El canciller Friedrich Merz ha reclamado a su Ejecutivo que presente en los próximos meses un plan destinado a impulsar una industria propia de IA. Su diagnóstico es contundente: la tecnología será imprescindible para el funcionamiento de las empresas, los servicios y las administraciones, por lo que depender de terceros países puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica.
La preocupación alemana no se limita a la competencia económica. La capacidad para desarrollar modelos de inteligencia artificial, gestionar datos y controlar infraestructuras digitales empieza a estar directamente relacionada con la seguridad nacional.
El vicecanciller y líder socialdemócrata Lars Klingbeil ha ido incluso más lejos al advertir de que Alemania no puede permitir que su futuro sea decidido desde Pekín o Washington. Su mensaje introduce una cuestión especialmente delicada para Berlín: cómo reforzar su autonomía tecnológica sin romper los vínculos con Estados Unidos.
Merz ha evitado presentar a Washington como una amenaza y ha puesto el foco principalmente en China. Sin embargo, su llamamiento a construir una industria de IA con países que compartan valores democráticos, entre ellos los socios europeos y Canadá, refleja una voluntad de diversificar dependencias.
La estrategia tiene además una dimensión europea. Alemania difícilmente podrá competir por sí sola con Estados Unidos o China en una carrera que exige enormes inversiones, talento especializado y acceso a grandes cantidades de datos. Para Berlín, reforzar la capacidad tecnológica europea puede ser también una forma de recuperar margen de maniobra internacional.
El Gobierno intenta aprovechar el repunte económico
La ofensiva tecnológica llega mientras Alemania intenta dejar atrás varios años de debilidad económica. El PIB creció un 0,3 % en el segundo trimestre respecto al anterior, una décima más de lo previsto, y Merz sostiene que la confianza empresarial está mejorando.
El canciller espera que la economía avance por encima del 1 % en 2027, algo que no ocurre desde 2022. Pero convertir esa recuperación en un cambio estructural será mucho más complicado que celebrar un buen dato trimestral.
La industria alemana arrastra problemas de competitividad, costes energéticos y transformación tecnológica. Precisamente por eso, la inteligencia artificial puede ser vista por Berlín como una oportunidad para modernizar sectores industriales y aumentar la productividad.
El problema es que las grandes inversiones tecnológicas necesitan tiempo y estabilidad política, dos elementos que la coalición de Gobierno no tiene completamente garantizados.
Reformas difíciles y una confianza política debilitada
El Ejecutivo de Merz también afronta decisiones impopulares. Entre ellas figura la reforma de las pensiones pactada por CDU, CSU y SPD, que contempla eliminar la jubilación anticipada a los 63 años para quienes hayan cotizado durante 45 años.
La medida genera rechazo incluso dentro de los partidos de la coalición. Al mismo tiempo, los socialdemócratas impulsan un impuesto sobre las bebidas azucaradas, respaldado públicamente por Merz pese a las críticas de parte de la industria y de la CDU.
Todo ello explica la dificultad de la apuesta alemana: Berlín necesita invertir en innovación mientras contiene el gasto público y afronta una sociedad cada vez más exigente con sus dirigentes.
La desconfianza ciudadana añade presión. Un estudio de YouGov citado en el contexto de las jornadas de Gobierno celebradas en Neuhardenberg señala que solo el 23 % de los alemanes cree que Merz llegará al final de la legislatura en 2029.
La gran incógnita, por tanto, no es únicamente si Alemania conseguirá desarrollar una inteligencia artificial competitiva. También está en juego si su Gobierno será capaz de mantener el rumbo suficiente tiempo para convertir esa ambición tecnológica en una verdadera política industrial. Si Berlín quiere recuperar peso económico y estratégico, la IA puede ser una pieza clave, pero difícilmente será la solución por sí sola. @mundiario


