Durante casi una década, Gianni Infantino pareció intocable. Amplió el Mundial a 48 selecciones, multiplicó los ingresos de la FIFA, estrechó lazos con grandes potencias como Estados Unidos, Qatar y Arabia Saudí y consolidó una estructura de poder que apenas encontraba oposición dentro del organismo. Sin embargo, el Mundial de 2026 ha dejado una sensación muy distinta: por primera vez, el presidente de la FIFA ha acabado un gran torneo teniendo que dar más explicaciones que celebraciones.
El caso que marcó un antes y un después fue el de Folarin Balogun. El delantero estadounidense vio cómo la sanción automática derivada de su expulsión quedaba suspendida después de que Donald Trump reconociera públicamente haber hablado con Infantino para revisar el caso. La decisión, inédita en un Mundial, provocó una oleada de críticas y abrió un debate sobre la independencia de los órganos disciplinarios de la FIFA.
La polémica fue mucho más allá del resultado deportivo. Bélgica cuestionó la legalidad de la decisión, la UEFA denunció que se había cruzado una línea roja en la aplicación del reglamento y varias voces del fútbol europeo advirtieron del peligro que supone que la política pueda influir en decisiones disciplinarias durante una Copa del Mundo. La sensación de agravio fue inmediata porque otros futbolistas expulsados durante el torneo sí cumplieron íntegramente sus sanciones.
Las consecuencias tampoco terminaron con la eliminación de Estados Unidos. La Federación Noruega estudia presentar una denuncia formal ante el Comité de Ética de la FIFA por la gestión del caso Balogun y por considerar que la proximidad entre Infantino y Trump ha puesto en cuestión la neutralidad política que debería regir el máximo organismo del fútbol mundial.
No ha sido la única controversia que ha acompañado a Infantino. Durante el torneo también recibió críticas por su constante cercanía con Donald Trump, hasta el punto de que organizaciones como FairSquare llevaron su comportamiento ante el Comité Olímpico Internacional, aunque este finalmente rechazó intervenir al entender que se trata de una cuestión interna de la FIFA.
Todo ello resulta especialmente llamativo porque este Mundial debía representar el gran éxito del modelo impulsado por Infantino. La ampliación a 48 selecciones, el espectacular crecimiento económico del torneo y la apuesta por un Mundial gigantesco eran la demostración de que su proyecto funcionaba. Sin embargo, el balance institucional ha quedado eclipsado por las dudas sobre la gobernanza, la transparencia y la independencia de la organización.
Eso no significa que Gianni Infantino vaya a abandonar la presidencia de forma inmediata. De hecho, mantiene un amplio respaldo entre numerosas federaciones nacionales y, a corto plazo, continúa siendo el gran favorito para seguir al frente de la FIFA. Lo que sí parece haber cambiado es el clima que rodea a su figura: ya no existe la sensación de liderazgo incontestable que le acompañó durante los últimos años.
Quizá sea pronto para hablar del final de la era Infantino. Nadie puede asegurar que vaya a perder el poder ni cuándo podría producirse un relevo. Pero sí parece evidente que este Mundial ha abierto una grieta que antes no existía. El torneo que debía consolidar definitivamente su legado ha terminado convirtiéndose en el escenario donde, por primera vez, una parte del fútbol mundial ha empezado a preguntarse si ha llegado el momento de buscar un nuevo rumbo para la FIFA. @mundiario
