La afirmación del primer ministro británico, el laborista Andy Burnham —quien asumió el cargo en julio de 2026 tras suceder a Keir Starmer—, de que Rusia interfirió en el referéndum del Brexit supone un giro radical e histórico en la posición pública del Gobierno británico respecto a la votación de 2016. En una entrevista emitida este domingo 11 de octubre en el pódcast The Rest Is Politics, conducido por Alastair Campbell y Rory Stewart, Burnham reveló que, nada más instalarse en Downing Street este verano, interrogó a las autoridades de inteligencia sobre la implicación de Moscú. «He tenido una respuesta clara: sí, la hubo», sentenció.
Con estas palabras, se convierte en el primer jefe de Gobierno del Reino Unido en confirmar de forma abierta la injerencia del Kremlin, contradiciendo la postura mantenida en 2020 por el exprimer ministro Boris Johnson, quien entonces negó la existencia de pruebas. Aunque Burnham no detalló las evidencias específicas ni el mecanismo exacto de la operación de desinformación, justificó su declaración como una advertencia urgente para los votantes de Francia y Alemania frente al avance de la extrema derecha financiada por Moscú (RN y AfD), una denuncia que coincide con el plan de su Ejecutivo de reabrir el debate político para buscar un acercamiento o potencial reingreso británico a la Unión Europea.
La precisión es importante: Burnham no ha presentado públicamente una investigación nueva que demuestre que Rusia determinó el resultado del referéndum. Lo que ha hecho es revelar que recibió una evaluación oficial que confirma la existencia de injerencia. La diferencia entre intentar influir en una consulta democrática y conseguir alterar su resultado constituye el núcleo de una controversia que el Reino Unido lleva una década sin cerrar de manera satisfactoria.
En junio de 2016, el 52% de los votantes británicos optó por abandonar la Unión Europea, frente al 48% que defendió la permanencia. La decisión desencadenó años de disputas políticas, negociaciones y tensiones territoriales, además de modificar la relación económica y estratégica del país con sus socios europeos. La declaración de Burnham no invalida ese resultado ni demuestra que una intervención extranjera fuera decisiva, pero obliga a examinar con mayor rigor qué intentos de influencia se produjeron, qué alcance tuvieron y por qué las autoridades no ofrecieron entonces una explicación completa.
La acusación de Burnham no aparece en un vacío informativo. En julio de 2020, el Comité de Inteligencia y Seguridad del Parlamento británico publicó un informe sobre las actividades de Rusia que criticó la falta de una evaluación gubernamental exhaustiva sobre la posible intervención del Kremlin en el referéndum europeo. El comité señaló que las autoridades no habían investigado adecuadamente el alcance potencial de las operaciones rusas, pese a las preocupaciones sobre la actividad de medios estatales, cuentas en redes sociales y campañas de influencia.
El documento también abordó el referéndum de independencia de Escocia de 2014 y recogió indicios procedentes de fuentes abiertas sobre posibles intentos rusos de influir en el debate político británico. Su crítica principal no consistía en certificar que Moscú hubiera cambiado el resultado de una votación, sino en señalar que el Gobierno no había establecido con suficiente claridad qué había sucedido y hasta dónde había llegado la amenaza.
La posición oficial de los anteriores gobiernos conservadores fue más restrictiva. En respuestas parlamentarias de 2020 y 2021, el Ejecutivo sostuvo que no había encontrado pruebas de una injerencia rusa exitosa en el referéndum europeo. Esa formulación no equivalía necesariamente a afirmar que Rusia no hubiera realizado ninguna operación: distinguía entre la existencia de intentos y la demostración de que hubieran conseguido cambiar el resultado.
Burnham ha desplazado ahora el debate al asegurar que recibió una confirmación afirmativa sobre la interferencia. No obstante, al no publicar la evaluación en la que se basa, permanece abierta una cuestión esencial: si esa confirmación se refiere a operaciones de propaganda y desinformación, a una campaña coordinada en redes sociales, a actividades clandestinas más amplias o a una combinación de métodos.
La cautela resulta necesaria también por otra razón. La presencia de cuentas falsas, contenidos engañosos o mensajes favorables a una determinada opción política no demuestra por sí sola que una potencia extranjera haya decidido el comportamiento de los votantes. Para establecer ese vínculo harían falta pruebas sobre la atribución de las operaciones, su alcance, sus objetivos y sus efectos. La investigación parlamentaria de 2020 dejó precisamente al descubierto la insuficiencia de la evaluación oficial disponible entonces.
Por qué Burnham pide a Europa que esté alerta ante Moscú
El mensaje del primer ministro británico va más allá de revisar lo ocurrido en 2016. Burnham sostiene que los ciudadanos europeos deben conocer mejor las operaciones con las que actores extranjeros intentan distorsionar sus debates políticos. En su opinión, reconocer públicamente esos intentos puede ayudar a los votantes de Alemania y Francia a identificar campañas de desinformación que explotan divisiones sociales preexistentes.
