En medio de una guerra sin horizonte claro y de mensajes contradictorios desde Washington, China y Pakistán han dado el paso calculado de ocupar el espacio diplomático que deja la incertidumbre. Su plan de cinco puntos para Oriente Próximo no redefine el conflicto, pero sí introduce un elemento clave en el tablero internacional, la disputa por el liderazgo de la paz.
La iniciativa, presentada tras conversaciones entre el ministro de Exteriores chino Wang Yi y su homólogo paquistaní Ishaq Dar, se articula en torno a principios clásicos: alto el fuego inmediato, inicio de negociaciones, protección de infraestructuras civiles, garantía de la navegación en el estratégico Estrecho de Ormuz y respeto a la legalidad internacional bajo el paraguas de Naciones Unidas.
Sobre el papel, la propuesta carece de mecanismos concretos. No establece calendarios, ni mediadores definidos, ni incentivos claros para las partes en conflicto. Es, en esencia, una declaración de intenciones. Sin embargo, su importancia no reside tanto en su contenido como en su contexto.
El mensaje también está en el fondo del acuerdo. Mientras EE UU prioriza la presión militar, otros actores reclaman una salida diplomática. Y lo hacen apelando a un orden internacional basado en normas, en un momento en el que ese mismo orden parece erosionarse.
El Estrecho de Ormuz como eje estratégico
Uno de los puntos centrales del plan es la seguridad en el estrecho de Ormuz, una arteria crítica para el comercio energético global. La insistencia en restablecer la navegación es crítica para los propios intereses de Pekín y otras capitales asiáticas. Para China, principal importador de crudo iraní, la estabilidad en esta ruta no es solo una cuestión geopolítica, sino económica. La guerra no solo amenaza la seguridad regional, sino que introduce volatilidad en los mercados energéticos que impacta directamente en su crecimiento.
El papel de Pakistán en esta iniciativa es igualmente revelador. Tradicionalmente alineado con distintas potencias según el contexto, Islamabad busca ahora proyectarse como un intermediario creíble.
La oferta de acoger conversaciones entre EE UU e Irán apunta en esa dirección. Su posición geográfica, sus vínculos con actores regionales y su coordinación con Pekín le permiten aspirar a un rol que hasta ahora parecía reservado a potencias mayores.
China y la diplomacia de bajo riesgo
Para Pekín, este movimiento encaja en una estrategia de presentarse como potencia estabilizadora sin asumir los costes de una implicación directa. Ya lo hizo al mediar en el acercamiento entre Arabia Saudí e Irán en 2023, y ahora refuerza esa narrativa.
Sin embargo, su enfoque sigue siendo prudente. China evita compromisos que puedan arrastrarla a dinámicas de confrontación, limitándose a propuestas generales y a una diplomacia de perfil bajo pero constante.
Esta ambigüedad le permite mantener relaciones simultáneas con actores enfrentados, desde Teherán hasta las monarquías del Golfo, pero también limita su capacidad real de influencia en conflictos abiertos. El trasfondo de esta iniciativa es más profundo que el propio conflicto. Se trata de una pugna por definir quién lidera la gestión de las crisis internacionales.
Estados Unidos sigue siendo el actor militar dominante, pero su estrategia en Oriente Próximo ha reactivado viejos temores: guerras prolongadas, costes económicos elevados y resultados inciertos. En ese contexto, propuestas como la de China y Pakistán encuentran eco, aunque sea por contraste. @mundiario
