La salida de Donald Trump de Turquía tras la cumbre de la OTAN estuvo muy lejos de ser un procedimiento rutinario. Mientras las cámaras captaban al presidente entrando en el Boeing 747 utilizado habitualmente para sus desplazamientos, otro operativo se desarrollaba fuera del alcance de periodistas y observadores.
La estrategia partía de una premisa sencilla: si alguien trataba de seguir los movimientos del presidente, debía encontrar información falsa. Trump llegó a subir al avión presidencial ante los medios, pero posteriormente fue trasladado de forma discreta hasta un Boeing C-32A, una aeronave militar más pequeña empleada habitualmente para trasladar a altos cargos estadounidenses.
El desplazamiento se realizó mediante un vehículo de catering utilizado para abastecer los aviones en tierra. El camión permitió ocultar al presidente mientras recorría la pista y evitó que su traslado al segundo aparato resultara visible desde las zonas donde se encontraba la prensa.
El C-32A despegó después rumbo a Reino Unido, mientras el Boeing 747 emprendía también el vuelo con la comitiva de periodistas, asesores y personal de apoyo. Para cualquiera que observase la operación desde fuera, Trump seguía viajando en el avión presidencial.
La amenaza que activó el dispositivo
La decisión de recurrir a una operación de este calibre estuvo relacionada con una evaluación de inteligencia que habría considerado creíble el riesgo contra el presidente estadounidense. Turquía presentaba, además, una particular dificultad para los servicios de seguridad por su proximidad con Irán y por el deterioro de las relaciones entre Washington y Teherán.
En este contexto, proteger a Trump no consistía únicamente en blindar el avión en el que debía viajar. También era necesario dificultar que terceros pudieran conocer cuál era realmente su posición y cuál sería su ruta.
Las medidas se extendieron incluso a los periodistas. Durante el trayecto del Boeing 747 se pidió que permanecieran cerradas las persianas de las ventanillas de la zona de prensa. La instrucción terminó alimentando las sospechas de los reporteros, que desconocían que el presidente ya viajaba en otra aeronave.
La operación no terminó hasta llegar a Reino Unido. El C-32A aterrizó en RAF Mildenhall con poca diferencia respecto al Boeing 747. Allí, Trump volvió a subir al avión presidencial para que su aparición ante los medios coincidiera con la imagen prevista del viaje.
El dilema de convertir a la prensa en un señuelo
La maniobra demuestra hasta qué punto la protección presidencial estadounidense depende actualmente del engaño, la dispersión y la capacidad para ocultar los movimientos del mandatario.
No es la primera vez que Washington utiliza aeronaves señuelo para proteger a un presidente. Existen precedentes de operaciones similares durante viajes de Bill Clinton y de otros mandatarios a zonas consideradas especialmente peligrosas. La diferencia, en este caso, está en la sofisticación del dispositivo y en el uso de un vehículo de servicio para completar el traslado sin ser detectado.
Pero la operación también plantea una cuestión incómoda: los periodistas que viajaban con Trump acabaron a bordo del avión que servía como distracción. Aunque su función era garantizar la cobertura de la agenda presidencial, también se convirtieron, sin saberlo, en parte de una estrategia destinada a ocultar la ubicación del presidente.
La Casa Blanca defendió el empleo de estas medidas como parte de los protocolos necesarios ante las amenazas contra el mandatario. El episodio, sin embargo, evidencia cómo la creciente capacidad para rastrear aeronaves en tiempo real puede obligar a modificar los desplazamientos presidenciales.
En un escenario de mayor tensión internacional, el tradicional Air Force One ya no es necesariamente el lugar donde se encuentra el presidente. Y, como demostró la operación de Ankara, a veces la mejor forma de protegerlo consiste precisamente en conseguir que todos crean que sigue en otro avión. @mundiario
