El Deportivo no puede permitirse la guerra interna que tiene montada

El Deportivo de A Coruña esperó ocho años para regresar a Primera División y su primera noche de vuelta en Riazor terminó ofreciendo una imagen que nadie habría imaginado unos meses atrás. Miles de camisetas naranjas, una huelga de animación, protestas contra la propiedad y una Marathón que durante cuarenta minutos renunció voluntariamente a hacer aquello que mejor sabe hacer: empujar al equipo. El problema ya no es una discusión sobre unos abonos. Es una fractura entre el Deportivo institucional y una parte fundamental del Deportivo social. Y ha llegado demasiado lejos.

El origen está en las llamadas Condiciones Particulares del Abono de Marathón Inferior implantadas este verano. El documento, de veinte páginas y exclusivo para esa grada, establece identificación reforzada, aceptación expresa de unas normas específicas, controles aleatorios de identidad y amplias facultades para reorganizar o reubicar individual o colectivamente a abonados, incluso de forma preventiva, temporal o definitiva. Entre los motivos que contempla aparecen razones de seguridad y organización, pero también razones operativas o comerciales. Además, el incumplimiento puede terminar en la suspensión del abono sin devolución y el propio texto establece que Marathón Inferior no podrá utilizarse para promover determinadas reivindicaciones ajenas al hecho deportivo. Son cláusulas suficientemente amplias como para entender por qué muchos aficionados sintieron que dejaron de renovar un simple abono para empezar a aceptar un régimen de excepción.

Ahora bien, sería profundamente injusto contar solamente esa mitad de la historia. El Deportivo tenía un problema real y tenía que intervenir. El club asegura que la RFEF abrió la pasada temporada 17 expedientes disciplinarios por hechos producidos en Marathón Inferior, principalmente cánticos contrarios a la normativa y, posteriormente, lanzamientos de objetos. Las sanciones ya cuantificadas superan los 267.000 euros y existen dos propuestas de cierre parcial de la grada. A eso se sumó posteriormente la propuesta de Antiviolencia de cerrar Riazor durante un mes y multar al club con 80.000 euros tras los incidentes producidos durante la celebración del ascenso frente a Las Palmas. Pretender que el Deportivo podía seguir pagando multas y mirar hacia otro lado tampoco sería serio.

Ahí aparece precisamente la gran diferencia entre tener razón y gestionar bien esa razón. Federación de Peñas, Riazor Blues y Old Faces no discuten que haya conductas que deban desaparecer. En la reunión mantenida el 5 de agosto ofrecieron comprometerse a trabajar para erradicar los cánticos sancionables a cambio de retirar las condiciones particulares o, al menos, suspenderlas temporalmente mientras se buscaba otra solución. Según su versión, el club rechazó ambas posibilidades. Los colectivos consideran que aproximadamente 4.000 abonados están pagando colectivamente por los actos de una minoría y contraponen ese endurecimiento hacia la grada popular con el crecimiento del modelo comercial del estadio. Es una interpretación legítima: el propio Deportivo anunció este año la ampliación de su oferta de hospitality, con ocho espacios y productos como Club Riazor o Bar Bruma. Lo que no puede afirmarse es que esa apuesta comercial sea la causa de las medidas de Marathón.

Después llegaron los errores que convirtieron la discrepancia en una guerra. Hubo manifestación frente a la sede de Abanca, ausencia organizada durante el Teresa Herrera y huelga indefinida de animación. Frente al Elche, los colectivos pidieron acudir de naranja, reducir a cero el consumo en los ambigús y concentrar la protesta sonora entre los minutos 40 y 45. El club, mientras tanto, había cedido en dos cuestiones: permitió iniciar telemáticamente la renovación y posteriormente habilitó la cesión y liberación de localidades en Marathón Inferior. Es decir, ha existido movimiento por ambas partes, pero ninguna ha conseguido transformar esas pequeñas cesiones en un acuerdo.

Dos periodistas preguntaron a Ximo Navarro por el ambiente vivido en Riazor y el club impidió que contestase al considerar la pregunta «improcedente»

Y entonces apareció el episodio más difícil de defender para el Deportivo. Después del encuentro contra el Elche, dos periodistas preguntaron a Ximo Navarro por el ambiente vivido en Riazor y el responsable de prensa impidió que contestase al considerar la pregunta «improcedente». Agaxorde, la Asociación de la Prensa de A Coruña y posteriormente la Asociación Española de la Prensa Deportiva rechazaron aquella actuación. El club explicó después que pretendía proteger a sus trabajadores y denunció que algunos futbolistas estaban sufriendo insultos y presiones, también a través de redes sociales y mensajería privada, para obligarlos a posicionarse. Asegura tener esos hechos documentados y en manos de sus servicios jurídicos. Federación, Riazor Blues y Old Faces lo niegan rotundamente. A día de hoy, por tanto, las presiones son una denuncia formal del Deportivo, no un hecho que podamos atribuir públicamente a esos colectivos.

