Washington se inclina por asfixiar a Irán con un bloqueo prolongado en Ormuz

El conflicto entre Estados Unidos e Irán entra en una fase de estancamiento estratégico en la que, lejos de una resolución militar o diplomática inmediata, se impone una lógica de desgaste. La Administración de Donald Trump apuesta ahora por prolongar el bloqueo en torno al estrecho de Ormuz como principal herramienta de presión, convencida de que el estrangulamiento económico puede resultar más eficaz que una intensificación de los bombardeos.

Tras sesenta días de enfrentamientos iniciados a finales de febrero, el escenario es el de una guerra sin desenlace claro. Las conversaciones mediadas por terceros países no han logrado avances sustanciales y Teherán mantiene su negativa a ceder en cuestiones clave, especialmente en lo relativo a su programa nuclear. En este contexto, Washington considera que limitar la capacidad exportadora iraní —en particular su petróleo— puede acelerar un eventual cambio de posición.

El propio Trump ha defendido abiertamente esta línea, sosteniendo que el bloqueo está llevando a la República Islámica a una situación límite. Según su visión, impedir la salida de crudo no solo reduce los ingresos del régimen, sino que genera problemas logísticos internos, como la acumulación de reservas sin posibilidad de comercialización. La Casa Blanca interpreta estos efectos como señales de debilidad creciente en la economía iraní.

Sin embargo, esta estrategia no está exenta de costes. El cierre de una de las principales arterias energéticas del mundo ha tenido repercusiones inmediatas en los mercados internacionales. El precio de los combustibles se ha disparado, alcanzando niveles no vistos desde la crisis derivada de la guerra en Ucrania, mientras otros sectores, como el de los fertilizantes, también sufren incrementos significativos. A ello se suma el elevado gasto militar estadounidense, que ya asciende a decenas de miles de millones de dólares.

En el plano interno, el respaldo a la guerra se erosiona. Las encuestas reflejan un descenso progresivo del apoyo ciudadano a la intervención, lo que añade presión política a una Casa Blanca que oscila entre el endurecimiento de su postura y la tentación de declarar una victoria parcial.

Mientras tanto, el despliegue militar en la región continúa ampliándose. La presencia de portaviones y refuerzos en el golfo Pérsico refuerza la idea de que el conflicto podría prolongarse durante meses, o incluso más, sin una salida clara a corto plazo. Paralelamente, la Administración estadounidense mantiene contactos con grandes compañías energéticas para mitigar los efectos del bloqueo y asegurar el suministro global.

En el lado iraní, las consecuencias también son evidentes. La imposibilidad de exportar petróleo golpea directamente a su economía, mientras su moneda se deprecia hasta mínimos históricos. No obstante, Teherán no muestra signos de rendición y refuerza sus alianzas internacionales, en particular con Rusia, en un intento de resistir la presión occidental.

El resultado es un pulso prolongado en el que ambas partes parecen convencidas de que el tiempo juega a su favor. Un equilibrio precario que mantiene en vilo no solo a la región, sino a toda la economía global, cada vez más expuesta a los efectos de un conflicto que, lejos de resolverse, se cronifica. @mundiario