Isaías 43:15-19.
Por: Héctor E. Contreras.
“Después de graduarme como ingeniero civil, oraba y ayunaba con la esperanza de que Dios me ayudara a conseguir trabajo en una empresa multinacional. Dios me respondió y una compañía me ofreció una maravillosa oportunidad, pero no era exactamente lo que esperaba. Ingenuamente, rechacé el puesto. Con el paso de los años, miro hacia atrás con gran pesar. Me di cuenta que había perdido la oportunidad en el trabajo que rechacé. Empecé a verme con “un fracaso” porque luchaba por conseguir otro trabajo y mantener a mi familia. Cuando leí el pasaje de Isaías 43:18, este versículo me llegó al corazón. Decidí olvidar los “errores del pasado” y seguir adelante”. Este es el testimonio del señor Amobichukwu Samuel Diriaki, en el Estado de Rivers, Nigeria. Como este hombre, conozco personas similares a él; aún piensan y viven lo que fue su pasado. Han escalado en lo profesional, social y económicamente, pero su espíritu se quedó atrás. Te invito, en el nombre de Jesús, que te levantes hoy y olvides lo que fue tu ayer, enfocándote en lo que ahora vives y posees. ¿Estás de acuerdo? Espero que sí.
“Yo Jehová, Santo vuestro, Creador de Israel, vuestro Rey. Así dice Jehová, el que abre camino en el mar, y sendas en las aguas impetuosas; el que saca carro y caballo, ejército y fuerza; caen juntamente para no levantarse; fenecen, como pábilo quedan apagados. No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad”, Isaías 43:15-19. Estos versos describen un nuevo éxodo para un pueblo una vez más oprimido, como lo fueron los israelitas durante el cautiverio en Egipto antes del éxodo. Clamarían a Dios y una vez más Él los escucharía y libraría. Un nuevo éxodo se llevaría a cabo por un nuevo desierto. Los milagros pasados no fueron nada en comparación con lo que Dios haría con su pueblo, redimido por la sangre preciosa del Cordero de Dios, Jesucristo, su Hijo. Quien parado en el centro del templo, escribió Juan de Él lo siguiente: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo:
Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”, Juan 7:37-38.
Las palabras de Jesús, “Venga a mí y beba”, hacían alusión al tema de muchos pasajes bíblicos que hablan acerca de las bendiciones generadoras de vida del Mesías. Al prometer dar el Espíritu Santo a todo el que creyese en Él. Jesús usó la expresión “Agua viva”, para referirse a la vida eterna. Esto lo encontramos unos capítulos más atrás, cuando nuestro Señor, conversando con la mujer samaritana le dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva”, Juan 4:10. ¿Qué quiso decir Jesús con “agua viva”? A Dios se le llama “Manantial de vida”, Salmo 36:9 y “Manantial de aguas vivas”, Jeremías 17:13. Al nuestro Señor decir que podía dar agua que saciaría para siempre la sed, Jesús declaraba ser el Mesías. Sólo el Mesías podría dar este regalo que satisface la necesidad del alma. ¡Bendito sea Dios!
“Caminaste en el mar con tus caballos, Sobre mole de las grandes aguas. Oí, y se conmovieron mis entrañas; A la voz temblaron mis labios; Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí. Si bien estaré quieto en el día de la angustia, Cuando suba al pueblo el que lo invadirá con sus tropas”, Habacuc 3:15-16. Habacuc recuerda a su Dios, Jehová de los ejércitos, cuando, cruzando el mar rojo, Moisés escribió: “Al soplo de tu aliento se amontonaron las aguas; Se juntaron las corrientes como en un montón; Los abismos se cuajaron en medio del mar”, Éxodo 15:8. Las palabras descritas en este verso, forman parte del famoso cántico de Moisés, luego de haber cruzado en seco por el mar. Cuando el escritor describe la frase: “Los abismos se cuajaron en medio del mar”, significa que las aguas se volvieron como duros muros entre los cuales caminó su pueblo. No importa lo que te rodee o vivas hoy, Dios está y va contigo; llevándote de la mano.
Hoy, muchos podemos estar pasando por momentos de dificultad; vemos el rugir del mar y las inmensas olas que están a ambos lados de nuestro camino, camino que se torna tortuoso por los obstáculos que encontramos a cada paso que damos, llevándonos a recordar lo que antes fuimos y por un poco de tiempo nos confundimos. ¿Te digo algo? No mires atrás y todos los obstáculos que aparecen, bordéalos y continúa, Dios va delante de ti ahora. ¿Estás conmigo?
“He aprendido la lección. Elegí creer en la promesa de Dios y gané una nueva energía. Cuando vivimos en el pasado, podemos perdernos de cosas más importantes. Podemos aprender de nuestros errores anteriores, pero no debemos estancarnos en ellos. Dios siempre está haciendo algo nuevo”. Son las últimas palabras del testimonio del señor nigeriano de la introducción de este mensaje.
Es por tal razón, que al finalizar debo escribir sobre el profeta Habacuc. El da inicio a su libro con unas interrogantes o protestas a Dios y dice: ¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás. ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan”, Habacuc 1:2-3. Al igual que el profeta, muchos de nosotros nos creemos con el derecho de presentarnos delante de Dios con nuestras quejas, pesares e interrogantes que muchas veces nos asombran a nosotros mismos. Es lo mismo con el señor nigeriano de la introducción, mucho tiempo había pasado y seguía recordando la oferta que rechazó, hasta que se detuvo en las Escrituras y descubrió que Dios abre camino aún en el mar. El profeta, después de su protesta y sus quejas, concluye con un cántico a su Señor, diciendo: “Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación”, Habacuc 3:17-18.
Deja de llorar, de lamentarte, de acusar a otros por lo que tú mismo has creado por tu obstinación. Vuélvete a Dios hoy, regocíjate en Él y eleva tus manos hacia lo alto, cantando, danzando y dándole gracias a Dios por lo que eres hoy. Dios está por tí y abre camino en el mar para que puedas transitar en seco y llegar al lugar que Él tiene preparado para tí. Haz como Habacuc, que aunque las consecuencias destructores de la invasión babilónica se sentirían en toda la tierra, el profeta debe su gozo a Dios y no a las circunstancias. Deja el pasado a un lado, enfócate en Cristo, tu Señor y Salvador. Bendiciones, amados.



