. Requería una solución muy específica con la colaboración de todas las naciones presentes”. “Esta situación en Gaza era imposible de resolver bajo la ortodoxia y las estructuras existentes”; alegó el jefe de la diplomacia estadounidense.
“Y espero que esto sirva de modelo para otras situaciones complejas. No hay un plan B para Gaza. El plan B es volver a la guerra. Nadie aquí quiere eso. El plan A. El único camino a seguir es reconstruir Gaza con una paz duradera y sostenible, donde todos puedan vivir allí, uno junto al otro, sin preocuparse nunca más por volver al conflicto, a la guerra, al sufrimiento humano y a la destrucción”, dijo Rubio, ovacionado todavía por los líderes europeos tras su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en la que llamó a Europa a reencontrarse con sus raíces.
Pero el peso político del evento lo acaparó Trump, quien llegó a sugerir que el nuevo órgano podría “supervisar” a la Naciones Unidas, a la que acusa de ineficacia estructural.
Italia como catalizador de la división europea
EE UU comprometió 10.000 millones de dólares para el nuevo organismo. Países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar prometieron miles de millones adicionales para la reconstrucción. El diseño prevé incluso el despliegue de fuerzas de seguridad internacionales en sectores de Gaza.
Sin embargo, la arquitectura institucional concentra amplios poderes en la figura de Trump como presidente vitalicio de la Junta, lo que ha despertado recelos diplomáticos. La iniciativa se percibe como un intento de crear un foro paralelo al sistema multilateral clásico, con capacidad para intervenir en otros conflictos más allá de Oriente Próximo.
Si el protagonismo estadounidense fue indiscutible, el efecto político más inmediato se sintió en Europa. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, optó por enviar a su ministro de Exteriores como observador. Esa decisión abrió la puerta a que al menos 14 Estados miembros de la UE enviaran representantes.
La Comisión Europea también acudió a través de la vicepresidenta Dubravka Šuica, pese a que la Unión no reconoce formalmente la Junta de Paz como organismo internacional. El movimiento generó malestar en capitales como París, Madrid o Dublín, que cuestionan la base jurídica de la participación comunitaria en un foro no avalado por el Consejo.
Italia defendió su presencia argumentando que no podía ausentarse del único plan activo sobre la mesa respecto a Gaza. Pero la fórmula elegida —“observador”, sin adhesión plena— refleja el equilibrio delicado que la ultraderechista Meloni intenta mantener entre su afinidad ideológica con Trump y su rol dentro del entramado institucional europeo.
Europa entre el pragmatismo y la coherencia
La fractura no es menor. Hungría y Bulgaria aceptaron ser miembros plenos. Alemania envió representación técnica. Otros países acudieron para no quedar fuera de futuras negociaciones como Grecia o Finlandia, que tratan de cultivar sus relaciones con la Administración Trump. El temor compartido de la mayoría de los que asistieron era que su ausencia implique pérdida de influencia en un foro que, posiblemente, podría ganar peso si consolida financiación y apoyo político.
La Junta de Paz nace rodeada de ambición y controversia. En teoría, pretende estabilizar Gaza. Pero en la práctica su lanzamiento evidenció que el proyecto es también una herramienta de reposicionamiento geopolítico de Trump y una prueba de lealtad para aliados. El hecho de que Gaza —epicentro humanitario del momento— quedara relegada en la narrativa inaugural alimenta las dudas sobre si la prioridad es la reconstrucción o la reconfiguración del orden internacional.
Para la Unión Europea, el episodio es una advertencia: la política exterior común sigue siendo frágil cuando los Estados miembros perciben que su relación bilateral con Washington está en juego.
La Junta de Paz ya ha logrado algo antes de empezar a operar plenamente: colocar a Europa ante un dilema estratégico y demostrar que, una vez más, Trump domina la escena incluso cuando el tema central debería ser otro. @mundiario
