En 1945 pusimos fin a la Segunda Guerra Mundial con dos bombas atómicas. Hoy nuestro mundo descansa sobre 15.000 cabezas nucleares y ya no sólo las tienen dos países sino nueve. No es razonable relacionarnos desde la fuerza, porque aunque uno gane, el que pierda morirá matando. Tendríamos que basar nuestra relación en la confianza.
Una «nueva arquitectura mundial» es tal como lo expresa en ‘Momentum’.
El saber médico se duplica cada tres años, somos la sociedad del conocimiento en la era de la inteligencia. Si la Constitución americana, que en 1787 servía para tres millones de personas de muy similar estilo y procedencia, ha acabado guiando a 330 millones de hombres y mujeres de todas partes del mundo y de todas las religiones, culturas y costumbres imaginables, seguro que en 2022 podemos crear un terreno de juego, unas reglas dadas con sabiduría que sirvan para que nos veamos y nos organicemos como una sola Humanidad.
Actuaciones como las de Putin en Ucrania parecen desmentir esta esperanza.
La Historia arrastra conductas, reflejos. No se hace en un día.
La guerra, sí.
Si logramos mantener el mundo en paz en los próximos 15 años, cruzaremos al otro lado del río. Javier Solana dice siempre que si mantienes bien el rumbo, la travesía puede ser complicada, pero llegas.
Pero es que ya estamos en guerra.
Si el problema queda acotado a Ucrania, un buen mediador puede encontrar un acuerdo aceptable.
¿Qué acuerdo podría ser?
Ucrania tiene que estar en la Unión Europea. Putin no puede tolerar que esté en la OTAN. Todas las partes han de poder pensar que han encontrado una salida aceptable al drama creado. Zelenski ha de continuar de presidente. Europa ha de reconstruir su historia con Rusia.
¿Hemos despreciado excesivamente a Rusia?
La Guerra Fría terminó tan de repente que era difícil tener claro qué hacer. Fue todo tan rápido y poco trágico, que me acuerdo que Gorvachov, gran amigo de España, agradecido por todo lo que le ayudamos, me decía: «Hemos perdido la capacidad predecir lo que va a pasar, y sin poder predecir lo que va a pasar, es muy difícil saber qué hacer».
Integramos a los países del Este
Eran sociedades centralizadas, humilladas, que habían sido maltratadas, torturadas, purgadas políticamente. Era muy complicado. Hizo falta mucha paciencia y mucha constancia.
El balance.
Para Europa estos 30 años han sido buenos. Hemos dejado de vivir con inquietud. Al final la integración fue un éxito. Para Rusia también han sido unos años positivos. Antes de 1991 la sociedad rusa estaba devastada y en estos años se ha transformado.
Rusia es un país fallido.
Es cierto que después de 1990, se queda sin proyecto. Su modelo político, económico y social no funciona. Su única misión es retomar la vida común con Europa. Rusia es esencialmente europea, en su cultura y en su devenir, y muy importante para la paz en Europa. Cuando aún existía la URSS, el general De Gaulle ya apostaba por «una Europa del Atlántico al Pacífico», que evidentemente incluía a Rusia.
Pero Putin está loco.
Hay que conocer los límites de su acción. Hay que procurar que el ataque quede circunscrito a un terrible episodio y no se convierta en un drama mundial. La confrontación es peligrosa. No tenemos que perder nuestra dinámica positiva. Las dinámicas negativas cada vez generan más guerras, más destrucción y más muertos, y son muy difíciles de parar.
Los tiempos.
Es muy importante. Es esencial que esto pare lo antes posible. Y los tiempos tienen que ir acompañados de un proyecto compartido con Rusia.
¿Rusia quiere un proyecto compartido con nosotros?
La historia en común es más beneficiosa que la confrontación. Cuando te instalas en el conflicto, el coste es impresionante. Europa es tierra de sabiduría. Del arte, de la literatura, de la música. Hay un gran conocimiento. Una gran sensibilidad. Ahora es el momento de la inteligencia.
No es fácil.
Tampoco es fácil tocar el Concierto del Emperador de Beethoven de memoria.


