El Mundial de Lamine no cabe en una estadística

España llegó al Mundial con la expectativa de que Lamine Yamal fuese una de las grandes figuras del torneo. No era una previsión exagerada. Con 17 años había sido una de las piezas más importantes de la selección que conquistó la Eurocopa de 2024 y, desde entonces, su crecimiento lo había situado entre los futbolistas más determinantes del mundo. Sin embargo, esta Copa del Mundo no está mostrando su mejor versión.

Las estadísticas de Lamine con España no son buenas y su rendimiento tampoco está alcanzando el nivel que se esperaba de él. No está siendo el jugador diferencial que fue en la Eurocopa, no está apareciendo con suficiente continuidad en los últimos metros y su producción de goles y asistencias se encuentra por debajo de lo que exigía su condición de gran referencia ofensiva. Negar esa realidad sería protegerlo de una crítica que, en este caso, sí resulta legítima.

El contexto físico ayuda a entender parte de esa caída. Lamine llegó al Mundial después de una lesión, de pasar aproximadamente un mes parado y de arrastrar problemas musculares que limitaron su preparación. No aterrizó en el torneo con el ritmo ni con la explosividad habituales, y eso se aprecia en acciones en las que antes superaba rivales con mayor facilidad. La explicación existe, pero tampoco puede convertirse en una coartada permanente: no está ofreciendo lo que España esperaba de él.

Ahora bien, admitir que sus números son pobres no obliga a reducir todo su torneo a una tabla de goles y asistencias. Aunque no esté siendo decisivo como se esperaba, sigue condicionando a los rivales de una manera reservada para muy pocos futbolistas. Cada vez que recibe en la derecha aparecen ayudas, el lateral rival evita proyectarse con libertad y el centrocampista más cercano se desplaza para cerrar su zona. Esa atención genera espacios para otros jugadores, altera la estructura defensiva contraria y facilita ventajas que muchas veces no terminan atribuidas a Lamine.

También hay acciones que no aparecen en las estadísticas más básicas. El pase previo a la asistencia, la conducción que atrae a dos defensores, la recepción que obliga a bascular a todo un bloque o la simple amenaza de un uno contra uno pueden ser decisivas sin convertirse en gol ni asistencia. Lamine no está firmando un gran Mundial, pero los rivales siguen comportándose ante él como si en cualquier momento pudiera romper el partido. Esa consideración también explica su dimensión.

Nada de esto debe utilizarse para blanquear su rendimiento. Lamine tiene que dar más, especialmente en una selección que ya está en semifinales y que necesita que sus mejores futbolistas asuman responsabilidades. Con 18 años ya está valorado y tratado como una estrella mundial, por lo que también debe responder como tal. Lo que no tiene sentido es exigirle el dominio sostenido de Messi, Mbappé o Haaland, futbolistas que acumulan muchos años en la élite y que construyeron su autoridad con el paso del tiempo.

La perspectiva resulta todavía más importante cuando se recuerda lo que ya hizo con España. Fue determinante en una Eurocopa ganada antes de cumplir la mayoría de edad y ahora participa en un Mundial en el que ningún otro futbolista de 18 años está soportando una responsabilidad comparable. Eso no lo exime de la crítica, pero sí obliga a medirla. Una cosa es señalar que no está rindiendo como se esperaba y otra analizarlo como si llevara una década instalado en la cima.

Existe, además, una parte de las críticas que no parece nacer únicamente de lo que ocurre sobre el terreno de juego. Determinados periodistas y seguidores vinculados al madridismo no quieren ver triunfar a Lamine porque su éxito también fortalece la figura de un jugador del Barcelona. Durante años sucedió algo parecido con Messi y Argentina: era comprensible que muchos aficionados españoles no quisieran ver campeona a otra selección. Con Lamine la situación es distinta, porque juega para España, y aun así algunos parecen preferir su fracaso individual aunque eso perjudique a la selección de su propio país.

 

Lamine no está haciendo el Mundial que se esperaba de él. Sus estadísticas no son buenas, su impacto directo en los goles es insuficiente y todavía no ha recuperado la versión que deslumbró en la Eurocopa de 2024. Pero tampoco es un futbolista ausente ni irrelevante. Su presencia sigue modificando partidos, condicionando planteamientos y creando ventajas que los números no siempre saben recoger.

Juan Manuel Lillo lo resumió con una frase que encaja especialmente bien en este debate: “Las estadísticas son como los tangas: muestran mucho, pero tapan lo más importante”. En el caso de Lamine, los números muestran una parte incómoda y real de su Mundial, pero no cuentan todo lo que sucede cuando entra en contacto con el balón ni todo lo que provoca incluso antes de recibirlo. @mundiario