La guerra entre Israel y Hezbolá atraviesa una nueva etapa de escalada que ya no se limita únicamente a la frontera sur del Líbano. El bombardeo israelí sobre un suburbio residencial de Beirut y la ampliación de las órdenes de evacuación sobre vastas zonas del país reflejan un cambio de dinámica: la ofensiva ya no se concentra exclusivamente en posiciones militares o áreas fronterizas, sino que está redibujando el territorio habitable de grandes regiones libanesas y generando una nueva oleada de desplazamientos internos.
El ataque sobre Choueifat, un suburbio de Beirut poco asociado históricamente a la presencia estructural de Hezbolá, marcó un punto de inflexión simbólico. La capital libanesa había permanecido relativamente protegida bajo los parámetros del alto el fuego impulsado por Estados Unidos el 17 de abril. Ese equilibrio parece deteriorarse. El Ministerio de Sanidad libanés informó de la muerte de una mujer y dos niños, mientras medios israelíes apuntaban que la operación buscaba eliminar a un comandante de Hezbolá, aunque sin éxito.
La expansión geográfica de los ataques ocurre además en vísperas de nuevas conversaciones de seguridad entre representantes israelíes y libaneses previstas en Washington. Esa simultaneidad entre negociación y escalada se ha convertido en una constante regional: las operaciones militares avanzan mientras la diplomacia intenta evitar el colapso total de los mecanismos de contención.
Más allá de Beirut, el verdadero impacto estratégico se está produciendo en el sur del país. Israel ha multiplicado los bombardeos sobre decenas de municipios, especialmente en torno a Tiro, Nabatieh y Sidón, mientras amplía progresivamente las áreas consideradas zonas de combate. La declaración israelí que convierte todo el territorio situado al sur del río Zahrani en área militarizada afecta aproximadamente al 14% del territorio libanés.
Las consecuencias demográficas son profundas. Más de un millón de personas ya habían sido desplazadas desde el inicio de la guerra y muchas familias que habían regresado parcialmente tras la tregua vuelven ahora a abandonar sus hogares. El patrón que emerge es el de desplazamientos repetidos: familias que regresan, vuelven a marcharse y mantienen redes improvisadas de refugio entre varias ciudades.
El lenguaje utilizado por las autoridades israelíes ilustra la lógica operativa actual. “Cualquier movimiento al sur del río Zahrani puede poner vuestra vida en peligro”, advirtió el portavoz militar Avichay Adraee al reiterar las órdenes de evacuación. Oficialmente, Israel sostiene que las advertencias buscan minimizar víctimas civiles y permitir la salida previa a los ataques. Sin embargo, el alcance territorial de estas órdenes y su repetición sistemática alimentan entre muchos residentes el temor de que el retorno sea cada vez menos probable.
La estrategia israelí responde a objetivos militares concretos. El avance hacia zonas próximas a Nabatieh y más allá del río Litani busca ampliar las distancias operativas respecto a los misiles antitanque, drones y sistemas de ataque utilizados por Hezbolá contra poblaciones del norte israelí. Desde la perspectiva israelí, la creación de espacios tampón se presenta como una necesidad de seguridad fronteriza. Desde la perspectiva libanesa, supone una expansión territorial de facto acompañada de vaciamiento poblacional.
En paralelo, Hezbolá continúa reivindicando ataques con drones, cohetes y operaciones contra posiciones israelíes. La organización sostiene que mantiene el derecho a responder mientras persistan las operaciones militares israelíes y las ocupaciones territoriales. Esa lógica de acción-reacción mantiene activo un conflicto que oficialmente se encuentra bajo un régimen de alto el fuego.
El problema para Beirut es que esta dinámica golpea directamente al Estado libanés en uno de sus momentos más delicados. El actual Gobierno había apostado por reforzar instituciones estatales y avanzar hacia fórmulas de integración del sur bajo autoridad nacional. Pero las nuevas oleadas de desplazados, el deterioro económico y la presión humanitaria reducen su margen político y administrativo.
La dimensión regional amplifica todavía más la crisis. Irán ha vinculado parte de sus conversaciones indirectas con Washington a la situación libanesa, mientras Estados Unidos intenta mantener abiertas las vías diplomáticas sin frenar completamente las operaciones israelíes. El resultado es una guerra parcialmente descentralizada: cada frente regional influye sobre los demás y convierte cualquier tregua local en extremadamente frágil.
En ciudades como Tiro, Sidón o Nabatieh el efecto acumulativo empieza a ser visible. Municipios enteros se vacían progresivamente, las infraestructuras civiles sufren daños constantes y las redes familiares vuelven a desplazarse hacia el norte o hacia áreas costeras más densamente pobladas. @mundiario
