La lucha anticorrupción en China llega al Ejército con dos exministros condenados a muerte

China ha anunciado la condena a muerte, con suspensión de dos años, de dos exministros de Defensa: Li Shangfu y Wei Fenghe. En la práctica, no se trata de una ejecución inmediata, sino de una fórmula que suele traducirse en cadena perpetua sin posibilidad de reducción. El mensaje es claro: el poder quiere mostrar mano dura contra la corrupción dentro del Ejército Popular de Liberación, uno de los pilares estratégicos del país.

Li, que apenas ocupó el cargo unos meses en 2023, llevaba desaparecido de la escena pública desde agosto de ese mismo año. Wei, su predecesor, fue ministro entre 2018 y 2023 y tuvo responsabilidades directas sobre la fuerza de misiles, es decir, sobre parte del arsenal nuclear chino. No hablamos de funcionarios secundarios, sino de figuras situadas en el corazón del aparato militar.

La corrupción como síntoma de un sistema blindado

Pekín presenta estos casos como parte de su campaña anticorrupción, una bandera recurrente en el discurso oficial. Sin embargo, la corrupción en estructuras militares no surge solo por ambición personal, sino por un modelo donde el control civil real es mínimo y la supervisión independiente no existe. Cuando una institución opera como un mundo cerrado, con presupuestos gigantescos y decisiones secretas, la tentación de los privilegios se convierte casi en un mecanismo natural.

La información difundida por las autoridades ha sido escueta y cuidadosamente filtrada. Se habla de sobornos, de tráfico de influencias y de uso indebido del cargo, pero sin detalles verificables. Esa falta de claridad no es casual. En China, la justicia militar y la disciplina interna del Partido se mueven en un terreno donde la ciudadanía no pregunta y los medios no investigan.

En este contexto, la lucha contra la corrupción puede parecer un bisturí, pero también funciona como una espada. Puede limpiar abusos reales, sí, pero también puede eliminar rivales y reforzar lealtades.

Una purga que recuerda a tiempos de miedo

Analistas internacionales han señalado que esta oleada de destituciones y arrestos es la mayor sacudida del estamento militar desde los años setenta. La Comisión Militar Central, dirigida por Xi Jinping, ha visto caer o ser investigados a casi todos los generales de confianza nombrados en los últimos años. El caso del general Zhang Youxia, investigado por “graves violaciones”, ha añadido más tensión a un escenario ya cargado.

Aquí entra una pregunta clave: si el Ejército estaba tan podrido, ¿cómo ascendieron estas figuras durante décadas? Y si no lo estaba, ¿por qué ahora se desencadena esta tormenta?

Las respuestas posibles son varias. Puede tratarse de un reajuste para asegurar disciplina interna ante un futuro conflicto en Taiwán. También puede ser una reorganización generacional para colocar mandos más jóvenes y obedientes. Incluso se ha especulado con filtraciones de secretos militares. Pero la opacidad lo cubre todo, como una niebla densa que impide distinguir si estamos ante justicia o ante cálculo político.

Castigos ejemplares y ausencia de rendición de cuentas

Lo más inquietante no es que se castigue la corrupción, sino que se haga sin transparencia. Un Estado moderno no solo debe sancionar, también debe explicar. Cuando la única señal es una sentencia brutal y un comunicado frío, el poder parece más interesado en infundir temor que en restaurar confianza.

La pena de muerte suspendida es, además, un símbolo político: sirve para advertir al resto del aparato militar de que nadie está a salvo. El problema es que el miedo no construye instituciones sanas, solo produce obediencia temporal.

China quiere proyectar fortaleza, pero la fortaleza real no se mide por condenas espectaculares, sino por mecanismos públicos de control, auditorías independientes y reglas que valgan también para los altos cargos. Si la corrupción es una grieta, la falta de transparencia es el terremoto que puede terminar hundiendo todo el edificio. @mundiario