La reunión de líderes europeos en Nicosia ha dejado una idea central: la Unión Europea no quiere ser un actor pasivo en la crisis de Oriente Próximo. Sin implicarse directamente en el conflicto entre EE UU, Israel e Irán, el bloque comunitario aspira a consolidarse como mediador y garante del derecho internacional, al tiempo que estrecha relaciones con socios clave del mundo árabe.
El mensaje del presidente del Consejo Europeo, António Costa, sintetiza la ambición europea: “no somos parte del conflicto, pero sí de la solución”. La frase no es solo retórica. Responde a una realidad geopolítica cada vez más evidente, la seguridad de Europa está directamente conectada con la estabilidad de Oriente Próximo.
El bloqueo del estrecho de Ormuz, el encarecimiento de la energía o el riesgo de recesión han convertido una guerra lejana en un problema doméstico. De ahí que la UE haya situado como prioridad la reapertura de esta arteria clave del comercio global, defendiendo la libertad de navegación y evitando una escalada militar mayor.
Uno de los elementos más relevantes de la cumbre ha sido el acercamiento a actores regionales. La UE ha mantenido contactos directos con líderes de Egipto, Líbano, Siria y Jordania, además del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).
Este movimiento no es casual. Bruselas busca reforzar su influencia en una región donde tradicionalmente ha tenido un papel secundario frente a Washington. Al mismo tiempo, responde a la demanda de estos países de una mayor implicación europea, tanto en seguridad como en cooperación económica. La apuesta es clara: construir una red de alianzas que permita a la UE actuar como puente diplomático y no solo como actor económico.
Seguridad y energía: los motores reales de la estrategia
A diferencia de otras potencias, la UE insiste en situar el derecho internacional en el centro de su estrategia. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y Costa han coincidido en que cualquier solución duradera pasa por el respeto a normas comunes, incluyendo el control del programa nuclear iraní.
Este enfoque, compartido por líderes como Pedro Sánchez, contrasta con la lógica de fuerza militar que ha marcado el inicio del conflicto. Para Bruselas, la legitimidad internacional no es solo un principio, sino también una herramienta de influencia. Más allá del discurso, los intereses europeos son concretos. La crisis ha evidenciado la vulnerabilidad energética del continente y su dependencia de rutas marítimas seguras.
En este contexto, la UE estudia ampliar misiones como la operación ASPIDES en el mar Rojo o coordinar esfuerzos con iniciativas como la OTAN, sin diluir su autonomía. La idea es evolucionar desde misiones defensivas hacia una coordinación marítima más ambiciosa. El objetivo es proteger el comercio y reforzar la capacidad de acción europea sin romper el equilibrio con sus aliados atlánticos.
Aunque apenas se menciona públicamente, el papel de EE UU planea sobre toda la cumbre. La guerra impulsada por Washington sin consenso europeo ha reabierto el debate sobre la autonomía estratégica del bloque. @mundiario
