El conflicto armado entre Estados Unidos e Irán regresa a las hostilidades directas tras la ruptura de la tregua informal que había mantenido relativa calma durante el último mes. El Comando Central de EE UU (CENTCOM) confirmó que este martes 1 de septiembre ejecutó una masiva oleada de ataques aéreos contra más de 80 objetivos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en territorio iraní, destruyendo sistemas de defensa aérea, radares y lanchas rápidas.
Esta acción militar ocurre apenas 48 horas después del bombardeo estadounidense del pasado domingo contra lanzaderas de cohetes en la isla de Larak, una operación quirúrgica destinada a frustrar el despliegue de minas marítimas iraníes en el estrecho de Ormuz. El recrudecimiento de este intercambio de represalias —reactivado tras el lanzamiento de misiles por parte de Teherán que activaron las alertas en bases aliadas y países vecinos como Jordania— ha congelado los esfuerzos de mediación internacional liderados por Qatar y Pakistán. Asimismo, la tensión en esta ruta marítima clave ha empujado el precio del petróleo al alza, consolidando el barril de Brent en el entorno de los 80 dólares, un incremento progresivo frente a los meses anteriores.
El CENTCOM confirmó que las operaciones comenzaron alrededor del mediodía, hora de la costa este estadounidense, y justificó la ofensiva por los recientes intentos atribuidos a la Guardia Revolucionaria de atacar buques comerciales en Ormuz y a militares estadounidenses desplegados en la región.
La segunda oleada llega después del ataque estadounidense del domingo contra lanzacohetes iraníes situados en la isla de Larak, en el estrecho de Ormuz. Según Washington, aquellas instalaciones estaban preparándose para desplegar minas marítimas. Irán respondió posteriormente con misiles contra dos bases en Jordania que albergan fuerzas estadounidenses. Jordania afirmó haber interceptado ocho misiles.
El episodio permite entender la lógica de la nueva escalada: Estados Unidos pretende impedir que Irán utilice Ormuz como instrumento militar y económico, mientras Teherán intenta mantener capacidad para dificultar el tráfico marítimo y demostrar que todavía dispone de herramientas para responder a la presión estadounidense.
De la guerra abierta al bloqueo económico
Para comprender la situación actual hay que retroceder al 28 de febrero, cuando comenzaron los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán. Desde entonces, el conflicto ha atravesado distintas fases. La primera estuvo marcada por una intensa campaña aérea y de misiles; posteriormente, Washington redujo progresivamente la intensidad de sus ataques directos y trasladó buena parte de la presión al terreno económico y marítimo.
El estrecho de Ormuz se convirtió en el principal escenario de esa segunda fase. Antes de la guerra, por esta vía marítima transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. La confrontación ha reducido drásticamente el tráfico y ha convertido la seguridad de los buques en una cuestión central para los mercados energéticos.
La situación, sin embargo, dista de estar normalizada. Este lunes, dos grandes petroleros que transportaban crudo saudí fueron alcanzados por proyectiles de origen desconocido mientras abandonaban el estrecho. Los incidentes ocurrieron con pocos minutos de diferencia cerca de Khasab, en Omán. No hubo víctimas entre las tripulaciones, pero el episodio evidencia hasta qué punto la navegación continúa expuesta.
El momento resulta especialmente delicado porque Washington había intentado reabrir parcialmente el tráfico marítimo y demostrar que puede garantizar la navegación por el estrecho bajo protección militar. Los ataques contra petroleros vuelven a poner en cuestión esa estrategia.
El domingo, las fuerzas estadounidenses atacaron dos lanzacohetes iraníes en Larak. CENTCOM presentó la operación como una acción limitada y precisa destinada a impedir la colocación de minas. Según las autoridades iraníes citadas entonces por medios estatales, hubo dos muertos y varios heridos.
La Guardia Revolucionaria respondió lanzando misiles contra instalaciones militares estadounidenses en Jordania. Amán aseguró que sus defensas interceptaron ocho proyectiles y no informó inicialmente de víctimas. Emiratos Árabes Unidos también informó de la interceptación de un dron iraní cerca de sus aguas territoriales.
Ese intercambio rompió una pausa que había permitido cierta desescalada. El propio Trump había advertido que Estados Unidos respondería, aunque inicialmente sostuvo que los nuevos enfrentamientos no significaban necesariamente el regreso a una guerra a gran escala.
Trump eleva el tono mientras Irán mantiene su capacidad de respuesta
Donald Trump ha acompañado los ataques con una retórica particularmente contundente. El presidente estadounidense ha advertido que cualquier nueva represalia iraní provocará ataques de mayor intensidad y ha llegado a afirmar que existe una ofensiva todavía mayor preparada.
La amenaza cumple una doble función. Por un lado, pretende disuadir a Teherán de continuar atacando posiciones estadounidenses o dificultando el tráfico por Ormuz. Por otro, intenta proyectar ante aliados y adversarios la imagen de que Washington conserva la iniciativa militar.
Pero la realidad es más compleja. El conflicto lleva ya seis meses y Estados Unidos mantiene una importante presencia militar en Oriente Próximo. El propio ritmo de las operaciones empieza a generar preocupaciones sobre el desgaste de las fuerzas estadounidenses y sobre su capacidad para mantener simultáneamente otros compromisos estratégicos.
La dimisión del secretario del Ejército, Dan Driscoll, anunciada este mismo martes en medio de tensiones internas en el Pentágono, añade un elemento de contexto relevante, aunque no existe evidencia de que su salida esté directamente vinculada a los ataques actuales.
El problema fundamental es que la vía diplomática tampoco ha conseguido consolidarse. El acuerdo provisional alcanzado en junio había permitido detener los combates y abrir un periodo de 60 días para negociar cuestiones como el programa nuclear iraní y el futuro de la navegación por Ormuz.
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha señalado que Teherán estaría dispuesto a responder positivamente si Washington recuperase sus compromisos anteriores. Al mismo tiempo, dirigentes iraníes han dejado claro que no aceptarán lo que consideran exigencias unilaterales estadounidenses.
La administración Trump, por su parte, ha endurecido simultáneamente las sanciones. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha anunciado nuevas medidas destinadas a presionar a bancos, empresas y países que mantienen relaciones económicas con Irán. Washington pretende utilizar las denominadas sanciones secundarias para dificultar aún más la capacidad del régimen iraní para financiarse. @mundiario
