Europa afronta una nueva jornada en la que varios incidentes aparentemente distintos convergen sobre el mismo escenario geográfico: el espacio que separa la guerra de Ucrania de las fronteras de la OTAN. Un dron que entró en territorio lituano, un encuentro peligroso entre un buque ruso y un helicóptero militar danés y una interrupción deliberada de la red ferroviaria neerlandesa han elevado la preocupación por una campaña híbrida cuya intensidad preocupa cada vez más a los gobiernos europeos. La Unión Europea considera desde hace años que Rusia emplea una combinación de sabotaje, ciberataques, interferencias, desinformación y otras acciones encubiertas para erosionar la seguridad y la resiliencia europea.
El episodio más delicado se produjo en Lituania. Un caza italiano integrado en la misión de Defensa Aérea del Báltico de la OTAN derribó durante la madrugada un dron que había penetrado en el espacio aéreo lituano cerca de Pratkunai, en las proximidades de Kaunas. El aparato había entrado probablemente desde Bielorrusia y permaneció alrededor de treinta minutos dentro del territorio lituano antes de ser interceptado.
La gravedad de la incursión aumentó después de que el ministro de Defensa de Lituania, Robertas Kaunas, confirmara que los especialistas militares localizaron un artefacto explosivo entre los restos recuperados. El equipo de artificieros de las Fuerzas Armadas lituanas tuvo que neutralizar la carga en el lugar del impacto. Aunque el ministro de Defensa de Italia, Guido Crosetto, matizó que el dron procedía «muy probablemente» de Rusia, la investigación técnica liderada por el Centro Nacional de Gestión de Crisis de Lituania continúa abierta. Esta distinción jurídica es muy relevante porque, por el momento, la Alianza no ha emitido una atribución pública definitiva ni ha aclarado si el aparato es un modelo ruso —como el dron de ataque Gerbera— o una plataforma desvíada.
Lo que sí resulta inequívoco es la naturaleza de la respuesta militar. Un caza Eurofighter Typhoon de la Fuerza Aérea de Italia —desplegado en la Base Aérea de Šiauliai para la misión de Policía Aérea de la OTAN en el Báltico— interceptó y destruyó la aeronave de madrugada cerca de la localidad de Pratkūnai. El incidente obligó a activar las alarmas en la población, suspender los vuelos en el Aeropuerto de Vilna y movilizar las defensas de la Alianza ante una amenaza aérea que violó de forma directa el espacio soberano de un Estado miembro.
La preocupación se había manifestado apenas un día antes, cuando una alerta sobre un supuesto dron obligó a cerrar temporalmente el aeropuerto de Vilna. Finalmente se descubrió que se trataba de una bandada de pájaros y el aeropuerto reabrió 38 minutos después. El episodio demuestra, además, el problema operativo que afrontan los países bálticos: los radares deben distinguir rápidamente entre una amenaza real y objetos cuya firma puede resultar similar.
Dinamarca y Países Bajos: bengalas y sabotajes
En el mar Báltico, Dinamarca denunció otro episodio de acoso militar. Según el Mando de Defensa danés, una fragata de la Armada rusa disparó la tarde del 14 de septiembre de 2026 dos bengalas de emergencia contra un helicóptero AS550 Fennec de la Fuerza Aérea danesa. La aeronave realizaba una misión rutinaria de vigilancia y cobertura fotográfica en aguas internacionales frente a la localidad de Gedser, el punto más meridional del país. Una de las bengalas pirotécnicas pasó a escasa distancia de la cabina y, según confirmó el ministro de Defensa danés, Jeppe Bruus, el buque hostil no emitió ninguna advertencia ni estableció comunicación radiofónica previa.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó la maniobra de «temeraria», mientras que el ministro de Asuntos Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, convocó de urgencia al embajador de Rusia en Copenhague tras tachar el acto de «totalmente inaceptable». Por su parte, el embajador ruso, Vladimir Barbin, rechazó las acusaciones asegurando a la agencia AFP que el helicóptero danés realizó «maniobras peligrosas e imprudentes» a baja altura sobre la fragata en alta mar. Pese a las versiones contrapuestas, Copenhague insiste en que el suceso forma parte de una estrategia híbrida de Moscú para desafiar progresivamente los límites de seguridad de la OTAN en la región báltica.
