El vibrante 3-4 registrado en el luminoso del Estadio Olímpico de Roma maquilla en el marcador una crisis de actitud que ya resulta insostenible esconder debajo de la alfombra. El Real Madrid conquistó los tres puntos en la capital italiana, pero lo hizo a costa de un espectáculo bochornoso en términos de entrega y compromiso defensivo durante más de una hora de desconcierto colectivo. El triunfo no borra la sospecha; muy al contrario, acelera una conclusión urgente que recorre el sentir del madridismo de abajo arriba: el cartel millonario de las estrellas consagradas está pesando mucho más que la vergüenza deportiva sobre el césped.
Se ha normalizado con demasiada ligereza la idea de que los grandes nombres del vestuario disfrutan de barra libre para dosificarse a su antojo en compromisos de máxima exigencia europea. En el coliseo romano, esa condescendencia táctica casi le cuesta al equipo una derrota humillante ante un oponente que desnudó cada una de las costuras blancas a base de puro entusiasmo y presión adelantada. El conjunto compitió completamente descosido, fracturado en dos mitades irreconciliables: un bloque bajo que achicaba agua como buenamente podía y una delantera aristocrática que observaba el repliegue con los brazos en jarras, ajena por completo al sufrimiento de sus compañeros.
La comparecencia de Vinicius volvió a ser un ejercicio de frustración constante para cualquiera que examine el desarrollo del juego sin fanatismos partidistas. El atacante brasileño ha entrado en una espiral nociva donde cada pérdida de posesión desemboca en un aspaviento teatral hacia el cuerpo colegiado y cada tentativa de regate choca frontalmente contra un muro previsible. Desconectado de las tareas de presión y apático a la hora de morder en la salida del lateral rival, su concurso resta hoy bastante más de lo que aporta; sostenerlo en el once inicial por mero decreto federativo o jerárquico representa una falta de respeto indiscutible a la meritocracia interna.
A su lado, el partido firmado por Kylian Mbappé no admitió lecturas más generosas, por mucho que su apellido luzca impreso en el acta de goleadores de la velada. El astro francés envió al fondo de la red la ocasión clara de la que dispuso y engordó su estadística realizadora individual, pero su comportamiento global sobre el tapete fue un monumento a la desidia táctica. Sin desmarques de ruptura que estiraran a la retaguardia romana, sin disputar un balón dividido con auténtica convicción y exhibiendo el trote cansino de quien se siente por encima de las labores de trinchera, el galo completó una actuación impropia de quien pretende escribir una página dorada en la historia de la entidad.
El contraste salvaje se produjo cuando la pizarra de urgencia saltó por los aires para dar paso a la rebeldía incontenible de Endrick. Al ariete sudamericano le bastaron cinco minutos para poner en evidencia a sus mayores: peleó cada saque de banda como si se tratara del instante definitivo de una gran final, embistió con furia contra los defensores italianos y arrastró al equipo hacia adelante a base de pura rabia competitiva. Su mensaje retumbó con fuerza en el mentón de los intocables; hoy por hoy, conceder la titularidad a Endrick por delante de Vinícius no supone ningún experimento temerario, sino una medida higiénica para devolverle la pulsación al ataque.
La lección de Espí y el fin del miedo a los grandes egos
Y por si el vendaval anímico provocado por Endrick no resultaba suficiente para sonrojar a los teóricos titulares, la irrupción de Carlos Espí terminó de certificar la quiebra absoluta del escalafón tradicional. El killer español saltó a la batalla europea desprovisto de cualquier complejo de inferioridad, bajó balones comprometidos con el cuerpo como escudo, incomodó la salida del conjunto transalpino y dejó el aliento en cada disputa con un hambre voraz. Contemplar a un producto de la casa vaciarse físicamente mientras el fichaje más costoso del verano trota por inercia demuestra de forma palmaria que darle paso a Espí en detrimento de Mbappé es un acto elemental de justicia deportiva.
La masa social del Santiago Bernabéu ha perdonado históricamente tardes de desacierto en el pase, controles defectuosos o remates desviados a la grada, pero jamás ha tolerado el divismo ni la apatía competitiva sobre el césped. La elástica blanca no representa una pasarela publicitaria para lucir peinados y sonreír ante los focos; exige dejarse el alma en cada metro cuadrado del terreno de juego. Que la Roma perforara la portería madridista en tres ocasiones con una sencillez pasmosa fue la consecuencia directa de una primera línea de presión inoperante que jamás incomodó el inicio asociativo de los pupilos de Gian Piero Gasperini.
Un vestuario con aspiraciones reales de dominar el continente no puede gobernarse desde el temor reverencial a herir el orgullo de sus principales activos comerciales. Enviar a los hombres franquicia a la caseta cuando no muerden el polvo en la recuperación del cuero es la única fórmula válida para recordar a todo el plantel que el escudo no concede victorias por decreto. La frescura, el descaro y la solidaridad exhibida por los recién ingresados desnudaron de golpe la desidia de una escuadra que parecía resignada a vivir del crédito de rentas pasadas y de apariciones aisladas.
Existen puntos de inflexión a lo largo de una temporada que marcan de forma indeleble un camino sin retorno, y este compromiso en el coliseo romano debe erigirse en la frontera definitiva. No caben más excusas de pizarra ni discursos diplomáticos de cara a la galería en las comparecencias públicas: el fútbol premia a los inconformistas y castiga sin piedad a los acomodados. Quien no repliegue a defender, quien renuncie a la presión tras pérdida y quien pretenda flotar sobre el campo debe presenciar los noventa minutos desde el banquillo, prescindiendo por completo de su caché o su ficha presupuestaria.
El devenir de la presente campaña dependerá de la entereza del cuerpo técnico para ejecutar las decisiones que el propio césped está reclamando a voz en grito. La enseñanza cosechada en Italia ha sido tan cruda como incuestionable: Endrick pasando por encima del bache de Vinícius y Espí amenazando la suficiencia mostrada por Mbappé. Menos nombres blindados por contrato, menos concesiones al escaparate mediático y mucha más hambre de gloria para defender una camiseta centenaria. @mundiario
