El otro partido del Mundial: seguridad, fronteras y polémicas

Cuando la FIFA eligió a Estados Unidos como principal anfitrión del Mundial de 2026, la decisión parecía lógica. Pocos países pueden competir con su capacidad económica, sus infraestructuras y su experiencia en la organización de grandes eventos. Sobre el papel, todo apunta al éxito. Sin embargo, cuanto más se acerca el torneo, más preguntas aparecen alrededor de una cuestión incómoda: si Estados Unidos está preparado para organizar el Mundial que espera el resto del mundo.

El desafío va mucho más allá del fútbol. Las propias autoridades estadounidenses describen el operativo como algo sin precedentes. Millones de visitantes, decenas de selecciones y un despliegue de seguridad gigantesco convierten el torneo en una de las mayores operaciones logísticas de la historia reciente del país. Drones, inteligencia artificial, vigilancia avanzada y miles de agentes forman parte de un dispositivo que refleja la magnitud del reto.

La preocupación no surge por casualidad. El Mundial llega en un contexto internacional especialmente delicado. Las tensiones geopolíticas, el conflicto con Irán y el aumento de las alertas de seguridad obligan a extremar las precauciones. El problema es que la imagen que proyecta el torneo empieza a parecerse más a una operación de control que a una celebración global del deporte.

A ello se suma una cuestión que lleva décadas persiguiendo al fútbol en Estados Unidos. Allí sigue siendo «soccer». Su crecimiento es evidente, pero continúa lejos de la importancia cultural que tiene en Europa, Sudamérica o África. La NFL, la NBA o el béisbol siguen ocupando el centro de la conversación deportiva. Muchos de los estadios utilizados para el torneo nacen para otros deportes y han tenido que ser adaptados para cumplir las exigencias de la FIFA.

El estado de los terrenos de juego y las altas temperaturas también generan dudas. Las críticas al césped ya aparecen en competiciones recientes disputadas en suelo estadounidense y el calor amenaza con convertirse en uno de los protagonistas silenciosos del campeonato. Resulta llamativo que el evento más importante del fútbol mundial siga llegando rodeado de interrogantes sobre cuestiones tan básicas como la superficie de juego o las condiciones climáticas.

Tampoco pasa desapercibida la cuestión de los visados y los controles fronterizos. Un Mundial existe precisamente para reunir durante unas semanas a personas de todos los rincones del planeta. Sin embargo, muchos aficionados afrontan procesos de entrada mucho más complejos que en otras sedes mundialistas. La contradicción es evidente: el torneo más universal del deporte aterriza en un país donde las fronteras ocupan cada vez más espacio en el debate público.

Y en medio de todo ello aparece la FIFA. El organismo que preside Gianni Infantino lleva años defendiendo que el fútbol pertenece a todos, pero sus últimas decisiones invitan a una reflexión distinta. Qatar en 2022, Estados Unidos en 2026 y Arabia Saudí en 2034 forman una secuencia que parece explicar mejor las prioridades económicas del organismo que cualquier discurso institucional. Son países con enormes recursos financieros, pero cuya tradición futbolística está lejos de la que existe en otras candidatas históricas.

 

La paradoja es difícil de ignorar. El Mundial nace para celebrar el fútbol y reunir al mundo entero. Sin embargo, la FIFA parece cada vez más interesada en llevarlo allí donde hay más dinero que donde existe una cultura futbolística más profunda. Y así llegamos a una situación curiosa: el torneo que mejor representa al mundo se disputa en países que, por motivos políticos, sociales o culturales, a menudo parecen más preocupados por controlar ese mundo que por abrirse a él. @mundiario