La importancia del incidente no reside únicamente en la proximidad física de las bengalas. Los estrechos daneses constituyen una de las principales puertas marítimas de entrada y salida del Báltico y concentran tráfico comercial y militar. Cualquier comportamiento que incremente el riesgo de una colisión o de una interpretación errónea adquiere, por ello, una dimensión estratégica.
El tercer episodio se produjo mucho más al oeste. En Países Bajos, el gestor de la infraestructura ferroviaria, ProRail, detectó desde las 5:30 horas de la mañana fallos simultáneos generalizados en más de 20 puntos de la red que conecta el centro y el norte del país. La inspección de emergencia localizó tuberías de metal fijadas intencionadamente a los raíles, principalmente en zonas rurales.
Ante la magnitud y coordinación del ataque, la portavoz de ProRail, Joke van der Cruysen, confirmó formalmente que «se trata de un claro acto de sabotaje contra la infraestructura», un incidente crítico que ya está siendo investigado de forma conjunta por la Policía Nacional, la fiscalía y la Agencia de Inteligencia de Países Bajos (AIVD).
El mecanismo utilizado por los saboteadores resulta especialmente significativo porque no requería destruir físicamente la infraestructura. Los tubos colocados cerraban el circuito eléctrico de la vía, provocando que los sistemas informáticos y de señalización automatizados interpretaran falsamente que esos tramos estaban ocupados por otros convoyes. Por estrictas razones de seguridad, esto forzó el cambio automático a luces rojas y paralizó por completo la circulación. El resultado fue el caos absoluto en plena hora punta matutina en nudos estratégicos como Zwolle, Deventer y Amersfoort, afectando incluso a las líneas internacionales con destino a Alemania y provocando que decenas de pasos a nivel se bloquearan con las barreras bajadas, colapsando también el tráfico por carretera.
Sin embargo, aquí la prudencia es todavía más necesaria. Las autoridades neerlandesas no han identificado al responsable ni han establecido públicamente una conexión con Rusia. Hablar de sabotaje está respaldado por los indicios encontrados; atribuirlo al Kremlin, en cambio, sería prematuro.
La dificultad de responder a una guerra que no siempre parece una guerra
La Unión Europea define las amenazas híbridas como acciones dañinas que pueden combinar sabotaje, ciberataques, manipulación informativa, presión económica, maniobras encubiertas o amenazas militares. En marzo, el Consejo de la UE volvió a denunciar específicamente las campañas híbridas atribuidas a Rusia y subrayó la necesidad de reforzar la capacidad europea para prevenirlas y responder a ellas.
La particularidad de estos episodios es que cada uno, aislado, puede admitir una explicación alternativa. Un dron puede desviarse, una aeronave puede ser interpretada como una amenaza, una infraestructura puede sufrir una avería o un acto de sabotaje puede carecer de una autoría conocida. El problema aparece cuando los incidentes se acumulan en el mismo espacio estratégico y afectan simultáneamente a las dimensiones aérea, marítima, ferroviaria, energética, digital o informativa.
Eso explica la preocupación europea por la llamada guerra híbrida rusa. No se trata necesariamente de preparar una invasión convencional, sino de elevar el coste de la seguridad, obligar a los adversarios a mantener recursos permanentemente desplegados y explotar los límites entre un accidente, una provocación y una agresión.
El propio Consejo de la UE sostiene que estas actividades rusas se han intensificado desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 e incluyen sabotajes, interrupciones de infraestructuras críticas, ciberataques y operaciones de manipulación informativa. En julio de 2026, Bruselas volvió a denunciar actividades cibernéticas rusas contra infraestructuras y servicios europeos.
La jornada del Báltico muestra hasta qué punto el margen de error se ha reducido. La cuestión central, por tanto, no es afirmar que cada incidente forme parte automáticamente de una única operación rusa coordinada. La evidencia disponible no permite sostenerlo en todos los casos. El desafío para Europa es precisamente otro: disponer de mecanismos capaces de detectar cuándo varios episodios independientes forman un patrón y cuándo se trata de acontecimientos sin relación entre sí. @mundiario
