Carlos III no está nada contento con Guillermo: la venta de su herencia que ha desatado una rebelión

La relación entre Carlos III y el príncipe Guillermo vuelve a quedar bajo los focos, esta vez por una cuestión que mezcla dinero, patrimonio familiar y una de las instituciones más antiguas de la Corona británica. El heredero quiere cambiar el modelo de gestión del Ducado de Cornualles, la enorme propiedad que recibió cuando su padre se convirtió en rey. Pero su plan de vender parte de esas tierras no habría sentado nada bien al monarca, que dedicó décadas a cuidar ese patrimonio.

La operación que ha desatado la polémica afecta especialmente a Bradninch, una finca histórica de 1.215 hectáreas situada en Devon, al suroeste de Inglaterra. Su salida al mercado forma parte de una estrategia más amplia con la que Guillermo pretende desprenderse de alrededor del 20% de las propiedades del ducado durante los próximos diez años.

El objetivo oficial es obtener recursos para financiar iniciativas sociales y medioambientales, entre ellas la lucha contra el sinhogarismo, la construcción de viviendas asequibles y proyectos relacionados con las energías renovables. Sin embargo, la forma en la que se está llevando a cabo el proceso ha provocado una fuerte contestación entre los habitantes de la zona.

Según una fuente cercana al rey citada por The Observer y recogida por Vanity Fair, Carlos III estaría profundamente triste por la decisión de su hijo. El monarca considera que la gestión del ducado debería proteger las comunidades rurales y mantener los vínculos históricos con quienes viven y trabajan en sus tierras. «No es en absoluto lo que el rey habría hecho», aseguró esa persona de su entorno.

Agricultores afectados, un boicot y una canción contra Guillermo

La controversia no se limita a las diferencias familiares. La venta de la finca ha generado preocupación entre familias de agricultores que llevan generaciones vinculadas a esas propiedades. Algunos inquilinos dispondrían de apenas seis meses para comprar las viviendas en las que residen o abandonar sus hogares.

La situación ha provocado una reacción poco habitual en una institución tan ligada a la imagen de la monarquía. Algunos vecinos han anunciado un boicot a Duchy Originals, la marca de productos ecológicos que Carlos III creó cuando todavía era príncipe de Gales. La protesta tiene un componente especialmente simbólico: los productos que llevan el sello de una iniciativa impulsada por el rey se han convertido en objetivo de quienes cuestionan ahora la gestión de su hijo.

La indignación ha llegado incluso al terreno de la sátira. Entre las protestas se ha difundido una parodia del himno británico con una frase dirigida al heredero: «Dios salve a nuestro príncipe cobarde». Una muestra de hasta qué punto el conflicto ha dejado de ser una cuestión inmobiliaria para convertirse en un problema de imagen para Guillermo.

Los afectados denuncian que la operación puede obligar a algunas familias a endeudarse para adquirir las casas en las que ya viven o, directamente, a marcharse. También cuestionan la contradicción entre el discurso público del príncipe, centrado en combatir el sinhogarismo y mejorar la salud mental, y unas decisiones patrimoniales que, según los vecinos, amenazan su estabilidad.

El modelo de Carlos frente a la nueva monarquía de Guillermo

El enfrentamiento refleja dos formas diferentes de entender el Ducado de Cornualles. Carlos III estuvo al frente de esta institución durante más de medio siglo y desarrolló una relación muy estrecha con las comunidades rurales. Sus visitas frecuentes y su defensa de la agricultura, el medioambiente y las tradiciones locales marcaron su etapa como heredero.

Guillermo, en cambio, quiere imprimir una orientación distinta. Su plan pasa por concentrar la actividad del ducado en cinco grandes áreas: las islas Sorlingas, Cornualles, Dartmoor, Bath y el barrio londinense de Kennington. La intención es vender propiedades que considera menos estratégicas y reinvertir los recursos en proyectos con un impacto social y ambiental más directo.

La estrategia, dirigida por el consejero delegado del ducado, Will Bax, contempla movilizar unos 500 millones de libras y contribuir a la creación de más de 10.000 viviendas asequibles, además de impulsar iniciativas relacionadas con las energías renovables y la recuperación de la naturaleza.

La decisión no supone, por tanto, una simple venta para obtener liquidez: representa un cambio de filosofía en la administración de uno de los patrimonios históricos de la familia real británica. Y ahí es donde aparece el desacuerdo con Carlos III, que habría preferido mantener el modelo de continuidad y protección de las comunidades que defendió durante décadas.

El Ducado pide disculpas y promete revisar las condiciones

La presión de los vecinos y la repercusión del reportaje de The Observer han obligado al Ducado de Cornualles a reaccionar. Su responsable de gestión rural se desplazó a Bradninch para reunirse con los afectados y pedir disculpas por la manera en la que se había gestionado el proceso.

Además, se comprometió a realizar nuevas valoraciones independientes de las viviendas y propiedades, acordadas con los arrendatarios y teniendo en cuenta las inversiones que estos ya habían realizado en sus hogares y terrenos.

Es un primer gesto para rebajar la tensión, aunque no cambia el plan general de Guillermo de reducir el tamaño del patrimonio del ducado. La cuestión ahora es si el heredero será capaz de modernizar la institución sin romper los vínculos con las comunidades que durante generaciones han formado parte de ella.

Mientras Carlos III observa cómo su hijo transforma el legado que él mismo administró durante décadas, Guillermo se enfrenta a un desafío delicado: demostrar que su idea de una monarquía más comprometida con los problemas actuales puede convivir con la responsabilidad de proteger a quienes viven bajo el paraguas de una de las propiedades más emblemáticas de la Corona. @mundiario