AfD rompe el tablero alemán: el 44% que sacude el poder de Merz

El avance de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt ya no puede interpretarse únicamente como otro episodio de descontento regional. Si las proyecciones que le atribuyen alrededor del 44% de los votos se confirman, el partido habrá conseguido algo políticamente mucho más profundo: transformar uno de sus bastiones orientales en la demostración de que puede aspirar a dominar electoralmente un territorio alemán. La distancia respecto a la CDU, situada en torno al 18,5%, convierte la jornada en una señal especialmente incómoda para el canciller Friedrich Merz y para un sistema político que durante años confió en contener a AfD mediante un cordón sanitario.

El dato decisivo no es únicamente que AfD haya ganado, sino la magnitud de la diferencia. Obtener más del doble de apoyo que la CDU modifica la naturaleza del debate sobre la ultraderecha alemana. Hasta ahora, buena parte de la discusión giraba alrededor de cómo impedir que participase en gobiernos pese a su crecimiento electoral. Un resultado cercano al 44% introduce otra pregunta: cuánto tiempo puede sostenerse una estrategia basada exclusivamente en aislar políticamente a una formación cuando esta consigue convertirse en la primera opción de una parte tan amplia del electorado.

Ulrich Siegmund, principal candidato de AfD, resumió la dimensión política de la noche proclamando que su partido había “hecho historia”. La frase responde a la lógica triunfal de cualquier jornada electoral, pero contiene una realidad difícil de ignorar. AfD ha pasado en pocos años de ocupar los márgenes del sistema político a disputar la centralidad en varios territorios del este alemán. Su crecimiento muestra que el voto de protesta que inicialmente alimentó al partido se ha consolidado, al menos en determinadas regiones, como una identificación política mucho más estable.

El fenómeno también vuelve a poner sobre la mesa la fractura entre el este y el oeste del país. Más de tres décadas después de la reunificación, Alemania continúa mostrando diferencias territoriales en renta, oportunidades, demografía, confianza institucional y comportamiento electoral. AfD ha sabido convertir parte de ese malestar en una narrativa que combina inmigración, identidad nacional, rechazo a determinadas políticas climáticas, críticas a las élites y oposición al funcionamiento tradicional de Berlín. Reducir su ascenso exclusivamente a uno de estos factores impediría comprender la profundidad del cambio.

Según Infobae, los sondeos a pie de urna difundidos por las cadenas públicas ARD y ZDF sitúan a AfD en al menos el 44%, frente al 18,5% estimado para la CDU. Todavía queda por determinar la traducción parlamentaria definitiva y, especialmente, si la formación puede aproximarse o alcanzar una mayoría que altere completamente las posibilidades de gobierno. Pero incluso sin mayoría absoluta, la diferencia con el centroderecha convierte el resultado en un golpe político para el espacio de Merz y refuerza la capacidad de AfD para condicionar la agenda nacional.

El dilema alemán ya no consiste únicamente en cómo frenar a AfD

La cuestión del cordón sanitario entra así en una fase mucho más compleja. Durante años, los principales partidos alemanes han rechazado acuerdos de gobierno con AfD, una estrategia diseñada para impedir que la ultraderecha transforme su representación electoral en poder ejecutivo. Ese aislamiento puede funcionar cuando las fuerzas tradicionales conservan conjuntamente mayorías suficientemente amplias. Pero cuanto más crece AfD, más fragmentadas y difíciles pueden volverse las coaliciones necesarias para mantenerla fuera de las instituciones de gobierno.

La CDU se enfrenta probablemente al dilema más delicado. Su electorado comparte con AfD determinadas preocupaciones sobre inmigración, seguridad o identidad, pero el partido de Merz necesita diferenciarse claramente de una formación situada a su derecha sin entregar completamente esos debates a su adversario. Endurecer el discurso puede legitimar parte del marco político de AfD; ignorarlo puede empujar hacia ella a votantes conservadores insatisfechos. Encontrar ese equilibrio será una de las grandes pruebas para el canciller.

El avance de AfD tampoco constituye un fenómeno aislado dentro de Europa. Formaciones nacionalistas, populistas y de derecha radical han ampliado su presencia en numerosos países aprovechando preocupaciones relacionadas con inmigración, coste de vida, seguridad, soberanía y pérdida de confianza en las instituciones. Alemania parecía durante años disponer de barreras históricas y culturales especialmente resistentes frente a ese movimiento. Los resultados del este muestran que esa excepcionalidad alemana tiene límites y que las mismas tensiones que recorren Europa también están reconfigurando su sistema político.

Sin embargo, sería un error convertir automáticamente un resultado regional en una fotografía exacta de toda Alemania. Sajonia-Anhalt posee características políticas, económicas y demográficas particulares, y el apoyo a AfD presenta importantes diferencias territoriales. Precisamente por eso el dato resulta tan relevante: no demuestra todavía que el partido pueda reproducir un 44% a escala federal, pero sí que existen regiones donde ha dejado de ser una fuerza secundaria para convertirse en una opción dominante. Ese cambio altera inevitablemente la política nacional.

La noche electoral deja, por tanto, una advertencia que va mucho más allá de quién gobierne Sajonia-Anhalt. Si AfD consolida porcentajes cercanos a la mayoría en determinadas regiones mientras los partidos tradicionales dependen de coaliciones cada vez más amplias para contenerla, Alemania tendrá que afrontar una discusión más profunda sobre las causas de ese desplazamiento electoral. El cordón sanitario puede impedir una alianza parlamentaria, pero no elimina las razones por las que millones de ciudadanos deciden votar fuera del antiguo consenso. El verdadero desafío para Merz y para el resto del sistema alemán será responder políticamente a ese malestar sin normalizar posiciones extremistas ni ignorar a quienes las están convirtiendo en votos. @Mundiario