El calendario devuelve al Atlético de Madrid a ese territorio comanche llamado Anoeta, un coliseo que trae ecos de resistencia heroica para un Jan Oblak que ya sabe lo que es enfundarse el traje de superhéroe contra el equipo de San Sebastián, al que ha enfrentado en un total de 23 encuentros incluyendo la final de la Copa del Rey de la pasada temporada.
Sin ir más lejos, en el último precedente sobre el verde donostiarra, el gigante esloveno sostuvo los cimientos de su equipo con una exhibición colosal de reflejos, firmando hasta siete paradas antológicas y un registro de 0,88 goles evitados que valió un sufrido empate 1-1 para los intereses de los hombres de Diego Pablo Simeone.
251 después de aquella gesta, el paisaje competitivo dibuja un escenario idéntico, casi premonitorio, impulsado por las alarmas que parpadean en la retaguardia madrileña. El conjunto colchonero ha aterrizado en este tramo inicial del curso acumulando la friolera de ocho tantos en contra en sus primeros cinco compromisos oficiales, una estadística insólita que dinamita la histórica solidez defensiva que siempre ha blindado el librero del técnico argentino.
Ese alarmante promedio de 1,6 goles encajados por partido encarna uno de los arranques más vulnerables de toda la era Cholo, evidenciando un doloroso contraste con el pasado. Desde aquella inolvidable campaña 2020-21 en la que Oblak conquistó el trofeo Zamora y levantó el título liguero encajando únicamente 25 goles en todo el campeonato, el balcánico jamás se había visto expuesto a semejante tormenta defensiva en el amanecer de una temporada.
La raíz de esta fragilidad responde a un proceso de reconstrucción tan profundo como convulso en la zaga, donde la irrupción de fichajes estelares como el Cuti Romero y las permutas constantes en los flancos laterales han impedido ensamblar los automatismos de antaño. El equipo concede hoy mucho más que en su época dorada, transformando al arquero en el epicentro de un fuego cruzado donde el bloque sufre, pero el muro resiste.
Simeone se encomienda a San Oblak para romper una mala racha
Buenas porciones de las opciones rojiblancas para asaltar el feudo donostiarra dependen de que Jan Oblak tenga el día inspirado, porque encomendarse a los reflejos del esloveno ya se ha convertido en una bendita costumbre para un equipo que camina sobre el alambre. A contracorriente de las dudas colectivas que tambalean la retaguardia, el rendimiento del cancerbero sigue exhalando un aroma a divinidad absoluta bajo palos, tal y como atestiguó su reciente recital ante el Liverpool o su interminable catálogo de paradas milagrosas en este agónico amanecer de curso.
Amparándose sin complejos en la figura tutelar de San Oblak, los pupilos del Cholo buscarán de una vez por todas exorcizar los fantasmas y romper una maldición histórica que les niega la victoria en territorio realista desde aquel lejano 22 de mayo de 2022. Anoeta se presenta, por tanto, como el escenario idóneo para ajustar cuentas con el pasado y comprobar si el guardameta vuelve a enfundarse el traje de salvavidas en el momento más inoportuno para sus sufridos rivales.
Es indudable que el Atlético transita por la cuerda floja con una retaguardia en plena metamorfosis táctica y de nombres, pero el conjunto madrileño mantiene intacto el privilegio colosal de blindar su arco con la red de seguridad más fiable de toda la última década. El bloque se desangra concediendo más de la cuenta, pero allí sigue el muro balcánico para apagar los incendios con una jerarquía que desafía al paso del tiempo y a cualquier revolución de despachos.
Para adornar semejante efeméride con épica futbolera, el destino ha querido que este mismo sábado el gigante de Skofja Loka alcance una cifra redonda que marea: 544 partidos oficiales defendiendo la elástica colchonera entre todas las competiciones. Un registro estratosférico que le consolida de forma indiscutible como el segundo futbolista con más encuentros disputados en toda la centenaria historia del club madrileño, únicamente superado por el intocable Koke.
Porque los monumentos no se esculpen con piedra, sino con la argamasa invisible del sufrimiento diario y las manos benditas de quienes deciden sostener imperios enteros cuando el suelo se desploma. Que tiemble Anoeta y que respire tranquila la parroquia colchonera, porque mientras Oblak siga volando de poste a poste para desafiar la lógica, el Atlético siempre tendrá una coartada perfecta para seguir soñando con la eternidad. @mundiario
