Ofensiva sin precedentes en Malí: Al Qaeda y los tuareg ponen contra las cuerdas a la junta militar

La evolución del conflicto en Malí apunta a un escenario mucho más complejo y peligroso de lo que se había anticipado. La ofensiva lanzada por el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) —filial de Al Qaeda activa en el Sahel— en coordinación con el Frente de Liberación de Azawad (FLA) no solo supone un avance territorial significativo, sino que asoma un elemento disruptivo, la formalización de una alianza entre actores con objetivos históricamente distintos.

La caída de Kidal, símbolo del control en el norte del país, representa mucho más que una victoria táctica. Es un golpe estratégico que debilita la posición del Estado y cuestiona la capacidad de la junta militar liderada por Assimi Goïta para mantener la integridad territorial. La retirada pactada de las fuerzas gubernamentales y de sus aliados rusos sugiere, además, que el equilibrio militar se está inclinando de forma acelerada.

Durante años, los grupos yihadistas y los movimientos separatistas tuareg han coexistido en el Sahel con relaciones ambiguas, marcadas por la cooperación puntual y la competencia por el control territorial. Sin embargo, la actual ofensiva marca un salto cualitativo ya que, por primera vez, ambos actores actúan de forma coordinada y lo reconocen abiertamente.

Esta convergencia responde a intereses inmediatos. Para los yihadistas, supone ampliar su base territorial y consolidar su influencia y los tuareg consiguen una oportunidad para cristalizar sus aspiraciones autonomistas en Azawad. Pero, en conjunto, esta alianza multiplica su capacidad operativa y complica enormemente cualquier respuesta estatal o internacional.

El desgaste de la junta militar y sus aliados

El avance insurgente también pone en cuestión la estrategia adoptada por la junta militar desde 2020. La ruptura con socios occidentales y el acercamiento a Rusia materializado en la presencia del denominado Africa Corps, mercenarios herederos del Grupo Wagner tras la muerte de su líder Yevgueni Prigozhin, buscaba reforzar la seguridad y recuperar el control del territorio. Durante un tiempo, esa estrategia pareció dar resultados.

Sin embargo, la actual ofensiva evidencia sus límites. La retirada de posiciones clave y la pérdida de control en varias ciudades sugieren que el modelo de seguridad implantado no ha logrado consolidarse. La muerte del ministro de Defensa en un atentado y la ausencia pública del liderazgo político en momentos críticos refuerzan la percepción de fragilidad institucional.

La situación en Malí no puede analizarse de forma aislada. El Sahel se ha convertido en uno de los epicentros de la inestabilidad global, y cualquier deterioro adicional tiene efectos inmediatos en países vecinos como Burkina Faso o Níger. La posibilidad de un efecto dominó, con el fortalecimiento de grupos armados transnacionales, preocupa tanto a actores regionales como internacionales.

Organizaciones como la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), ya han advertido del riesgo de expansión del conflicto y han pedido una respuesta coordinada. No obstante, la fragmentación política en la región y la debilidad de los Estados dificultan una acción conjunta eficaz.

Un conflicto en transformación

Lo que está ocurriendo en Malí refleja una transformación más profunda del conflicto en el Sahel. La línea que separaba insurgencia y terrorismo se difumina, mientras las alianzas se vuelven más pragmáticas y menos ideológicas. Este nuevo escenario exige replantear tanto las estrategias de seguridad como los enfoques políticos para abordar las causas estructurales del conflicto.

La ofensiva conjunta de yihadistas y tuareg sitúa a Malí ante un punto de inflexión. Si la junta militar no logra revertir la situación, el país podría entrar en una fase de fragmentación aún mayor, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad regional.

La crisis actual plantea una cuestión de fondo, si los modelos de intervención y gobernanza aplicados hasta ahora en el Sahel son suficientes para afrontar un conflicto cada vez más complejo. Por ahora, los acontecimientos sobre el terreno sugieren que no.