Mohamed Salah vuelve a ser noticia… pero esta vez no por un gol en Anfield. Según Footmercato, el Al Ittihad ya está en conversaciones con el agente del egipcio, Ramy Abbas Issa, para intentar ficharle este verano. Y lo realmente importante no es el interés saudí —eso ya lo hemos visto— sino el matiz: ahora Salah estaría más abierto que nunca a marcharse.
Porque el contexto ha cambiado. Salah renovó hasta 2027 y fue el motor del Liverpool campeón en la 2024-25, pero este curso el relato se torció. Su suplencia a finales de noviembre y principios de diciembre dejó heridas, y sus declaraciones posteriores, señalando al club y a Arne Slot, destaparon una crisis interna que parecía impensable hace un año. En Liverpool, cuando un ídolo se siente señalado, el adiós deja de ser un rumor para convertirse en amenaza.
Arabia, mientras tanto, huele sangre. El Al Ittihad acaba de perder a Benzema (ahora en Al Hilal) y a Kanté (Fenerbahçe), y su proyecto necesita una nueva cara mundial. Además, la posible salida de Fabinho en junio deja hueco emocional y deportivo: Salah no sería solo un fichaje, sería el nuevo estandarte. El golpe de marketing y poder sería brutal.
Lo curioso es que hace apenas horas se especulaba con otro escenario: que Salah fuera el heredero de Cristiano en Al Nassr. Pero el hecho de que Al Ittihad ya haya movido ficha demuestra algo que en el mercado saudí se entiende mejor que en Europa: cuando una estrella duda, se acelera la operación. No se espera. Se ataca.
Y el Liverpool, por primera vez en años, se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿puede permitirse perder a Salah… aunque tenga contrato? En teoría, sí. En la práctica, no. Porque hay futbolistas que son goles, asistencias y récords. Y luego están los que son identidad. Salah pertenece a esa segunda categoría.
Si el egipcio abre la puerta, Arabia no va a llamar: va a entrar. Y si el Liverpool no recompone la relación a tiempo, este verano puede convertirse en el principio del fin de una era. @mundiario
