El tradicional despliegue militar del 9 de mayo en Rusia, convertido durante años en una exhibición de poder bajo el liderazgo de Vladímir Putin, afronta en 2026 un cambio sin precedentes: la ausencia de tanques, lanzamisiles y vehículos blindados en la Plaza Roja. La decisión, oficialmente atribuida a la “situación operativa actual”, apunta en realidad a una nueva dinámica del conflicto con Ucrania, que ha logrado trasladar la guerra más allá del frente y hasta el corazón simbólico del poder ruso.
Durante años, el Día de la Victoria ha sido uno de los pilares del relato político del Kremlin. Bajo Putin, esta conmemoración evolucionó desde un acto histórico hacia una demostración contemporánea de fuerza militar, con columnas de blindados, sistemas de misiles y tecnología de guerra avanzada recorriendo Moscú.
La decisión de eliminar ese despliegue marca un punto de inflexión. No es solo un ajuste logístico: implica reconocer, aunque sea indirectamente, la vulnerabilidad de esos activos frente a una amenaza concreta. Varios analistas y blogueros militares rusos coinciden en que los drones de largo alcance ucranianos han alterado el cálculo de riesgos. Equipos estacionados en zonas abiertas durante los ensayos o incluso en pleno desfile podrían convertirse en objetivos.
El cambio en Moscú no puede entenderse sin observar la evolución de la estrategia de Volodímir Zelenski. Desde 2024, Ucrania ha intensificado su capacidad de ataque a larga distancia, combinando drones avanzados, sabotajes y misiles de producción propia.
Operaciones como los más recientes ataques a refinerías, estaciones de bombeo o centros logísticos han demostrado que Kiev puede golpear a más de 1.500 kilómetros de distancia. El propio Zelenski ha destacado la “precisión” de estas acciones, orientadas a debilitar la infraestructura energética y militar rusa. Más allá del daño económico, el efecto psicológico y político es significativo: Rusia ya no puede dar por segura su retaguardia.
Moscú bajo presión: seguridad y narrativa
El Kremlin ha atribuido los cambios a una “amenaza terrorista”, en palabras de su portavoz. Sin embargo, la narrativa oficial convive con una realidad más compleja. Los ataques ucranianos han provocado cada vez más incendios en instalaciones estratégicas, evacuaciones civiles e incluso interrupciones en servicios básicos, incluyendo internet en algunas regiones.
En este contexto, la decisión de reducir el desfile responde tanto a la seguridad física como a la gestión de la imagen. Un ataque durante el evento —o incluso durante los preparativos— tendría un impacto devastador en la percepción de control del Estado ruso.
La evolución del desfile en los últimos años ya anticipaba este cambio. Tras la invasión de 2022, los actos se fueron reduciendo progresivamente: cancelación de exhibiciones aéreas, menor presencia internacional y, en 2024, una disminución en la cuota mínima de vehículos. El formato de 2026 —centrado en tropas a pie y una modesta exhibición aérea— consolida esa tendencia.
Incluso eventos paralelos, como el desfile del “Regimiento Inmortal”, han sido suspendidos, lo que refuerza la idea de un repliegue simbólico. La conmemoración sigue en pie, pero su contenido se adapta a un entorno de guerra prolongada y riesgo interno.
Los recientes y sucesivos ataques con drones contra la estratégica refinería de Tuapsé, a orillas del mar Negro, han evidenciado la incapacidad rusa para proteger activos alejados del frente. Asimismo, se han reportado impactos en instalaciones como la planta Elektropribor de Penza, que fabrica componentes para redes de mando militar y aviación
El Kremlin mantiene su discurso, equiparando la guerra actual con la lucha soviética en la II Guerra Mundial. Sin embargo, la ausencia de armamento pesado introduce una contradicción evidente: el relato de superioridad choca con una puesta en escena marcada por la prudencia.
Al mismo tiempo, Ucrania ha logrado algo poco habitual en conflictos convencionales: trasladar la presión al territorio del adversario sin necesidad de superioridad aérea total. Sus ataques no han colapsado la economía rusa —impulsada en parte por altos precios energéticos—, pero sí han erosionado la percepción de invulnerabilidad. @mundiario
