EN TU SEMANA.
Mensaje semanal del pastor Héctor Contreras.
PARA: EL GRAN SANTO DOMINGO . COM Y EL GRAN CIBAO.COM
Lucas 10:16-20.
Los creyentes hablan “en nombre de Jesús”. Pero es posible que esta conocida frase tal vez no sea lo suficientemente clara para algunos de nosotros. La posición del creyente en Jesucristo es parecida a la del funcionario que escribe una correspondencia como representante del gobierno. Sus palabras tienen más poder y eficacia que si la misiva hubiera sido enviada solamente en nombre del firmante. Pero una cosa es representar al gobierno de un país, y otra cosa es representar a Dios y a su nombre. Sin embargo, eso es precisamente lo que Jesús tenía en mente para sus seguidores. Él había escogido gente común, como Jacobo y Andrés para llevar su nombre y representarlo ante el mundo. Hoy tú puedes ser un representante del Reino de Dios, recibiendo la autoridad máxima que sólo Él da a todos los que confiesen a Jesucristo, su amado Hijo.
“Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante su lepra desapareció”, Mateo 8:1-3. Jesús tocó al leproso, mostrando su poder sobre la enfermedad y su autoridad sobre la ley, que prohibía el contacto físico con las víctimas de la lepra, Levítico 13:45-59. Luego de la sanidad del enfermo, le ordenó presentarse ante el sacerdote, contraponiendo su autoridad sobre la ley a su compromiso de cumplirla, Levítico 14:2-32. Es bueno destacar que, la lepra, como lo fue el Sida hace unos años y en nuestro tiempo actual con la Pandemia del Covid-19, era una enfermedad temida, porque no había cura conocida en ese entonces. En el tiempo de Jesús, la palabra lepra denotaba varias enfermedades similares, algunas de ellas eran contagiosas. Si una persona la contraía, el sacerdote lo declaraba leproso e inmundo y lo alejaban de su hogar y ciudad. Era enviado a vivir en una comunidad con otros leprosos hasta su recuperación o su muerte. Cuando el enfermo rogó a Jesús que lo sanara, Jesús se le acercó y lo tocó, aún cuando su piel estaba totalmente cubierta del temido mal. ¡Dios es Bueno! Amados del Señor y su misericordia es eterna.
Como la lepra en aquel entonces era incurable, así el pecado en el corazón del hombre; es una enfermedad incurable y sólo puede ser sanada por el poder de la sangre de Cristo Jesús.
Es un buen tiempo para que te acerques a Jesús y le pidas ser sanado, no sólo de la
lepra del pecado, sino del pecado que por años has llevado dentro de tí. Como aquel leproso, Cristo se acerca a tí hoy y te dice: Quiero, sé limpio. En los tiempos del Covid-19, ni siquiera a los sepelios se nos permitía asistir y si lo hacíamos era a cierta distancia del fenecido. ¡Cuánto dolor causó esta enfermedad en la humanidad. Fallecieron amigos y nos fue imposible estar con ellos. ¡Muy triste, amados del Señor! La enfermedad de la lepra en los tiempos de Jesús, era peor aún, nadie podía acercarse a un leproso. Sólo Jesús lo hizo para sanar al que le había pedido lo sanara, porque conocía que Jesús tenía el poder de hacerlo. Su poder sigue vigente para este tiempo, sólo debes confesar que Jesucristo es el Señor delante de Padre Dios.
“Pero clamaron a Jehová en su angustia, Y los libró de sus aflicciones. Envió su palabra, y los sanó, Y los libró de su ruina. Alaben la misericordia de Jehová. Y sus maravillas para con sus hijos”, Salmo 107:19-21. En este salmo se declara que la enfermedad es el castigo por la transgresión. El transgredir implica violar a sabiendas los límites conocidos de la obediencia. Según el verso 20, la sanidad es la liberación de nuestras ruinas. A menudo, la gente clama a Dios sólo cuando le asalta la calamidad. Las tormentas nos llegan a todos. Súbitas dificultades o una severa enfermedad pueden alcanzarnos debido a nuestra decadencia espiritual, consciente o inconsciente. La declaración del salmista en este texto, nos enseña que si buscamos a nuestro Sanador con un corazón sincero delante de Él, clamando por liberación, la calamidad puede ser trastocada y recibiremos sanidad, tanto física como espiritual. El Señor escuchará un clamor como ese, y entonces nos sanará con “su palabra de poder y autoridad”, tal también el leproso citado anteriormente.
“El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió. Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y le dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”, Lucas 10:16-20. Al salir a proclamar lo que habían recibido, los discípulos vieron grandes resultados al ministrar con la autoridad de Jesús. Estaban muy regocijados con las victorias obtenidas al testificar y el Señor se gozó con ellos. Sin embargo, los hizo reflexionar al recordarles que había una victoria mucho más importante: y es que sus nombres están escritos en el cielo. Este honor era mucho más importante que
cualquier otro logro. A medida que vemos las maravillas de Dios que obran en nosotros y por medio de nosotros, no podemos perder de vista que existe una maravilla mayor, nuestra ciudadanía celestial. ¡Gloria a Dios por siempre!
“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestará a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará: y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”, Juan 14:21-24. Jesús nos enseña que sus seguidores deben demostrar amor por Él al obedecerlo. El amor no es solo bellas palabras; es compromiso, entrega y conducta. Si amas a Cristo, debes demostrarlo obedeciendo lo que dice su Palabra. “Me manifestaré”, del griego “emphanidzo”, es una combinación de “en” y “phaino”, “hacer que brille”; puede ser entendido como aparecer, ser visto, revelar, exhibir, hacer visible, en otras palabras, es presentarse uno mismo a la vista de otro. “emphanidzo” designa la autorrevelación de Jesús a los creyentes. Otro significado secundario de la palabra es declarar, dar a conocer. Ven a Jesús y testifica a otros, dando a conocer lo que es seguirle y servirle a Él.
Sobre la Palabra y su Poder, quiero recordarles lo escrito por Juan, el apóstol, en su evangelio, cuando dijo, acerca de Jesús las siguientes palabras: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”, Juan 1:4-5. ¿Por qué estas palabras?, simple, mis amados, porque Juan da inicio a su evangelio con las siguientes palabras:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, Juan 1:1. Entonces, vale decir que, si el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios, de ahí a que, verdaderamente Jesucristo tiene total autoridad y poder sobre la palabra, porque también era y es la vida; por lo demás está en Él dar vida a todos los que se acerquen ante su presencia.
¡Que la Palabra hecha hombre reine en cada corazón, en cada vida!