La transición política en Costa Rica ha adquirido un carácter inédito en una de las democracias más sólidas de América Latina. Lejos de marcar una ruptura, el relevo entre el presidente en funciones Rodrigo Chaves y su sucesora Laura Fernández Delgado se presenta como una extensión directa del proyecto político iniciado en 2022. La designación del mandatario saliente como ministro de la Presidencia —y simultáneamente de Hacienda— no solo simboliza esa continuidad, sino que plantea interrogantes de fondo sobre la arquitectura del poder en la nueva etapa.
Fernández ha definido su Ejecutivo como “el Gobierno de la continuidad”. La incorporación de Chaves al gabinete refuerza esa idea, consolidando un modelo donde la línea política, económica y de gestión se mantiene prácticamente intacta. La permanencia de figuras clave en distintas carteras y organismos públicos apunta en la misma dirección: minimizar incertidumbres y capitalizar el respaldo ciudadano del 75 % con el que el mandatario saliente concluye su mandato.
Chaves no solo aporta experiencia, sino también control político en áreas sensibles. Su rol como coordinador económico y enlace con otros poderes del Estado lo sitúa en una posición central para ejecutar la agenda reformista del nuevo Gobierno.
Sin embargo, la magnitud de sus funciones abre un debate inevitable. El ministro de la Presidencia en Costa Rica ya es, por definición, una figura clave en la articulación del Ejecutivo. Si a ello se suma la cartera de Hacienda, la supervisión de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS) y la coordinación del gabinete económico, el resultado es una concentración de poder poco habitual. Un presidente reconvertido en superministro.
A esto se añade que tener un cargo ministerial en Costa Rica garantiza inmunidad, lo que limita la posibilidad de que Chaves enfrente procesos judiciales ordinarios durante su gestión. Este aspecto ha sido uno de los puntos más criticados por la oposición, que ve en la designación no solo una apuesta política, sino también una estrategia de protección institucional.
Reforma del Estado y mayoría parlamentaria
El nuevo esquema de poder invita a una lectura dual. Por un lado, puede interpretarse como un intento de reforzar la eficacia gubernamental en un contexto marcado por desafíos estructurales, especialmente en seguridad y lucha contra el narcotráfico. Fernández y Chaves han señalado reiteradamente a otros poderes del Estado como obstáculos para la acción ejecutiva, lo que anticipa una relación institucional tensa.
Por otro lado, surge la percepción de un posible “doble mando”. Aunque formalmente la jefatura del Ejecutivo recae en Fernández, la influencia política de Chaves —sumada a su control de áreas estratégicas— podría situarlo como un actor determinante en la toma de decisiones. Esta dinámica no es inédita en América Latina, pero sí representa una novedad en la tradición política costarricense.
El contexto parlamentario añade otra capa de análisis. El nuevo Gobierno del populista de derechas Partido Pueblo Soberano (PPS) contará con mayoría absoluta, lo que facilita la aprobación de reformas legales, aunque no constitucionales. Esto otorga margen para avanzar en la agenda de transformación del Estado que ambos líderes han defendido, pero también incrementa la preocupación sobre posibles desequilibrios institucionales si no existen contrapesos efectivos.
Las referencias a modelos más centralizados en la región, utilizadas por críticos del Ejecutivo, reflejan ese temor. No obstante, el desenlace dependerá en gran medida de cómo se ejerza ese poder y de la capacidad del sistema político costarricense para mantener sus mecanismos de control.
Popularidad, legitimidad y expectativas
El elevado nivel de aprobación con el que Chaves abandona la presidencia constituye un activo político significativo. Su gestión económica y su estilo de liderazgo abrasivo han sido bien valorados por amplios sectores de la ciudadanía, lo que refuerza la legitimidad de su continuidad en el Gobierno.
Sin embargo, la seguridad sigue siendo el principal desafío pendiente. La persistencia del narcotráfico y el deterioro de la percepción de seguridad serán pruebas clave para el nuevo Ejecutivo, especialmente bajo un modelo que concentra responsabilidades en figuras ya conocidas por el electorado.
El éxito o fracaso de este modelo dependerá de un factor esencial si la concentración de poder se traduce en capacidad de gestión o en tensiones que erosionen la confianza institucional. En ese equilibrio se jugará no solo el futuro del Gobierno entrante, sino también la estabilidad de uno de los sistemas democráticos más consolidados de la región. @mundiario
