¿Efecto dominó? El referéndum de Islandia pone a Noruega contra las cuerdas

El mapa geopolítico del norte de Europa podría cambiar de forma irreversible. El referéndum de Islandia, que se celebrará este sábado 29 de agosto a instancias de la coalición de centroizquierda de la primera ministra Kristrún Frostadóttir, busca decidir si se otorga al Gobierno un mandato para reanudar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea (UE) —congeladas por Reikiavik en 2013 y suspendidas formalmente desde 2015—. Este movimiento ha encendido las alarmas en Oslo, ya que no se trata de un simple trámite bilateral entre Reikiavik y Bruselas.

Para Noruega, el resultado de esta ajustada consulta representa un desafío estructural a su propio modelo de relación con el continente, amenazando con debilitar la arquitectura del Espacio Económico Europeo (EEE) y forzando a la sociedad noruega a mirar de frente un debate de integración que mantiene inactivo desde su último referéndum de 1994.

Para comprender la incomodidad de las autoridades noruegas, es necesario analizar la arquitectura del Tratado del EEE, el mecanismo que permite a los países de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC / EFTA) participar en el mercado único comunitario sin ser miembros de pleno derecho de la UE.

Cuando el acuerdo se concibió a principios de los años noventa, la correlación de fuerzas era considerablemente más equitativa. Sin embargo, la posterior absorción de Austria, Finlandia y Suecia por parte de la UE inició una tendencia de asimetría que el posible «sí» de Islandia llevaría al extremo. El ministro de Asuntos Exteriores noruego, Espen Barth Eide, ilustró de forma matemática este declive institucional: el equilibrio de poder, que en origen se estructuraba en una relación de 12 países comunitarios frente a 7 no miembros, pasaría a ser de 28 frente a apenas 2.

Si Islandia completa su integración en la Unión, el pilar no miembro del EEE se reduciría a Noruega y Liechtenstein, un microestado de 40.000 habitantes cuya economía está integrada con Suiza. En términos prácticos, el acuerdo multilateral se transformaría en un pacto de facto bilateral entre la maquinaria de Bruselas y Oslo. Esta posición dejaría a Noruega como el único gran dinamizador económico del mercado único que carece de voz, voto y asiento en las mesas donde se redactan las normativas comerciales que está obligada a implementar.

Soberanía, pesca y las razones del escepticismo histórico

La resistencia de Noruega a la plena integración europea no es un fenómeno nuevo ni superficial. Los ciudadanos noruegos han rechazado la adhesión en dos plebiscitos históricos (1972 y 1994) con márgenes estrechos pero decisivos (53,5% y 52% respectivamente). Las corrientes de opinión pública actuales reflejan que el escepticismo permanece arraigado: encuestas recientes del diario ABC Nyheter sitúan el rechazo a la UE en un 49%, frente a un 37% de apoyo.

Los factores económicos y culturales que determinaron el ‘no’ en el siglo XX siguen vigentes, destacando la gestión de recursos a través del control soberano sobre las cuotas pesqueras y las políticas agrícolas frente a las directrices comunes de Bruselas. Asimismo, persiste la autonomía institucional expresada en la renuencia a transferir competencias legislativas a un bloque supranacional donde la influencia relativa de Oslo sería limitada, a lo que se suma una fractura social marcada por el temor de la clase política a reabrir debates identitarios que históricamente dividieron a comunidades y familias enteras.

La particularidad del proceso actual en Islandia es que no plantea una adhesión inmediata, sino la apertura de una vía de negociación por fases que culminaría en una segunda consulta con las condiciones definitivas sobre la mesa. Este enfoque escalonado es visto con atención por los laboratorios de ideas y los partidos proeuropeos noruegos, que confían en que un acuerdo favorable para Islandia —especialmente en el sector pesquero— debilite los argumentos del euroescéptico Partido de Centro y dinamice la postura de formaciones como el Partido Liberal o el ala conservadora.

Los sectores de la política noruega señalan que el contexto de seguridad y gobernanza en el norte de Europa ha mutado radicalmente desde la consulta de 1994. A medida que Bruselas profundiza su integración institucional en materia de defensa común y endurece sus regulaciones del Pacto Verde Europeo, la capacidad de los Estados que solo forman parte del Espacio Económico Europeo (EEE) para influir en las directivas disminuye de forma progresiva.

El debate en Oslo ha ganado una urgencia renovada ante el temor de que un voto afirmativo en Reikiavik deje al Gobierno del primer ministro Jonas Gahr Støre en una posición de relativo aislamiento diplomático. Noruega arriesga quedar como el único miembro de gran peso en la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) con acceso al mercado interior, pero obligada a adoptar las normativas de la Unión Europea sin poseer voto ni representación directa en sus instituciones.

A pesar de que los líderes de ambos países escandinavos han insistido en que el Acuerdo del EEE se mantendrá operativo sea cual sea el desenlace, la viabilidad política de una estructura tan descompensada plantea dudas razonables a largo plazo. Una victoria del bloque favorable a la negociación en Islandia no arrastrará automáticamente a Noruega hacia el club comunitario, pero retirará de forma definitiva la narrativa de que el EEE actual constituye una alternativa colectiva, sólida y permanente a la membresía plena de la Unión Europea. @mundiario