La octava cumbre de la Comunidad Política Europea en Ereván ha trascendido el carácter simbólico de este foro para convertirse en una declaración política de gran magnitud. En la capital de Armenia, blindada por un amplio despliegue de seguridad, la presencia de decenas de más de 40 líderes europeos y el primer ministro canadiense no solo refleja coordinación diplomática, sino también una voluntad compartida por redefinir el equilibrio estratégico del continente en un momento de creciente incertidumbre global.
En ese contexto, el respaldo al Gobierno del primer ministro Nikol Pashinián resulta evidente. Armenia, históricamente vinculada a Rusia en materia energética, económica y de seguridad, explora ahora un acercamiento progresivo hacia la Unión Europea. La cumbre no formaliza ese giro, pero lo legitima políticamente y lo sitúa en el centro del debate europeo.
El impulso a este encuentro no es casual. Desde la invasión de Ucrania en 2022, promovida por Vladímir Putin, Europa ha intensificado sus esfuerzos por fortalecer alianzas en su vecindad oriental. La elección de Ereván como sede —impulsada en gran medida por el presidente francés Emmanuel Macron— responde a esa lógica de consolidar un espacio político alternativo que reduzca la influencia rusa sin necesidad de estructuras formales de integración en la UE, porque a la cumbre acuden todos los países europeos a excepción de Rusia y Bielorrusia.
La presencia de figuras clave como la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, el presidente del Consejo Europeo António Costa o el presidente de Ucrania Volodímir Zelenski refuerza esta lectura. Aunque la EPC no es una alianza militar, su agenda —seguridad energética, amenazas híbridas o apoyo a Ucrania— la aproxima conceptualmente a espacios como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), aunque sin la participación directa de EE UU.
Armenia entre dos mundos
Esta ausencia no es menor. La creciente imprevisibilidad de la política exterior estadounidense ha impulsado en Europa el debate sobre la “autonomía estratégica”, un concepto que, si bien aún en construcción, empieza a materializarse en foros como el de Ereván.
Sin embargo, el acercamiento de Armenia a Occidente no está exento de contradicciones. La dependencia estructural del país respecto a Rusia sigue siendo profunda: desde el suministro energético hasta su inserción en la Unión Económica Euroasiática. Este condicionante limita el margen de maniobra de Ereván y convierte cualquier giro geopolítico en un proceso gradual y potencialmente inestable.
A ello se suma el contexto regional. El conflicto con Azerbaiyán, especialmente tras la crisis de Nagorno Karabaj, de donde fueron deportados 125.000 armenios étnicos en medio de la guerra con Bakú, continúa marcando la agenda de seguridad armenia. En este escenario, el respaldo europeo ofrece visibilidad y apoyo político, pero no sustituye —al menos por ahora— las garantías de seguridad que tradicionalmente proporcionaba Moscú.
Canadá y el nuevo eje transatlántico
Uno de los elementos más significativos de la cumbre ha sido la participación del primer ministro Mark Carney, que simboliza un acercamiento creciente entre Canadá y la UE. Su presencia en Ereván, como primer líder no europeo en este foro, amplía la dimensión de la EPC y refuerza su carácter como plataforma geopolítica flexible.
Este movimiento no debe interpretarse únicamente como un gesto protocolario. En un contexto de tensiones comerciales y estratégicas con EE UU, Canadá busca diversificar sus alianzas y reforzar su vínculo con Europa. Para la UE, por su parte, esta aproximación contribuye a consolidar un espacio transatlántico menos dependiente de Washington y más alineado con sus propios intereses.
¿Hacia una Europa más autónoma?
La cumbre de Ereván deja una imagen clara, Europa intenta ganar peso político en su entorno inmediato, apoyando a socios como Armenia y tejiendo nuevas alianzas como la canadiense. Sin embargo, también evidencia las limitaciones de ese proyecto.
La UE puede ofrecer cooperación económica, respaldo institucional e incluso apoyo político frente a amenazas externas. Pero aún carece de instrumentos decisivos en materia de seguridad y defensa que permitan sustituir plenamente el papel de otros actores globales.
En este equilibrio entre ambición y realidad, Armenia se convierte en un caso paradigmático. Su acercamiento a Occidente representa una oportunidad estratégica tanto para Ereván como para Bruselas, pero también un desafío que pone a prueba la capacidad europea de actuar como actor geopolítico coherente.
La cumbre no resuelve esa incógnita, pero sí la hace más visible. Y, en el actual contexto internacional, eso ya es en sí mismo un avance significativo. @mundiario
