Bruselas maniobra a contrarreloj: el veto de Grecia amenaza con descarrilar las sanciones a Rusia

La Unión Europea afronta uno de los momentos más delicados desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. Por primera vez en mucho tiempo, el principal obstáculo para aprobar un nuevo paquete de sanciones no es Hungría, sino Grecia. Y detrás del pulso diplomático aparece un nombre que se repite en los pasillos de Bruselas, George Prokopiou, el magnate de la industria naviera helena.

Tras más de 10 horas de negociaciones este miércoles, los embajadores de los Veintisiete fracasaron en su intento de cerrar el vigésimo primer paquete de sanciones antes del receso de verano. La presidencia irlandesa del Consejo ha convocado una nueva reunión para este jueves, consciente de que el bloqueo griego amenaza con llevarse por delante no solo las nuevas restricciones, sino también la renovación del tope al precio del petróleo ruso, que expira en cuestión de horas.

El conflicto gira en torno a una medida incluida en el paquete que prohíbe a las empresas europeas participar en actividades de exportación de gas natural licuado ruso hacia terceros países a partir del 1 de enero de 2027. La disposición afecta directamente a Dynagas, la compañía de Prokopiou especializada en metaneros rompehielos Arc7 que operan en el Ártico y transportan gas natural licuado (GNL) desde la terminal rusa de Yamal LNG.

Atenas sostiene que esa prohibición no figuraba expresamente en el texto legal aprobado en el decimonoveno paquete de sanciones y que la Comisión Europea la ha introducido mediante una nota aclaratoria “por la puerta de atrás”. El Gobierno del conservador Kyriakos Mitsotakis reclama que la medida se retire o, al menos, se retrase mediante un periodo transitorio. La Comisión, por el contrario, mantiene que la restricción ya estaba acordada y que reabrir ahora un paquete de sanciones previamente aprobado sentaría un precedente muy peligroso.

Bruselas busca una fórmula de compromiso

Grecia defiende que Dynagas realizó inversiones multimillonarias antes de la guerra para consolidar la ruta ártica del GNL ruso y que sus buques no pueden destinarse fácilmente a otros mercados. Según el Ejecutivo heleno, obligar a la compañía a abandonar ese negocio no perjudicaría a Moscú, porque otras navieras —probablemente chinas— ocuparían rápidamente el hueco.

Europa perdería el control de un activo estratégico y el mercado seguiría funcionando”, es el razonamiento que repiten los diplomáticos griegos en Bruselas. Pero esa tesis encuentra cada vez menos apoyos. Varios Estados miembros recuerdan que sus industrias han asumido costes mucho mayores en rondas anteriores de sanciones y consideran que Atenas está defendiendo los intereses de una sola empresa, no los de la Unión Europea ni los de Grecia.

Consciente de que dejar caer el paquete sería un golpe político severo, la Comisión ha elaborado un informe sobre el impacto económico de la medida y trabaja con varias fórmulas de compromiso:

  • Un periodo de transición para que las navieras reubiquen parte de su flota.
  • Exenciones limitadas para determinados tipos de buques o rutas.
  • Un calendario escalonado que permita adaptar contratos ya firmados.

Ninguna de esas opciones convence plenamente a Grecia, que sigue pidiendo la retirada de la prohibición. Y el tiempo corre en contra de Bruselas.

El riesgo del petróleo: un tope que puede desaparecer

El bloqueo tiene una consecuencia inmediata mucho más grave. La UE debe renovar el mecanismo que limita el precio del petróleo ruso transportado por mar a 44,10 dólares por barril. Si no hay acuerdo antes de este jueves, el límite volverá automáticamente a 58 dólares por barril, lo que permitiría a Rusia ingresar más dinero por sus exportaciones.

Ese tope, coordinado con el G7, ha sido una de las herramientas más eficaces para reducir los ingresos energéticos del Kremlin sin provocar una crisis global de suministro. La batalla con Grecia se suma a una larga lista de concesiones hechas para intentar salvar la unanimidad:

  • Bulgaria ha vetado la inclusión en la lista negra del patriarca ortodoxo ruso Kiril.
  • El Gobierno del euroescéptico y prorruso socialista, Rumen Radev, también ha logrado retirar al oligarca Vagit Alekperov, fundador de Lukoil, que opera la única refinería del país balcánico.
  • Francia e Italia han frenado las restricciones de visados a ciudadanos rusos que hayan combatido en Ucrania.
  • Alemania y Portugal han bloqueado límites a las importaciones de pescado ruso.
  • Austria ha conseguido aplazar medidas que afectarían al Banco Internacional Raiffeisen (RBI).

Cada una de esas excepciones ha ido reduciendo la ambición inicial del paquete y alimentando la sensación de fatiga en varias capitales europeas.

Del “problema Orbán” al “problema Prokopiou”

Tras la derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría, muchos en Bruselas pensaron que la era de los vetos sistemáticos había terminado. Sin embargo, el bloqueo actual demuestra que el desafío ya no es solo político, sino también económico.

El sector naviero griego representa alrededor del 7 % del PIB del país y controla aproximadamente el 60 % de la flota mercante de la Unión Europea. Según cálculos citados por el Financial Times, las compañías de Prokopiou han obtenido más de 1.000 millones de euros transportando crudo ruso desde 2023 dentro del régimen permitido por el G7, mientras que el conjunto de las navieras griegas habría superado los 4.300 millones de euros en beneficios relacionados con ese comercio.

Lo que está en juego trasciende una disputa técnica sobre el transporte de gas. Si la UE no logra cerrar el paquete antes del verano, enviará a Moscú el mensaje de que incluso sin Orbán sigue siendo posible fracturar la unidad europea explotando intereses económicos nacionales.

Por eso Bruselas busca desesperadamente una salida que permita a Atenas salvar la cara sin desmontar el régimen de sanciones. La pregunta es si todavía queda margen para un compromiso o si el vigésimo primer paquete acabará convirtiéndose en la primera gran crisis de unanimidad de la UE tras la era Orbán. @mundiario