¡Que ardan nuestros corazones!

Lucas 24:32.

Ministerio La Senda Inc 

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero”, I-Pedro 1:3-5. Antes, en el verso 2 aparecen estas  palabras: “elegidos según la presciencia de Dios Padre”. El apóstol nos enseña con estas palabras que, al igual que Dios escogió a Israel como su pueblo, también escogió a la Iglesia desde la eternidad como su pueblo, pero con la singularidad de que la Iglesia, su Iglesia, es escogida por medio de Jesucristo su Hijo. Por tal razón, en el verso tres nos dice que hemos renacido a una nueva dimensión, es decir, a una nueva vida mediante la muerte y resurrección de Jesucristo su Hijo. En tal sentido en cuanto a la vida cristiana,  reafirmando su mensaje, Pedro más adelante nos dice: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu Santo, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”, I-Pedro 1:22-23. La Palabra de Dios  nos muestra que la intención de Dios en cuanto a ser creado, se cumple plenamente sólo cuando nuestros espíritus se vivifican en su presencia. Así como el pecado ha producido muerte espiritual, (Efesios 2:1-3), la salvación en Cristo Jesús ha provisto vida espiritual. El nuevo nacimiento trae pureza interior, la cual se manifiesta en amor hacia toda persona que ha confesado a Jesucristo y ha sido aceptado en el seno de su Iglesia, incluyendo a otras que se hallan lejos de Dios.

Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; las primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 

Pero cada en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida”, I-Corintios 15:20-23. “Cristo, las primicias”, al final del verso 23, nos enseña que, los primeros frutos que maduran en una cosecha; anuncian la inminente siega. En Levítico 23:4-14,   indica que los primeros frutos de la Pascua se usaban para consagrar la próxima cosecha. Jesús murió en la Pascua, y su resurrección es una promesa de nuestra propia resurrección. La resurrección no es una idea filosófica indefinida, sino una experiencia en la vida humana. Jesucristo es una persona que actuó en favor de los seres humanos. En su segunda venida a este mundo, nuestro Señor Jesucristo completará la cosecha de la resurrección, luego de haber sometido a todos sus enemigos, Cristo devolverá las riendas del gobierno divino al Dios y Padre.

I-Corintios 15:22, tiene algunas enseñanzas para nosotros hoy, veamos: Por vía de contraste, Adán es un tipo de Cristo, según lo declara el mismo autor en este capítulo: “Así también está escrito: Fue hecho hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen celestial”, I-Corintios 15:45-49. Volviendo al texto que encabeza este párrafo, encontramos lo siguiente: 1.-) El primer hombre, Adán, fue hecho “alma viviente”, Génesis 2:7, lo que significa que su vida derivó de otro, es decir, de Dios. “El postrer Adán, espíritu vivificante”. Lejos de derivar su vida de otro, Él mismo era la fuente de la vida, y Él dio esa vida a otros, San Juan 1:4; 5:22 y 12:24. 2.-) En cuanto a su origen, el primer hombre es de la tierra, es decir, terrenal; el Segundo Hombre es el Señor del cielo. 3.-) Ambos son la cabeza de una creación, y en esto se hallan también contraste: En Adán, todos mueren; en Cristo, todos serán vivificados; la creación adámica es según la “carne”; la nueva creación, según el “espíritu”, San Juan 3:3, que nos dice: “De cierto, de cierto te digo, que el no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Este verso trata el tema de la regeneración de nuestra alma, de nuestro espíritu interior y nos enseña lo siguiente: 1.-) La necesidad del nuevo nacimiento surge de la incapacidad del hombre en su estado natural para “ver” o “entrar en” el reino de Dios.

Por muy dotado, moral o refinado que el hombre sea, entiéndase también mujer, en su condición natural están completamente ciegos o ciegas tocante a la verdad espiritual, e impotente para entrar en el reino; porque no puede obedecer, ni entender, ni agradar a Dios.  2.-) El nuevo nacimiento no es una mera reforma de la naturaleza que hemos heredado de Adán, según Romanos, que nos dice: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”, Romanos 6:4-6. Con estos versos, escritos con la finalidad única de darnos a entender que, el hombre, mujer en su naturaleza antigua y corrupta, su tendencia al mal que es innata en todos los seres humanos. Aquí encontramos una alusión a la persona misma de su propia naturaleza. Por ejemplo, en sus cartas a los Efesios 4:22 y Colosenses 3:9, el apóstol se refiere a sus “caminos”. En cuanto a su posición, es decir, desde el punto de vista de Dios, el viejo hombre/mujer, están crucificados, y al creyente se le exhorta a que haga de esto una realidad en su propia experiencia, tomándolo por cierto en el acto definitivo de “despojarse” del viejo hombre/mujer y “revestirse” del nuevo hombre,  de la nueva mujer, según Colosenses 3:8-14.