¿Quién tiene entonces razón? Si hay que poner números, 60% para la afición y 40% para el club en cómo se ha gestionado el conflicto hasta ahora. Pero el porcentaje cambia si analizamos únicamente su origen: ahí el Deportivo tiene argumentos incontestables para actuar. Diecisiete expedientes, cientos de miles de euros en sanciones y amenazas de cierre obligan a tomar medidas. Riazor Blues, Old Faces y cualquier otro colectivo deben asumir que determinados cánticos, lanzamientos y comportamientos tienen que desaparecer. No hay tradición, sentimiento ni historia que justifique poner en riesgo al Deportivo. El error del club ha sido convertir una necesidad legítima de identificar y sancionar individualmente al infractor en un documento tan amplio que miles de personas que nunca provocaron un incidente pueden sentirse tratadas como sospechosas.

Pero a partir de aquí debería comenzar otro artículo, porque seguir rebuscando quién golpeó primero no va a llenar de ruido Riazor. Hay una realidad que tampoco debería borrarse entre los cánticos de «Dépor sí, Abanca no»: sin Abanca resulta imposible saber dónde estaría hoy el Deportivo. No podemos afirmar que hubiese desaparecido ni inventarnos una categoría en la que habría terminado, pero sí sabemos dónde estaba económicamente. En 2020 acumulaba más de 83 millones de euros de deuda y un patrimonio neto negativo cercano a los 73 millones. Juan Carlos Escotet llegó a definir el proyecto como inviable sin decisiones inmediatas. Abanca ya había concedido en 2017 un préstamo de 45 millones que permitió cancelar deuda privilegiada con Hacienda y, tres años después, capitalizó otros 35 millones de deuda y pasó a controlar aproximadamente el 78% del club. Eso no es una opinión: forma parte de la historia económica reciente del Deportivo.

Abanca aportó estabilidad económica al Dépor y la afición mantuvo el sentimiento: enfrentarse ahora equivale a dispararle al Deportivo desde los dos lados

Reconocerlo no obliga a entregar a Juan Carlos Escotet, Michelle Clemente, Massimo Benassi o cualquier dirigente un cheque en blanco. Salvar económicamente una institución no significa adquirir inmunidad frente a la crítica. Abanca convirtió al Deportivo en una entidad financieramente viable cuando estaba contra las cuerdas, pero durante los años posteriores hubo otra parte que sostuvo algo que ningún balance contable puede comprar: el vínculo con la ciudad. Mientras el equipo jugaba en el tercer escalón, Riazor siguió llenándose, miles de deportivistas recorrieron España y el club conservó una dimensión social impropia de la categoría en la que competía. Una parte puso estabilidad económica y otra mantuvo el sentimiento. Enfrentarlas ahora equivale a dispararle al Deportivo desde los dos lados.

Por eso Massimo Benassi tiene que sentarse con la Federación de Peñas, Riazor Blues y Old Faces, como estos han solicitado, y hacerlo con capacidad real para negociar. El consejo de administración debería respaldar una revisión de las cláusulas que excedan estrictamente las necesidades de identificación, seguridad y cumplimiento normativo. Y los representantes de Marathón deberían comprometerse por escrito a erradicar cánticos sancionables, colaborar en la identificación individual de quien lance objetos o protagonice incidentes y aislar cualquier comportamiento violento. Control individual, nunca culpabilidad colectiva; libertad para animar y protestar, nunca impunidad. Ahí existe un terreno común más grande de lo que los comunicados de ambas partes hacen parecer.

También hay que sacar inmediatamente de la batalla a quienes no la provocaron. Fernando Soriano ya pidió públicamente que se encuentren puntos de encuentro y que Riazor vuelva a ser lo que era; Antonio Hidalgo también reclamó unidad antes del estreno liguero. Ellos, sus técnicos y los futbolistas no pueden convertirse en un referéndum ambulante sobre Marathón. Si un periodista quiere preguntarles por el ambiente, debe poder hacerlo y el protagonista decidirá si desea contestar. Si un aficionado quiere protestar contra la propiedad, debe poder hacerlo dentro de la legalidad. Y si alguien insulta, amenaza o presiona personalmente a un jugador, dirigente o aficionado, debe responder individualmente por ello. Ninguna de esas cosas es incompatible.

El Deportivo acaba de recuperar en el campo aquello que tardó ocho años en reconstruir. No puede permitirse empezar a perderlo en los despachos y en la grada. El deportivismo no es solamente una cartera de clientes y los colectivos de animación deben entender que amar al Deportivo también implica evitar conductas que lo perjudican económica e institucionalmente. Ninguno tiene que rendirse; los dos tienen que ceder.

Porque esta historia reciente deja una conclusión clara. Abanca puso dinero cuando al Deportivo le faltaba aire y el deportivismo puso aliento cuando al Deportivo le faltaba fútbol. Los dos fueron necesarios para llegar hasta aquí. Y precisamente por eso resulta todavía más triste que, después de todo lo que costó regresar a Primera, no seamos capaces de disfrutarlo por disputas internas y problemas que hace unos años habrían parecido secundarios frente a todo lo que estaba en juego. Quizá haya llegado el momento de dejar de mirar aquello que separa a unos y otros y empezar a remar todos hacia el mismo lado. Porque, por encima de Marathón, de las peñas, de los dirigentes y de cualquier conflicto entre unos y otros, hay algo que debería estar siempre por delante: el Real Club Deportivo de A Coruña. @mundiario