«Creo que hemos estado demasiado a la defensiva en este asunto y no hemos informado suficientemente a la población sobre hasta qué punto hay actores extranjeros que buscan perturbar el proceso político», vino a señalar en la entrevista. La preocupación no se limita a la difusión de noticias falsas: incluye la amplificación artificial de mensajes, la suplantación de medios, el uso de cuentas automatizadas y la propagación coordinada de contenidos diseñados para debilitar la confianza en las instituciones.
El objetivo de este tipo de operaciones no tiene por qué consistir en imponer un resultado concreto. En ocasiones, puede bastar con aumentar la polarización, erosionar la confianza en las autoridades, desacreditar el sistema electoral o presentar a las democracias como instituciones incapaces de resolver sus conflictos. También pueden buscar que los ciudadanos pierdan la confianza en la información contrastada y consideren imposible distinguir entre hechos, propaganda y opiniones.
Esa estrategia resulta especialmente difícil de combatir porque aprovecha controversias reales. La inmigración, el coste de la vida, la soberanía nacional, la relación con la Unión Europea o la desconfianza hacia las élites políticas no son necesariamente problemas inventados desde el exterior. Una operación de influencia puede explotar esos desacuerdos, exagerarlos o difundir afirmaciones falsas, pero no explica por sí sola por qué determinados discursos encuentran respaldo entre los ciudadanos.
Por ello, atribuir a Moscú el origen de toda corriente euroescéptica o de cualquier avance de la extrema derecha sería una simplificación. Las fuerzas políticas europeas tienen bases sociales, programas e intereses propios. La cuestión que plantea Burnham es distinta: si una potencia extranjera aprovecha las fracturas existentes para debilitar a sus adversarios, los gobiernos deben investigar esas actividades sin convertir la lucha contra la injerencia en una explicación automática de todos sus problemas internos.
Burnham vinculó su advertencia con la conversación que mantuvo en Berlín con el canciller alemán, Friedrich Merz. Según relató, ambos abordaron la amenaza que representa para la política alemana el partido Alternativa para Alemania (AfD), una formación de derecha radical que ha mantenido posiciones favorables a una revisión de la política alemana hacia Rusia.
Burnham afirmó que Merz le había expresado preocupación por los vínculos de la AfD con Moscú y añadió: «financiada, creo». Esa última formulación debe tratarse con cautela: el primer ministro británico no presentó en sus declaraciones pruebas concretas de financiación rusa ni identificó una operación específica. También denunció la circulación de desinformación procedente de Rusia en el debate político alemán.
El Gobierno británico quiere convertir esta preocupación en cooperación práctica. Londres y Berlín están desarrollando una asociación para combatir amenazas híbridas, entre ellas el sabotaje, los ciberataques y otras actividades hostiles que pueden afectar a la seguridad nacional sin adoptar la forma de una agresión militar convencional. Además, el Reino Unido prepara un Centro Nacional de Defensa de la Información para detectar y contrarrestar campañas dirigidas contra sus instituciones democráticas.
La iniciativa refleja una evolución en la concepción de la seguridad europea. La protección de una democracia ya no depende únicamente de asegurar las urnas o impedir un ataque físico contra infraestructuras críticas. También requiere detectar redes que difunden información falsa, proteger los sistemas digitales y establecer mecanismos para identificar quién financia campañas políticas o publicitarias cuando existen indicios de intervención extranjera.
El Brexit vuelve al debate político británico
Las declaraciones de Burnham adquieren una dimensión adicional porque el primer ministro ha abierto la puerta a revisar la relación del Reino Unido con la Unión Europea. Ha defendido examinar distintas opciones, desde una cooperación más estrecha hasta la posibilidad de regresar al bloque, sin presentar todavía una decisión definitiva sobre el modelo que debería adoptarse.
La coincidencia entre ambos debates no demuestra que Burnham utilice la acusación contra Rusia para justificar un cambio de política europea. Sin embargo, sí modifica el contexto en el que se discute el Brexit. Si existieron operaciones extranjeras destinadas a influir en la consulta, conocer su alcance puede ayudar a comprender las condiciones informativas en las que se desarrolló la campaña. Eso no elimina las razones económicas, culturales y políticas que llevaron a millones de británicos a votar por la salida.
Tampoco resuelve la cuestión de qué habría ocurrido sin esas operaciones. El resultado fue producto de una decisión colectiva en una campaña marcada por argumentos contrapuestos sobre inmigración, soberanía, economía y el futuro de las relaciones con Europa. Para medir la influencia extranjera sería necesario establecer qué mensajes se difundieron, cuántos ciudadanos estuvieron expuestos a ellos y si existe evidencia suficiente para relacionarlos con cambios en el comportamiento electoral.
El asunto tiene, además, una dimensión institucional. La crítica del comité parlamentario de 2020 se dirigió contra la falta de una investigación completa y transparente, no únicamente contra una supuesta insuficiencia de vigilancia digital. La credibilidad de la respuesta democrática depende también de que los gobiernos expliquen qué saben, qué no pueden revelar por razones de seguridad y qué conclusiones pueden sostenerse con pruebas disponibles. @mundiario
