El Deportivo vuelve a mirar a Primera: una remontada con aroma a regreso histórico

Hubo un tiempo en que el Deportivo de La Coruña vivía instalado en la normalidad de la élite. Europa, títulos, noches grandes y futbolistas de primer nivel formaban parte del paisaje habitual de un club que parecía destinado a permanecer para siempre entre los grandes del fútbol español. Por eso, cada paso hacia el regreso a Primera tiene en A Coruña algo de reparación sentimental, de ajuste pendiente con la historia. La remontada ante el Andorra en un Riazor abarrotado no fue solo una victoria; fue una de esas tardes que condensan el alma de un ascenso.

El 2-1 final deja al Deportivo a un triunfo de regresar a la máxima categoría. Pero más allá de las matemáticas, el encuentro confirmó algo quizá más importante: este equipo ya compite como un aspirante serio, maduro y emocionalmente preparado para soportar la presión que acompaña a los objetivos grandes. Porque el partido tuvo precisamente todo aquello que suele separar a los equipos convencidos de los que se quedan en el camino: sufrimiento, dudas, resistencia y una reacción de carácter cuando el escenario se volvió adverso.

Durante muchos minutos, el Andorra fue mejor. Más ordenado, más dominador y más cómodo con el balón. El equipo tricolor manejó el ritmo del encuentro con una personalidad notable y silenció por momentos a un Deportivo atenazado por la trascendencia de la cita. El gol de Cerdá, culminando una acción de enorme calidad colectiva, instaló el nerviosismo en las gradas y recordó hasta qué punto el fútbol puede convertirse en una carga psicológica cuando el premio está tan cerca.

Mario Soriano y Zakaria desataron la locura en una segunda parte memorable. El Deportivo depende de sí mismo para regresar a Primera División

El Deportivo parecía atrapado entre la ansiedad y la responsabilidad. Le costaba encontrar a Yeremay, Mario Soriano aparecía demasiado vigilado y el equipo vivía más pendiente de no cometer errores que de imponer su fútbol. El Andorra olió el miedo y gobernó el primer tiempo con autoridad. Incluso pudo ampliar la ventaja antes del descanso, del mismo modo que el Dépor pudo haber empatado en los minutos finales.

El fútbol de los ascensos rara vez pertenece a los equipos perfectos. Suele premiar a los que saben resistir los malos momentos sin derrumbarse. Y ahí apareció el verdadero valor competitivo de este Dépor.

La salida tras el descanso cambió completamente la atmósfera del encuentro. El golazo de Mario Soriano nada más comenzar la segunda mitad tuvo algo más profundo que el empate. Fue un golpe emocional. Un mensaje a la grada y al propio equipo de que todavía quedaba mucho por escribir. El disparo del madrileño a la escuadra no solo reactivó a Riazor: despertó a un Deportivo que hasta entonces jugaba con el peso del miedo.

El público de Riazor, protagonista

A partir de ahí apareció el otro gran protagonista de la tarde: el público del estadio. Riazor lleva semanas funcionando como una gigantesca corriente emocional que arrastra al equipo incluso en sus momentos más grises. El Deportivo ha encontrado en su afición un combustible competitivo extraordinario. En una época donde el fútbol moderno parece cada vez más frío y corporativo, la conexión entre el club coruñés y su grada conserva algo profundamente clásico, casi romántico.

Y entonces llegó Zakaria Eddahchouri. Su control orientado dentro del área y la definición posterior explican por qué ciertos delanteros poseen un instinto imposible de enseñar. El delantero holandés resolvió la jugada con la naturalidad de los viejos arietes, esos atacantes capaces de fabricar medio gol en un espacio mínimo. Su tanto desató una explosión colectiva en un estadio que ya empieza a tener aroma de Primera División.

El mérito del Deportivo no estuvo únicamente en remontar, sino en hacerlo después de un partido incómodo, espeso y emocionalmente cargado. Durante años, el club coruñés se acostumbró a convivir con la frustración: descensos traumáticos, proyectos fallidos, ansiedad institucional y temporadas atrapadas en la sensación de decadencia permanente. Por eso este equipo transmite ahora algo distinto. Tiene defectos, atraviesa fases de desconexión y todavía muestra fragilidades, pero ha desarrollado una resiliencia competitiva imprescindible para subir. Y, además, con canteranos con mucho mérito, como Bil Nsongo o Noé, dos futbolistas formados junto a Manuel Pablo en el Fabril, que seguramente tienen mucho que decir en el mundo del fútbol.

También hay una lectura simbólica en todo lo ocurrido. El Deportivo parece reconciliarse poco a poco con su propia dimensión histórica. Sin caer en nostalgias paralizantes ni en la arrogancia de quien cree que el pasado garantiza el futuro, el club empieza a recuperar una identidad competitiva reconocible. Y eso, en el fútbol contemporáneo, resulta mucho más difícil de construir que una simple plantilla.

La próxima parada será Valladolid. Y si no, quedará Riazor ante Las Palmas. Dos oportunidades para culminar un viaje larguísimo hacia el lugar del que muchos en A Coruña creen que el Deportivo nunca debió salir. Pero incluso antes de que el ascenso se consume, esta remontada ya deja una conclusión evidente: el Dépor vuelve a parecer un equipo de Primera mucho antes de regresar oficialmente a ella. @mundiario