Durante años, el Mundial fue sinónimo de concentración absoluta. Entrenar, descansar, preparar el siguiente partido y volver a competir. En 2026 sigue siendo así, pero con una diferencia gigantesca: el torneo está repartido entre tres países, 16 ciudades y cuatro husos horarios distintos. El fútbol sigue siendo el mismo, pero la logística ha alcanzado una dimensión desconocida.
La fase de grupos ya dejó algunos ejemplos llamativos. Bosnia y Herzegovina fue una de las selecciones más castigadas por los desplazamientos, acumulando más de 5.000 kilómetros de viaje solo durante la primera fase. En el extremo opuesto apareció Egipto, con apenas 400 kilómetros de recorrido. La diferencia entre unas selecciones y otras fue enorme incluso antes de que comenzaran las eliminatorias.
Sin embargo, el verdadero desafío empieza ahora. En la fase de grupos existía margen para planificar. En las eliminatorias, cada partido condiciona el siguiente destino. Un equipo puede terminar un encuentro por la noche, viajar al día siguiente, entrenar apenas una o dos veces y volver a jugarse la vida pocos días después. Todo ello atravesando países, estados y zonas horarias diferentes.
El caso más evidente ha sido el de Irán. La selección asiática denunció durante el torneo las restricciones impuestas para entrar en Estados Unidos. El equipo tuvo que establecer su base en México y desplazarse continuamente para disputar sus encuentros, una situación que provocó quejas públicas tanto del cuerpo técnico como de varios futbolistas. Incluso antes de su eliminación, los iraníes describieron el escenario como un problema logístico que condicionaba la preparación deportiva.
Lo llamativo es que el problema no afecta únicamente a situaciones excepcionales como la de Irán. El propio diseño del torneo obliga a realizar desplazamientos que serían impensables en otros Mundiales.
Mientras que en Qatar 2022 la distancia máxima entre estadios apenas superaba los 70 kilómetros, en este Mundial hay ciudades separadas por más de 4.000 kilómetros y vuelos que superan las cinco horas de duración.
Y eso tiene consecuencias deportivas. Menos tiempo de recuperación, más horas en aeropuertos, cambios de rutina, adaptación a distintos horarios y menos sesiones de entrenamiento. Son detalles que rara vez aparecen en los análisis tácticos, pero que pueden influir tanto como una lesión o una sanción cuando llega el momento de disputar una eliminatoria a vida o muerte.
Quizás por eso este Mundial está dejando una pregunta interesante. Cuando una selección cae eliminada, ¿pierde únicamente contra su rival o también contra el recorrido que le ha tocado soportar?
No existe una respuesta sencilla. Lo que sí parece evidente es que el mayor Mundial de la historia también se ha convertido en el Mundial de los viajes interminables.
Y todavía queda lo más duro. Porque las selecciones que aspiran a levantar la Copa del Mundo no solo tendrán que superar a los mejores equipos del planeta. También tendrán que sobrevivir a miles de kilómetros de vuelos, hoteles, aeropuertos y cambios de ciudad en apenas unas semanas. En 2026, ganar un Mundial exige mucho más que jugar bien al fútbol. @mundiario
