Hay conflictos que nacen de un desacuerdo puntual y otros que acaban convirtiéndose en una crisis de confianza. Lo que está ocurriendo entre el Deportivo y una parte significativa de su masa social pertenece ya a esta segunda categoría. El problema dejó hace tiempo de ser únicamente la reorganización de Maratón Inferior o las medidas adoptadas para combatir los comportamientos sancionables. Lo que hoy está en juego es la relación entre un club histórico y una afición que ha sido decisiva para mantenerlo vivo en sus años más difíciles.
El comunicado difundido por el Deportivo supone un nuevo capítulo en una crisis que, lejos de remitir, continúa creciendo. La entidad denuncia insultos y presiones dirigidos a algunos futbolistas para que se posicionen públicamente sobre un conflicto que corresponde al ámbito institucional del club. Si esos hechos se han producido, la condena debe ser rotunda. Ningún jugador puede convertirse en destinatario de amenazas, coacciones o campañas personales por decisiones que no le corresponden. El deber del club de proteger a sus profesionales resulta incuestionable.
También es comprensible que la entidad quisiera preservar a entrenador y futbolistas durante las comparecencias públicas posteriores al encuentro frente al Elche. El regreso del Deportivo a Primera División debía ser una celebración deportiva, y resulta lógico evitar que quienes solo pueden responder desde el terreno de juego carguen con un debate que pertenece a los despachos. La explicación ofrecida ahora por el club ayuda a entender una decisión que el pasado fin de semana sorprendió a periodistas y aficionados. Pero comprender esa parte del relato no significa dar por resuelto el conflicto. Al contrario. La cuestión de fondo sigue intacta.
Proteger a los jugadores es compatible con recuperar el diálogo con la grada y en ningún caso justifica la censura a la prensa. La mano tendida de los Riazor Blues no debería quedar sin respuesta
El Deportivo recuerda que ha flexibilizado algunas de las condiciones inicialmente impuestas a los abonados de Maratón Inferior, permitiendo procedimientos telemáticos, la cesión de carnés y la liberación de asientos en igualdad de condiciones con el resto del estadio. Son rectificaciones que evidencian capacidad para corregir decisiones cuando existe margen para ello. Sin embargo, esas modificaciones no han conseguido recomponer una confianza que ya estaba profundamente deteriorada.
La protesta naranja, el silencio durante buena parte del encuentro, la ausencia de animación que convirtió Riazor en un estadio irreconocible y las movilizaciones de las últimas semanas no nacen únicamente de una discrepancia administrativa. Son la expresión visible de una fractura emocional entre dos actores que hasta hace muy poco caminaban en la misma dirección.
Conviene recordar de dónde viene esa relación. Durante los años más duros del Deportivo, cuando el club competía en Primera RFEF y el regreso al fútbol profesional parecía una quimera, la afición sostuvo el proyecto con cifras de abonados inéditas para una categoría semiprofesional. Las recepciones multitudinarias, los desplazamientos masivos, los tifos de Maratón Inferior y el respaldo constante fueron parte esencial del camino que condujo de nuevo a Primera División. Aquella comunión alcanzó también a la propiedad, representada por Juan Carlos Escotet, cuya implicación fue reconocida reiteradamente desde la grada. Por eso resulta especialmente llamativo que la ruptura haya sido tan rápida y tan profunda.
Las razones que llevaron al club a endurecer determinadas medidas tampoco pueden ignorarse. Las sanciones acumuladas, las importantes multas económicas y las amenazas de cierre parcial del estadio obligaban a actuar. Ningún consejo de administración responsable puede mirar hacia otro lado cuando la viabilidad deportiva y económica del club corre riesgos por decisiones disciplinarias reiteradas. El problema, probablemente, no ha estado tanto en el objetivo perseguido como en la forma de alcanzarlo.
En las últimas semanas, además, se han ido acumulando pequeñas controversias que, individualmente, podrían parecer menores, pero que juntas alimentan un clima de malestar: la gestión de la atención al socio, las incidencias con los carnés, la visibilidad afectada por nuevas instalaciones audiovisuales, las críticas por el estado de algunos servicios del estadio o el fuerte incremento del precio de los abonos. Ninguno de estos asuntos explica por sí solo la crisis, pero todos contribuyen a aumentar la sensación de distancia entre la institución y quienes la sostienen cada domingo.
Una señal relevante
Sin embargo, en medio de esta escalada existe un dato que merece ser destacado porque puede marcar la diferencia. Según distintas fuentes conocedoras de los contactos mantenidos durante los últimos días, los colectivos de Maratón Inferior, entre ellos los Riazor Blues, han trasladado su disposición a dejar atrás los insultos y rebajar la tensión si se abre una negociación real con el club. Es una señal relevante. No implica que las posiciones estén próximas, pero sí que todavía existe espacio para el entendimiento. Precisamente por eso sería un error interpretar el conflicto únicamente como una confrontación entre autoridad y protesta. Cuando ambas partes conservan algún margen para escucharse, la responsabilidad consiste en aprovecharlo antes de que el desgaste haga imposible cualquier acuerdo.
El Deportivo ha demostrado capacidad para rectificar algunas decisiones. Los colectivos afectados, por su parte, parecen mantener abierta la puerta a una salida dialogada. Entre ambas posiciones existe un terreno que todavía puede recorrerse, sin que la censura a la prensa sea admisible en ningún caso. de hecho, periodistas deportivos de Galicia ya denunciaron la censura del Dépor en la rueda de prensa de Ximo Navarro.
El regreso a Primera División debía convertirse en el inicio de una nueva etapa de ilusión compartida. Sería una paradoja que el mayor obstáculo para consolidarla no llegase desde los rivales, sino desde una fractura interna perfectamente evitable. Porque el Deportivo puede proteger a sus jugadores, combatir los comportamientos sancionables y defender el cumplimiento de la normativa. Pero también necesita recuperar aquello que durante décadas convirtió a Riazor en un estadio diferente: la convicción de que, incluso en el desacuerdo, club y afición reman en la misma dirección. @mundiario
