El hackeo a OpenAI: usan Claude de Anthropic para robar código privado de GitHub

El hackeo a OpenAI se ejecutó con el modelo de su rival directo. Un grupo reducido de investigadores de ciberseguridad usó Claude, la herramienta de Anthropic, para acceder a la cuenta de ChatGPT de un empleado de la compañía, leer información privada de software y proponer cambios en el código, según el relato que publica Ars Technica. La entrada no se produjo por una grieta en el modelo, sino por los permisos asociados a una cuenta corporativa.

El matiz importa: no hablamos de un ataque contra la infraestructura de entrenamiento, sino de acceso a información privada de software y de la capacidad de sugerir modificaciones. Eso apunta a repositorios de código vinculados a la identidad del trabajador, con permisos heredados de una sesión ya autenticada. El incidente se conoce por el proveedor rival, no por la compañía afectada. El relato no aclara si hubo copia de archivos ni si OpenAI ha abierto una investigación interna.

Claves de la operación

  • El vector fue una cuenta, no un modelo. Los investigadores no rompieron las salvaguardas de GPT ni las de Claude: entraron en la sesión de un trabajador y desde ahí alcanzaron software privado.
  • La operación era una auditoría remunerada. Trabajaban con una herramienta de Anthropic diseñada para profesionales de la seguridad y cobraron por el trabajo, dentro de un programa para localizar fallos antes de que los explote un atacante.
  • El golpe cae sobre el negocio empresarial. OpenAI vende confianza a grandes cuentas y el hallazgo lo firma, precisamente, su competidor más directo.

El agujero no está en el modelo, está en la cuenta del empleado

La operación, además, era legítima en su origen. Los investigadores recibieron acceso a una herramienta de Anthropic pensada para profesionales de la seguridad y cobraron por el trabajo dentro de un programa de búsqueda de vulnerabilidades. Es el mecanismo habitual del sector: se paga a quien encuentra el fallo antes de que lo explote un atacante. La diferencia, en esta ocasión, es la identidad del auditor y la del auditado.

Los bug bounty se han convertido en una partida fija del gasto en seguridad de los grandes laboratorios de IA. Se paga por hallazgo y se firma confidencialidad antes de publicar, con rangos que en el sector van de cuatro a seis cifras según la criticidad. Aquí se cumplió el protocolo: acceso concedido, trabajo remunerado y hallazgo reportado a tiempo. Auditoría, no intrusión.

El problema para OpenAI no es técnico, es de mercado. Sus clientes empresariales compran confianza antes que capacidad de cómputo. Cualquier banco europeo que integre sus modelos en producción debe pasar un cuestionario de seguridad y auditar a sus proveedores tecnológicos, una obligación que la normativa DORA convirtió en papel firmado desde enero de 2025.

Un laboratorio de IA puede permitirse fallar en una demo; lo que no puede permitirse es fallar en el informe de seguridad que firma un cliente corporativo.

La ironía competitiva es difícil de ignorar. El informe llega en plena puja por contratos empresariales entre OpenAI y Anthropic, dos compañías que pelean por el mismo presupuesto y por el mismo relato de seguridad. Que la herramienta de una sirva para auditar a la otra convierte el hallazgo en argumento comercial, no en simple nota técnica. El relato de seguridad también se vende.

Anthropic arma al auditor que deja en evidencia a OpenAI

Anthropic no ha presentado el episodio como un triunfo, y probablemente no lo haga. Su herramienta para profesionales de seguridad es un producto comercial con verificación previa de identidad y reglas estrictas de uso. Su valor depende de que todo el ecosistema la considere neutral. Si se percibe como un arma contra un competidor concreto, pierde buena parte de su razón de ser.

Conviene separar dos cosas que el titular tiende a mezclar: ‘hackeo’ y ‘auditoría pagada’. La segunda es una práctica extendida y, en determinados sectores, obligatoria por contrato. La primera implica intención y ausencia de permiso. Aquí había permiso para buscar fallos, aunque el alcance exacto de ese permiso es justo lo que conviene vigilar. Cosas que pasan cuando el código de una empresa vive dentro del ecosistema de otra.

En España, la mayoría de los programas de recompensas paga cantidades muy inferiores a las estadounidenses, y buena parte de esa capacidad se concentra en proveedores como Telefónica Tech o Indra, el gran nombre del IBEX 35 en ciberseguridad. El INCIBE coordina la respuesta a incidentes de empresas y ciudadanos. Indra ha construido parte de su negocio sobre la promesa de que sus equipos entran donde no entra nadie más. Esa misma promesa, aplicada a un laboratorio de IA, deja de ser un servicio y pasa a ser un riesgo reputacional.

La confianza corporativa, el activo más frágil de OpenAI

El marco regulatorio europeo añade presión. Las obligaciones para modelos de propósito general están en vigor desde mediados de 2025 y, desde agosto de 2026, se aplican también las exigencias para sistemas de alto riesgo del anexo III. La AI Act obliga a documentar cómo se gestionan los incidentes en la cadena de suministro, aunque no certifique la seguridad de una cuenta corporativa. Un acceso indebido a código privado entra de lleno en esa casilla.

Para OpenAI, la prueba real llegará en su próximo informe de seguridad y en la siguiente ronda de auditorías de clientes corporativos. Ahí se sabrá si el episodio queda como anécdota de un programa de recompensas o como un capítulo más en la discusión sobre quién vigila a quien vigila. En esta redacción seguimos una idea sencilla: el código privado de un laboratorio de IA vale hoy más que muchas patentes, y quien lo custodia no debería permitir que lo audite su competidor.

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