Merkel ha sido un antídoto providencial contra el populismo y el nacionalismo durante sus dieciséis años como jefa del gobierno, mientras ejercía de líder europea en un puente de mando vacío. Justo lo contrario del papel apasionado y provocador que improvisa Johnson desde que decidió que el Brexit iba a ser la ola que le llevaría al poder.
El encuentro de ambos en la histórica casa de campo de Chequers obedece sin duda a razones pragmáticas. El gobierno británico necesita gestionar una infinidad de flecos tras su precipitada salida de la UE, una vez ha comprobado que recuperar soberanía formal implica perder poder e influencia. El ejecutivo que encabeza Johnson se ha dado de bruces con el Protocolo de Irlanda del Norte, exigido en Bruselas por los mismos negociadores que ahora desde Londres se resisten a cumplirlo.
Merkel es la dirigente europea que más valora la contribución económica y geopolítica del Reino Unido a Europa, la que mejor puede ayudarles a salir de este laberinto. En contraste, no parece dispuesta a suavizar las condiciones de los viajes de británicos al continente, ante la expansión de la variante india del Covid-19. Pero la reunión de Chequers tiene mucho más de reconocimiento a la figura histórica de Angela Merkel que de negociación transaccional.
La canciller representa la estabilidad, la seriedad, el buen hacer, cualidades cada vez más ausentes de la vida pública. Boris ha anunciado que espera aprender de sus muchos años de servicio a la diplomacia global. Nadie la iguala en su conocimiento profundo de China y de Rusia, tras cientos de horas dedicadas a dialogar con Xi Jinping y Vladimir Putin. El primer ministro británico acierta al dedicar su fin de semana a aprender de Merkel, mientras le rinde un merecido homenaje.