Después de la resurrección de Cristo, los apóstoles se asustaron y se reunieron para tratar sobre este tema que había causado este evento sobrenatural. En medio de la reunión, puertas cerradas, de repente se les aparece su Señor y les dice: “Paz a vosotros”, Juan 20:19. En esta reunión sorpresiva para ellos, el Señor les traza algunos mandatos o misión que debían cumplir a partir de ese mismo instante. 1.-) “Así también yo os envío”. Es precisamente, de la misma manera que el Padre envió al Hijo para traer salvación a toda la humanidad, por supuesto a los que crean en Él, San Juan 3:16, así mismo, la Iglesia de Jesucristo recibe el mismo mandato para que llegue a cada vida. 2.-) “A quienes remitiereis”: esta frase pone de manifiesto la naturaleza condicional de su provisión. No se puede responder a ella a menos que ésta sea entregada. Somos enviados como portadores de la sustancia misma del mensaje de la Palabra de Dios “La salvación”, con el fin de llevar el espíritu de su verdad.

La comisión dada a los discípulos para llevar a cabo la misión de Cristo es lo que hizo de ellos “apóstoles” o “enviados”. El poder para realizar tal misión viene del Espíritu Santo, derramado sobre todos los creyentes en Pentecostés. Esto se puede reafirmar con la siguiente declaración: “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”, Juan 3:34-36. El testimonio de Jesús es veraz y como tal debe ser aceptado. Jesús es el origen divino y enseñó según su experiencia divina. Recibió la plenitud del Espíritu, sin que le faltara nada, y sólo Él tiene autoridad universal. Sin embargo, como la plenitud del Espíritu Santo ha sido otorgada a quien Dios envió, San Juan 20:21, podría sugerir que una similar e ilimitada plenitud del Espíritu está a disposición de los discípulos de Jesús que sean obedientes a las ordenanzas de su Señor.

En la Revista “El Aposento Alto” correspondiente a los meses de Marzo y Abril del presente año, en su portada  presenta tres figuras, interpretando a Jesús después de la resurrección caminando hacia Emaús junto a dos de sus discípulos, los cuales no le conocieron. Gloria Ssali, de Uganda, es la artista de ésta. En su crítica literaria acerca de esta obra, Erin Pearce hace una interpretación contemporánea,  y su  declaración se torna muy interesante acerca de la misma. Es la siguiente: “Me encanta contar historias alegres y conmovedoras para revelar el corazón. Soy una artista errante”, dice ella. En su obra, Gloria Ssali dibuja a Jesús con sus manos marcadas por los clavos descansando sobre las espaldas de los discípulos mientras caminan. Es de este hermoso cuadro de nuestro Salvador resucitado que nace el título de este mensaje. Cuando sus discípulos y Él llegaron a Emaús, le invitaron a que se quedara con ellos, se sentó a la mesa con ellos, tomó pan, lo bendijo, lo partió y les dio. “Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas Él se desapareció de su vista”, añadiendo ellos: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?”Lucas 24:32.

Fue después de esto que ellos salieron de nuevo hacia Jerusalén y dice el verso 34: “Ha resucitado el Señor verdaderamente. Y contaban ellos las cosas que les habían acontecido en el camino”, verso 35.

Ojalá Dios produzca en cada corazón, en cada vida y familia de nuestra amada tierra, la tierra de Duarte, Sánchez, Mella y Luperón, pero también otros hombres y mujeres, se produzca lo que los discípulos de Jesús dijeron entre sí. “¿NO ARDÍA NUESTRO CORAZÓN EN NOSOTROS?” La resurrección de nuestro Salvador debe llevarnos a saber que con Él fuimos sepultados y con su resurgir de la tumba somos vivificados para gloria de Dios Padre. Que el fuego de Dios arrope cada corazón y podamos vivir la experiencia del corazón ardiente por el fuego del Espíritu Santo.

Que la gracia de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo esté en cada vida.

Pastor: Héctor E. Contreras.

 

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