El OIEA alerta sobre la capacidad de Irán para producir “diez bombas nucleares en dos semanas”

La advertencia del director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, introduce un elemento de máxima gravedad en el tablero geopolítico actual: Irán dispone del material y la capacidad técnica suficiente para fabricar múltiples armas nucleares en un plazo extremadamente corto.

En un contexto marcado por la confrontación entre Estados Unidos e Irán y por el deterioro del sistema internacional de no proliferación, sus palabras no solo describen una realidad técnica, sino que delimitan un escenario político de alto riesgo.

“El material está ahí, no fue movido. Y está muy cerca de ser de grado militar. En un par de semanas se puede llegar al 90% de enriquecimiento. Por lo tanto, es un peligro de proliferación. ¿Esto implica que Irán tiene la bomba? No. Pero implica que tiene un elemento importantísimo para un arma nuclear. Para varias, para más de 10”, afirmó Grossi en una entrevista conjunta con los diarios argentinos Clarín y La Nación.

La precisión técnica de la declaración —440 kilos de uranio enriquecido al 60%— sitúa el debate en el umbral crítico entre capacidad potencial y armamento efectivo.

El punto clave del análisis reside en esa distinción. Irán no tendría todavía armas nucleares operativas, pero sí ha acumulado el componente más complejo: material fisible cercano al grado militar. El enriquecimiento hasta el 90%, necesario para uso bélico, es un salto técnico relevante pero relativamente rápido si ya se dispone de uranio al 60%.

Este matiz redefine la percepción del riesgo. No se trata de una carrera nuclear tradicional, larga y visible, sino de una capacidad latente que puede activarse en cuestión de semanas. En términos estratégicos, esto reduce los tiempos de reacción de la comunidad internacional y aumenta la incertidumbre.

Además, el hecho de que ese material esté almacenado en instalaciones dañadas por bombardeos recientes añade una capa adicional de complejidad. Según explicó Grossi, el acceso no es imposible, pero sí técnicamente complicado, lo que dificulta tanto una intervención militar como una operación de control externo.

Diplomacia nuclear: exportación, dilución y supervisión

En este contexto, el debate sobre una posible acción directa por parte de Donald Trump adquiere relevancia. Sin embargo, el propio Grossi introduce cautela sobre esta opción: “Yo no digo que es imposible, pero es muy difícil. Para empezar, el ingreso al lugar es difícil, ha sido bombardeado, sería defendido. Y además, la manipulación de esos barriles que tienen gas es muy complicado, es muy contaminante”.

Esta valoración revela un aspecto clave: incluso las potencias con mayor capacidad militar enfrentan limitaciones técnicas y operativas cuando se trata de materiales nucleares. No es solo una cuestión de acceso, sino de manejo seguro, transporte y verificación. La complejidad reduce la viabilidad de soluciones rápidas y refuerza el peso de las alternativas diplomáticas.

El programa nuclear de Irán y los más de 400 kg de uranio enriquecido son los temas principales en las negociaciones entre Washington y Teherán. Trump afirma que, sin duda, se llevará todo el “polvo nuclear” a EE UU utilizando excavadoras.

Frente a la vía militar, el director del OIEA plantea tres opciones concretas: exportar el uranio a un tercer país, diluirlo (“downblending”) o una combinación de ambas. En este punto, introduce un elemento central en su discurso: el papel irremplazable del organismo que dirige.

“Sin verificación, cualquier acuerdo no es un acuerdo. Es una ilusión de acuerdo”, advirtió. La frase condensa la lógica del sistema de no proliferación: sin inspección independiente, no existe garantía real de cumplimiento.

El proceso de dilución, por ejemplo, implica reducir el nivel de enriquecimiento del uranio para hacerlo inutilizable con fines militares. Pero requiere supervisión técnica continua, inspecciones in situ y mecanismos de certificación internacional. Es aquí donde el OIEA se posiciona como actor imprescindible.

Un sistema en tensión: el riesgo de proliferación global

Más allá del caso iraní, Grossi introduce una preocupación estructural: el debilitamiento del régimen global de no proliferación. “Me preocupa realmente. Porque es un tema nuevo de la agenda internacional y es súper preocupante”, señaló.

Teherán insiste en que el uranio enriquecido ni siquiera puede ser objeto de debate en las negociaciones. No tienen ninguna intención de entregar el uranio a los estadounidenses.

Por su parte, Pekín propone una solución intermedia: llevar el uranio iraní a China. O bien diluirlo hasta un estado en el que solo pueda usarse para alimentar centrales nucleares, y no para fabricar armas».

El trasfondo es un cambio de comportamiento en otros países. Estados con capacidad tecnológica suficiente —incluidos miembros del G7— comienzan a cuestionar sus propias restricciones nucleares ante la percepción de inseguridad global. La lógica del “paraguas nuclear” se debilita, y con ella, la confianza en los equilibrios estratégicos tradicionales.

Este fenómeno apunta a un posible efecto dominó. Si más países reconsideran su posición, el sistema podría fragmentarse, dando paso a un escenario con múltiples actores nucleares, más difícil de gestionar y con mayores riesgos de escalada. @mundiario