Trump y la guerra de Irán: seis meses de ataques y una salida cada vez más difícil

Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva contra Irán el 28 de febrero, la apuesta parecía clara: golpear sus capacidades militares y nucleares, debilitar al régimen y aprovechar su fragilidad económica para forzar un cambio político. La expectativa era que una combinación de ataques y presión financiera provocara un desenlace rápido. Seis meses después, ninguno de esos objetivos se ha materializado por completo.

La muerte de Ali Jamenei y de numerosos altos cargos iraníes no provocó el derrumbe del sistema. Su sucesor, Mojtaba Jamenei, asumió el liderazgo y el aparato estatal consiguió mantener su capacidad de respuesta. La economía, pese al enorme daño sufrido, tampoco se desplomó como se esperaba.

El conflicto ha demostrado además que destruir infraestructuras militares no equivale necesariamente a eliminar la capacidad de un Estado para continuar combatiendo. Irán ha recurrido a drones, misiles, redes de aliados y tácticas asimétricas para elevar el coste de la ofensiva y prolongar la contienda. El resultado es una guerra de desgaste que Washington y Tel Aviv no habían planteado inicialmente en esos términos.

Ormuz convierte el conflicto en un problema mundial

El giro más importante se encuentra lejos de los principales campos de batalla. El estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del planeta, se ha convertido en una pieza central de la guerra.

Por sus aguas transitaba antes del conflicto alrededor del 20% del petróleo mundial. Tras el cierre impuesto por Teherán, el tráfico marítimo cayó de forma drástica y miles de marineros y centenares de barcos quedaron atrapados en el golfo Pérsico.

La consecuencia trasciende a Oriente Medio. Menos barcos, mayores costes de transporte, seguros más caros y dificultades para mover hidrocarburos han añadido presión sobre los precios de la energía. Y el impacto puede extenderse a los fertilizantes y, por tanto, a los alimentos.

La paradoja es evidente: una intervención presentada como una operación destinada a reforzar la seguridad regional ha terminado introduciendo una nueva fuente de inestabilidad para la economía internacional.

Trump y Netanyahu necesitan ahora una salida

El desgaste también ha llegado a la política. Donald Trump afronta una caída de apoyo a la intervención mientras una parte del electorado estadounidense empieza a asumir que la guerra no será corta. El aumento del precio de la gasolina y el temor a una contienda prolongada complican todavía más el escenario de cara a las elecciones de mitad de mandato.

Benjamin Netanyahu tampoco puede presentar una victoria definitiva. Israel ha golpeado duramente las capacidades iraníes, pero la amenaza regional no ha desaparecido y varios grupos aliados de Teherán continúan activos.

El problema más delicado sigue siendo el programa nuclear iraní. Los ataques pueden haber retrasado determinadas capacidades, pero también han reforzado dentro de Irán la idea de que disponer de una disuasión mayor resulta imprescindible para garantizar la supervivencia del régimen.

Mientras tanto, la diplomacia permanece bloqueada. El intento de alcanzar un acuerdo durante el verano no logró consolidarse y Washington ha vuelto a endurecer la presión económica.

Seis meses después, la cuestión ya no es únicamente cómo derrotar a Irán, sino cómo terminar una guerra que ha multiplicado los problemas que pretendía solucionar. Ormuz continúa siendo un foco de tensión, los mercados siguen expuestos y ninguna de las partes dispone de una salida sencilla que pueda presentar como una victoria. @mundiario