Hay coches de competición que trascienden los resultados que consiguieron en la pista y terminan convertidos en piezas de historia. El McLaren MCL37A de 2023 es uno de ellos: llevó a Lando Norris a dos podios consecutivos y, después de su etapa deportiva, participó en el rodaje de F1 The Movie, con Brad Pitt al volante a velocidades de hasta 317 km/h. Ahora, el monoplaza está a la venta y su valoración podría acercarse a los ocho millones de euros. Su atractivo no reside únicamente en la ingeniería de la Fórmula 1, sino en la combinación de rendimiento deportivo, relevancia histórica y exposición cinematográfica. Pocas máquinas reúnen una trayectoria tan singular entre el automovilismo profesional y Hollywood.
El ejemplar, identificado como MCL37A 2023 número 3, corresponde al tercer chasis construido por McLaren para aquella temporada. En manos de Norris, consiguió dos segundos puestos consecutivos en los Grandes Premios de Singapur y Japón, resultados que reflejaron la transformación de una escudería que había comenzado el campeonato con dificultades. Aunque el vendedor no ha confirmado todas las carreras en las que participó este chasis, su vínculo con aquellos resultados le aporta un valor deportivo concreto. No se trata, por tanto, de una réplica fabricada para exhibición ni de un monoplaza concebido exclusivamente para el cine. Es una máquina vinculada a una etapa decisiva en la recuperación competitiva de McLaren.
La temporada 2023 fue un punto de inflexión para el equipo de Woking. Después de un inicio complicado, las mejoras técnicas permitieron que el monoplaza ganara competitividad y que Norris comenzara a pelear con mayor regularidad en las posiciones delanteras. El británico terminó el campeonato en la cuarta posición, mientras que su compañero Oscar Piastri finalizó noveno en su primera campaña en la categoría. Aquella evolución no solo cambió el desarrollo de ese año: también contribuyó a establecer las bases sobre las que McLaren consolidaría su crecimiento en las temporadas posteriores. El coche que ahora busca comprador pertenece a ese proceso de reconstrucción, una circunstancia que lo distingue de otros monoplazas históricos cuya relevancia se mide principalmente por una victoria o un campeonato.
El mercado de coches de competición de colección funciona con criterios distintos a los de la compraventa convencional. El valor no depende únicamente del coste de fabricación, los materiales o la potencia, sino también de la procedencia, el historial deportivo, la rareza y las personas vinculadas a cada unidad. En este caso, el pasado competitivo con Norris y su posterior participación en una producción cinematográfica de gran alcance suman dos dimensiones poco habituales. La venta está gestionada por Tom Hartley Jr, un especialista británico en automóviles de alta gama y colección, mientras que McLaren continúa siendo la propietaria del vehículo. Esa particularidad añade interés a la operación: el comprador no adquiere solo un objeto de exposición, sino un monoplaza cuyo funcionamiento se ha mantenido bajo la supervisión de la escudería.
La transición del circuito al cine comenzó después de que el coche dejara de competir y pasara por el programa de pruebas de McLaren. En esa etapa fue utilizado por pilotos como Norris, Piastri y Mick Schumacher, antes de quedar bajo custodia del equipo. En 2025 volvió a ponerse a punto para una misión diferente: participar en el rodaje de F1 The Movie. La producción necesitaba coches reales capaces de ofrecer imágenes y sensaciones cercanas a las de un fin de semana de Gran Premio, y el MCL37A reunía las condiciones técnicas para hacerlo. Así, un monoplaza nacido para competir pasó a formar parte de una película que buscaba acercar al público a la exigencia física y tecnológica de la categoría.
De la competición a la pantalla grande
Para preparar el rodaje, Brad Pitt recibió entrenamiento específico y trabajó con el simulador de McLaren antes de pilotar el coche en un circuito real. La preparación incluyó también el ajuste personalizado del asiento, un procedimiento esencial para que el conductor pueda controlar el monoplaza con seguridad y precisión. Aunque el actor había experimentado previamente con coches de competición durante la producción, conducir un Fórmula 1 de esa generación representaba un salto considerable. La experiencia exigía familiarizarse con la respuesta del acelerador, la frenada, la carga aerodinámica y las reacciones de una máquina diseñada para pilotos profesionales. La película convirtió ese proceso en parte de su propuesta: mostrar el automovilismo desde dentro y reducir la distancia entre la ficción y la realidad.
La velocidad alcanzada por Pitt, 317 km/h, es uno de los datos que mejor ilustran la dimensión de aquella experiencia. No se trataba de conducir un deportivo de carretera preparado para una escena, sino de ponerse a los mandos de un auténtico monoplaza de Fórmula 1. La cifra, por sí sola, no convierte al actor en un piloto profesional ni equivale a completar una carrera bajo las exigencias de un Gran Premio, pero sí demuestra hasta qué punto el rodaje se apoyó en máquinas reales y una preparación específica. Para el público, ese detalle refuerza la autenticidad de las imágenes; para los aficionados, añade una historia extraordinaria al historial de un coche que ya había competido al máximo nivel.
La operación también refleja cómo el cine y el deporte pueden ampliar el valor cultural de un objeto. Durante décadas, los monoplazas históricos interesaron principalmente a coleccionistas, museos y aficionados capaces de reconocer sus detalles técnicos. Una película de alcance internacional puede convertir uno de esos vehículos en una pieza reconocible para una audiencia mucho más amplia. El McLaren de Norris tiene una historia deportiva que los seguidores de la categoría pueden identificar, pero su relación con Brad Pitt le abre la puerta a compradores interesados en el entretenimiento, la cultura popular y los objetos vinculados a grandes producciones. Esa convergencia entre disciplinas contribuye a explicar por qué su precio potencial supera con facilidad el de muchos coches exclusivos, incluso fuera del universo de la competición.
Según Marca, el monoplaza se ofrece a través de Tom Hartley Jr y su precio no se ha hecho público: la cifra de ocho millones de euros es una estimación, no un importe confirmado por el vendedor. McLaren sigue siendo la propietaria y ha mantenido el coche en condiciones de funcionamiento, un factor relevante para quienes valoran la posibilidad de contemplar su tecnología más allá de una exhibición estática. Sin embargo, que un Fórmula 1 pueda funcionar no significa que esté habilitado para circular por vías públicas ni que su mantenimiento resulte sencillo. Su uso exige conocimientos especializados, instalaciones adecuadas y recursos acordes con una máquina concebida para la competición. La compra implica, por tanto, asumir tanto el privilegio de poseerla como las obligaciones de conservarla.
El McLaren MCL37A representa mucho más que una oportunidad para adquirir un coche extraordinario. Su recorrido reúne una etapa de crecimiento deportivo de la escudería, dos podios de Norris y una experiencia cinematográfica que permitió a Brad Pitt alcanzar velocidades propias de la máxima categoría. Si finalmente se aproxima a los ocho millones de euros, el precio hablará tanto de su historia como de la capacidad del mercado para convertir el patrimonio deportivo en un activo de colección. La Fórmula 1 fabrica máquinas destinadas a competir durante un periodo limitado, pero algunas terminan viviendo muchas vidas después de abandonar la pista. Este monoplaza es un ejemplo de ello: primero fue una herramienta para buscar resultados, después una pieza de cine y ahora aspira a convertirse en el tesoro privado de un coleccionista. @mundiario
